Juventino

 

 

Heriberto Duarte Rosas

 

Al pie derecho le faltaba un calcetín, y qué coraje terrible hizo Juventino ante el frío de las cinco a eme, de aquel invierno de enero. Bajo la cobija su pie dormía desnudo y reseco, cenizo. Paralelo al izquierdo, que se regodeaba calientito en el calcetín café de algodón.

En algún agujero de la niñez de Juventino se coló un recuerdo: su mamá preparándolo para dormir. Las manos de su madre abrazando y cobijando sus pies, mientras le decía que el frío y las enfermedades entran por ahí. Habría que taparlos bien para luchar contra las noches heladas. No hubo fría noche siguiente en la cual Juve, no se asegurara de portar calcetines para recostarse. Despertar por culpa de ese frío que aborrecía, era motivo para traer la cara chueca durante el día.

Evitó poner el pie desnudo en el suelo y buscó entre la cobija el calcetín perdido. Y estaba en el centro de la cama. ¿Cómo carajos llegó hasta ahí? pensó. Luego de ponérselo, saltó a la rutina:

 

Estufa: agua para el café

Patio: regar el obelisco

Patio: encender el boiler

Pasillo: apagar la luz de la calle

Puerta: abrir y recoger el periódico

Periódico: hojearlo de atrás hacia adelante

Pasillo: hojearlo de atrás hacia adelante

Estufa: agua lista

Mesa: taza, café soluble, dos cucharadas. Azúcar, una cucharada.

 

Bebió el café, tomó su ropa y en la regadera, sobre su espalda, cayó un chorro frío y ¡AAAH!, gritó Juventino. Luego de a poco se fue calentando. Seguro sería una excelente película muda, si sucediese más apresuradamente.

 

Dos huevos estrellados, frijoles, tortillas y una segunda taza de café. Era el desayuno de Juve, antes de salir a la cerrajería que tenía en el centro. Aseguró las puertas y se dirigió al andén de la calle, donde estacionaba su Datsun ´78. Los vientos que arrastraba el frío cubrieron de polvo el auto amarillo, y alguien había aprovechado para dejarle un mensaje a Juventino, en el vidrio de atrás: ¡LÁVAME PINCHE COCHINO! Juventino frunció el ceño al verlo. Desnudó toda su dentadura echando la quijada al frente, volteó hacia todos los puntos cardinales. Berreó. Toda su fuerza salió de su dedo índice contra el vidrio y respondió al mensaje: ¿PORQUÉ NO TE RAYAS LAS NALGAS?  Lo hizo con más fuerza y consiguió una letra más oscura que la que perpetró el dedo del delito, en el vidrio polvoso del Datsun.

 

Anduvo las siete calles que separan su casa de la cerrajería. Todo normal. El tránsito en la tercera, silbando el “alto” y el “siga”. El cielo huérfano de nubes. En la acera los transeúntes: un desfile de máscaras que van y vienen. A Juve nunca le nacen las dudas sobre las personas que no conoce. Desde que mamá se fue cuando él muy pequeño, sólo vivió con su padre, hasta que también murió y lo dejó solo con el negocio. Con la casa y con el Datsun.  La soledad no le hace mal, o al menos eso piensa.

 

Papá murió y el cabello de Juve se fue muriendo también. “Ya llegó el pelón de la cerrajería”, se dijo así mismo como a diario. Era como una bienvenida propia, pero sin las sonrisas. La cerrajería era una cosa pequeña. Tenía espacio para llaves en la pared: grandotas, chiquitas, delgadas y gordas, doradas, plateadas, cafés, grises, oxidadas, felices, enfermas, mareadas. ¡Deprimidas! Juve lo llama el transtorno pos-puerta, llaves que extrañaban el cerrojo que abrían o el candado que botaban. Hay espacio también para Juve y un mostrador con cajones para las herramientas, los trapos, un banco, la basura y dulces de nuez. Y encima del mostrador, la máquina para hacer copias de llaves. Que al cabo de un tiempo volverán y serán atormentadas por el trastorno pos-puerta.

 

La boca de Juventino es ahora pinball, un dulce de nuez salta entre sus muelas y su paladar y sus dientes y sus labios, mientras con su mano, pasa un trapo por el mostrador. Eso ocurría aquella mañana cuando un señor se acercó riendo, la panza del tipo se movía de arriba abajo al compás de su risa. ¿Ya viste lo que le pusieron en el vidrio a ese carro? se dirigió a Juventino y su risa bajaba de volumen. Juve, con la cabeza agachada lo miró y movió su cabeza de izquierda a derecha. El hombre de la carcajada quería una copia de la llave del cerrojo de la puerta de la entrada de su casa. La dejó y dijo que volvería después del mediodía. Juventino le dijo que estaría lista antes del mediodía.

 

Apenas el sujeto se había ido Juventino tomó el trapo y se dirigió a donde el Datsun. En la orilla de la calle. Y talló hasta dejar libre el vidrio de la conversación de polvo.

 

Tomó una llave nueva para la copia del burlón. Encendió la máquina y sacó la copia., Una nueva llave brillante, exactamente igual en forma a la opaca llave de la esposa del cliente. Las colocó en el muro junto al mundo de llaves, para que esperaran.

 

Otro dulce de nuez haciendo ruido en la boca de Juventino y se sentó en su banco. Entrecruzó los dedos de sus manos y puso la mirada en el suelo. Pensó en lavar su Datsun o no. Pensó en el sujeto que se burló de la pinta de polvo y sobre que ya debería volver para no pensar en que volverá y quizá, se de cuenta de que el vidrio trasero del Datsun está limpio y reirá de nuevo a carcajadas con la boca y con la panza. Pensó también en la cena y no ahondó mucho en las posibilidades para comer. Consideró en repetir huevos, frijoles y café o pasar por pan dulce y comer con café. Cuando pensó en la panadería se le ocurrió también comprar bolillos y ponerles frijol y acompañarlos con café. O hacer unos tacos con el frijol y las tortillas que hay en casa y pasarlos con un buen café.

 

Pasó el mediodía y en cualquier momento podría llegar el cliente. No había llegado nadie más. Ese día nadie necesitaba copias de llaves, ni candados nuevos, ni reparar ningún cerrojo. Sólo estaba solo, ahí en la cosa pequeña que era la cerrajería, Juventino y el universo de llaves. Los dulces de nuez y el silencio.

 

El sol estaba matando al día cuando el cliente regresó. ¿Ya está la copia, no? Juve, con la cabeza agachada lo miró y movió su cabeza de arriba hacia abajo. Se la entregó. El tipo puso veinte pesos en el mostrador. Juventino le dijo que eran veinticinco. El tipo puso cinco más sobre el billete y se fue. No dijo nada del Datsun. No se carcajeó.

 

Juventino cerró su local. Prendió su Datsun y tomó el camino de regreso. Al pasar la primera calle decidió que la cena serían tacos de frijol y café. Y que el carro lo lavaría después. Hay poca gente en las calles al instante del paso de Juve. Los oficiales de tránsito no son necesarios silbando en la esquina.

 

En el andén de la calle se estaciona el amarillo Datsun. Juventino ha llegado a casa. Su mirada de siempre en el suelo, al poner el pie en la banqueta vió un charco seco de sangre y se detuvo de golpe. Era ese rojo de sangre que ya le han pegado los rayos del sol. Oscura, convertida en parte del suelo. Al charco le sigue un camino de gotas: grandotas, chiquitas, delgadas y gordas. Juve sigue el camino de sangre con una mirada chiquita. Lo lleva hasta la puerta de su casa. Alguien había botado el cerrojo y ahora sus llaves no eran necesarias. La puerta está abierta pero no deja ver el interior de la casa. Juve toca su cabeza calva y voltea hacia todos los puntos cardinales parado sobre gotas de sangre. Seguro sería una excelente película muda, si sucediese más apresuradamente. Caminó hasta la entrada sobre el caminito de sangre observando el agujero de la falta de cerrojo.

 

Juventino abrió la puerta.

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mambo Autor: