La Bámbola

 

Ilustración: Alfredo Acedo

Luis Álvarez Beltrán

Mary es mayor que yo. Mary tiene trece, yo apenas once. Lo curioso es que es de mi estatura y que cursa quinto de primaria, como yo. Yo no supe que ella era mayor que yo hasta que lo supe, en tiempos posteriores en que uno mide la razón y la lógica de las personas, de las cosas.

Mary tiene trece y no lo sé. Sólo sé que yo tengo once y estoy en quinto de primaria igual que ella. Mary vive cerca de mi casa. Mary no es el amor. Mary es otra cosa. Yo voy a la escuela en las mañanas y ella va en la tarde. El rostro del amor yo lo veo en las mañanas en mi escuela. Mary no es el amor. Mary es la travesura, no mi travesura sino su travesura, la travesura de otros. Mary se encamina a ser mujer, cuando ríe se le hace un hoyuelo en su mejilla, su sonrisa contagia, o debo decir que su sonrisa coqueta es una tentación. Mary no es el amor sino la travesura, la travesura de otros y su travesura. Todos los chamacos del barrio hablan de ella, dicen cosas de ella, dicen que le gusta. No sé. Yo no sé de esas cosas, lo único que sé es que Mary siempre ríe, siempre anda contenta. Cuando anda en su escuela siempre anda contenta, por las tardes, tiene amigas y amigos muy alegres y ellos se las suben a caballo a ellas y las toman por las piernas y las pasean por todo el patio de la escuela. Mary y sus amigas de quinto de primaria ya casi tienen cuerpo de muchachas… será que Mary ya tiene trece años y yo no me he enterado. Soy demasiado chico para concluir muchas cosas, yo pienso que todos los de quinto de primaria tenemos once años, algunos hasta diez… Y el Madero Parra que es un burro y tiene los catorce y mide uno ochenta, pero el Madero Parra es la excepción, la excepción a la regla. El Madero Parra es el monstruo caricaturesco que nos tocó vivir, conocer en primaria. Es el personaje literario de la infancia, por eso me causa ese terror. Lo imagino tomándome a mí, o a mi mejor amigo, de las patas y jugar a que me avienta desde el segundo piso hasta el suelo, más allá del barandal que protege de la mortal caída a los niños desde la planta alta. Somos indefensos ante el Madero Parra, que raras veces habla. Cuando habla su voz parece salida de ultratumba. Todos medimos menos de uno sesenta metros, pero el Madero Parra es tan alto como el maestro más alto de la escuela. Un momento. El Madero Parra es más alto que todos los maestros de la escuela. Y se llama Jesús. Cuando lo veo me  parece que el Madero Parra es tan alto como Jesucristo. Tal vez llamarse Jesús lo quita o lo salva de hacernos algún daño, pero es amenazante. Amenazante como lo más amenazante que yo haya conocido en la larga vida de mis once años.

Nunca pensé que Mary fuera la excepción de nada. Mi modo de mirarla era como mirar lo normal, una chica como cualquier otra, porque Mary no era el amor. El amor yo lo veía todos los días en la mañana a la hora de mis clases, aunque ella estuviera en el otro quinto. No importa. Mary no era el amor. Mary era la travesura. La travesura del barrio. Pero en el barrio había muchas chicas que eran la travesura. La prospectiva travesura, la pretendida travesura. Mary era la travesura de otros y su travesura. Su propia travesura.

Mis amigos hablaban de ella y decían que le gustaba. Que le gustaba no sólo andar de novia y besarse sino que le gustaba. Las primeras insinuaciones del sexo que escuché. Mentiras, habladurías, emociones típicas de los chicos de once, doce, trece, catorce años. Yo era de los más chicos y tan sólo escuchaba. Pero el Carín era más chico que yo y también escuchaba. Hablaban picardías, cosas de chamacos malcriados, leperadas, palabras obscenas y acciones obscenas, por decir pornográficas. Porque Mary no era el amor. Mary era la musa de volverse grandes, de crecer. Su pelo era rizado, medio lacio, medio chino, muy negro, y su piel blanca, no del todo blanca, ni morena, ni siquiera morena clara. Su piel era blanca como la crema de trigo preparada con leche en las mañanas de primaria, un poco de canela entera y pan con mantequilla para desayunar. Pero Mary era más dulce o tan dulce como la crema de trigo preparada con leche. Mary era encantadora, irresistible, pero no era el amor.

Por unos días Mary viene a buscarme. Mary insiste conmigo, a juntarse conmigo, que le ayude con las tareas porque dicen que yo soy muy inteligente. En las vacaciones Mary anda mucho conmigo, quiere que pasemos todo el día juntos, que vayamos juntos a todas partes, que juguemos juntos en su grandísimo patio lleno de escondites y de fierros inmensos de deshecho, chatarras. Mary me abruma y me desacostumbra. Me deshago de Mary porque todo lo que yo quiero es andar con mis amigos y jugar al futbol. Mary no es el amor. Aunque hizo el esfuerzo de ir a misa conmigo para ser como yo, pues su madre le dijo que fuera como yo, que se juntara conmigo y no con los demás. Me distancié de Mary y ella también se enfadó conmigo pues ha dicho que yo soy aburrido y muy serio… pero lo único que quiero es andar con mis amigos y jugar al futbol y no sentir esta asfixia que me produce Mary.

Una noche de tormenta se fue la electricidad en el pueblo. A Mary la mandaron a la tienda por unas veladoras para alumbrar la casa. Me dijo que si iba con ella, era verano. Antes de llegar a la tienda cruzamos un baldío. Mary llevaba un shorts muy cortito y tenía bonitas piernas. Su cuerpo empezaba a verse como un cuerpo de mujer. Yo era un niño plano tan simple como el trigo del que habla Neruda. No reparaba en mi cuerpo ni aun sabiendo que mi pasión por el futbol me había formado unos muslos como estatua romana. Pero Mary era como un venado exótico. Entonces Mary me dijo que tenía ganas de orinar, que no aguantaba las ganas. Mary señaló un frondoso mezquite y me dijo que quería orinar debajo del mezquite. La luna estaba grande y llenaba de luz el hemisferio. Mary me dijo que la acompañara debajo del mezquite para que la cuidara. Me negué. Me dio vergüenza ver su cuerpo desnudo. Mary se enojó conmigo. No conocía cuerpo de mujer. Me quedé a la distancia, esperándola, volteando a otro lado. Superlativamente inquieto.

Mary nunca cambió, ni yo tampoco. Cuando yo tenía trece años ella tuvo su primer hijo. No supe qué pensar, ni qué sentir. Mary era ya la travesura de alguien, la muñeca de alguien. La Bámbola de alguien. Yo sólo quería andar con mis amigos y jugar al futbol. Mary no era el amor, era la travesura. La muñeca. A mi amor yo la veía en las mañanas, todos los días en mi escuela, pero ya había cambiado de rostro y de persona. No importa, con eso me bastaba.

Mary aún vive al lado de mi casa. Su esencia no ha cambiado, ni la mía tampoco.

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=PIml7-ivxgo

 

 

 

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