Álamos: canciones y contrastes

 

 

Carlos Sánchez

Ayer, mientras anclábamos la ciudad, vimos a tres músicos andar las banquetas, halando de sus instrumentos, respectivamente.

Uno traía un tololoche, objeto obra de arte si de reflejar la resistencia, se trata. Listo para una instalación en el interior del museo más conceptual del mundo.

Otro cargaba una tarola, las baquetas en agonía, luchando a todas luces por permanecer. El acordeón y su fuelle narraban un cuento de nostalgia.

La tarde apagaba su último resquicio. La mirada del músico de la tarola, bajo la visera de su cachucha, estaba prendida del horizonte. ¿Cuál era su pensamiento? ¿Los bolsillos vacíos, la reflexión sobre el siguiente paso hacia la vida?

Álamos es la ciudad colonial por excelencia. Lugar en el que habita la tradición de un festival cultural, musical por antonomasia. Faot, le decimos. Las tres últimas letras, son las iniciales del extinto tenor alamense: Alfonso Ortiz Tirado. Un reconocimiento para él.

Aquí se vive la fiesta. Aquí se construye la expresión, el foro se dibuja óptimo para la manifestación del bel canto.

Es también aquí donde la ciudad vive desde siempre. Y algunos de sus habitantes buscan, a través del canto, del ejercicio de sus interpretaciones, la recompensa al bolsillo, la remuneración que desencadene en víveres para el cantón.

Los músicos de a pie que buscan un sueldo constante en el interior de las cantinas, entre golpes de bolas de billar y el murmullo de los presentes. Y actúan cuando ya la rocola desvencijada hace una pausa en la programación de rolas de banda. Canciones románticas y al más puro estilo rompecorazón.

Son éstos músicos quienes al caer la tarde, o al empezar la noche, de ayer, volvieron en peregrinación hacia sus hogares. Quizá con los bolsillos locos y en clara ayunanza de las monedas.

Pero a la ciudad llegarían al otro día, los muchos intérpretes, los que ya contratados actúan para los alamenses y visitantes, sus rolas más efectivas, con la voz más afinada.

Estudiaron éstos cantantes en el conservatorio. Rondaron el mundo y la recompensa es la noche de gala. Aprendieron bien el oficio y la vida les tuvo un destino en el cual ahora habitan.

Cantan y la recompensa se refleja en la capacidad de adquisición, los viajes, la próxima nota en el medio de mayor prestigio y especializado.

En contrapartida, los músicos de acá, los de a pie, van construyendo su camino hacia el corrido norteño, la canción más dolorida para buscar hacer su agosto en la cantina más próxima.

Canta el tenor. Toca el guitarrero. Se escucha un piano. El interior de palacio municipal alberga la gala. En la cantina, entre el sonido sordo del golpe a la bola, se dibuja también un trasteo de bajo sexto.

Los caminos se bifurcan. Quién sabe en qué consiste esto del alto vuelo, o de vivir a ras de suelo. No obstante, el canto se ejerce, y desde allí algo indescifrable puede que ocurra para ambos intérpretes.

La música y su ejercicio: contraste permanente. Un volar de palomas encima del arroyo, a un lado de los álamos.

 

 

 

Entradas recientes

Categorías

mambo Autor: