El diario de mi ciudad

 

Texto: Carlos Sánchez / Foto: Juan Casanova

De pronto la palabra lo hizo su presa. Y empezó a vivir con la mirada bien puesta en la desolación, en los temas que carcomen el alma, en la existencia de los de a pie.

Miguel Ángel Avilés es un peatón, un profesional que camina las banquetas, que se trepa al camión urbano de manera consuetudinaria. Desde allí aguza las ideas, desde el ejercicio de observar. Y observa siempre con actitud de niño, todo le sorprende y es un profesional del dolor ajeno.

Este dolor lo transforma en denuncia, en reflexión, en ironía. Al escribir, Miguel Ángel es un dedo que punza sobre la llaga de esta sociedad que somos cada vez más devastada por el poder político, por este surrealismo cotidiano que abunda y nos deja perplejos.

Al sumergirnos en la propuesta literaria, con este su más avezado estilo de quien lo propone, de a poco vamos sintiendo en el pecho el desaliento que nos embarga cada una de las historias. Descarado, irreverente, el autor que es el Miky, nos arroja al precipicio de la desventura. Nos hace ver nuestras propias miserias.

Pudiera ponerme erudito y desmenuzar algunos de los textos aquí contenidos en este libro que por título lleva El diario de mi ciudad y que es ganador del Premio Estatal de Crónica Ciudad de La Paz 2014. Pero nel, no será, porque corro el riesgo de que una hecatombe me aprehenda, vulnerable estoy ante cada una de las historias aquí contenidas, porque: ¿cuál pudiera elegir si todas me han abierto de manera implacable un hueco en el vientre?

Ocurre que al ir leyendo, la risa es inevitable, empero, esa risa es un dardo cargado de ironía que también hace doler.

En este diario, como bien lo cita su título, existe la ciudad. Una ciudad vista con cautela, con profundidad, una ciudad que también es metáfora del interior del alma, una ciudad donde habita la nostalgia, los personajes que son familia, el tío, la abuela, el hermano, la madre, los nietos, los amigos.

Como un recuento de la existencia, desde los viajes, las ausencias, el juego, la política, el devaneo, Avilés nos propone desde su intestino vital, los más enteros recuerdos que son parte esencial de su formación, y que por antonomasia viene a ser lo que se es: la insondable melancolía de todos los días.

En este diario cabe la honestidad, el desasosiego, la rabia y decisión de saber que los amores verdaderos nunca se irán al cielo, no obstante la muerte, porque esos amores nos acompañan para siempre.

La muerte siempre presente en esta ciudad que nos habita. Preparen, apunte: lean.

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