Un carnaval nocturno que encendió a la Alameda

 

La madrugada de la Murga Xicohtl en Álamos

 

Juan José Flores Nava

El sonido pulcro, heredero del buen rock en español hecho en los noventa, no sacudió a la raza. La Gusana Ciega cumplió en el Festival Alfonso Ortiz Tirado con lo que de ella se esperaba: una buena ejecución. Ni más. Ni menos. Lo curioso es que el público que no coreó sus rolas, el público que no bailó con su música, el público que ni siquiera se emocionó cuando Daniel Gutiérrez (voz y guitarra de la banda) dijo que había tenido una novia de Álamos, ese mismo público por largos momentos ausente durante el concierto, serio, firme en medio del frío que caía la noche del jueves en la Alameda, sí estuvo dispuesto a esperar, finalizada la actuación de la banda, por la firma, por la foto, por la selfie con La Gusana Ciega (o con el propio Daniel, él único integrante que queda del grupo original).

Y mientras una fila de bellas chicas y muchachos extraviados (o solidarios o enamorados o inocentes) crecía y crecía detrás del escenario montado en La Alameda, esperando entrar al camerino de La Gusana Ciega, otro grupo de jóvenes bajaba con avidez los restos que esta banda de rock dejara a su paso por el foro, para colocar, en su lugar, los instrumentos y micrófonos del siguiente conjunto. Cuando todo pareció estar listo, sobre el templete se fueron colocando unos personajes con facha de chambelanes de quince años: pantalón negro, camisa blanca, chaleco oscuro y corbata. Todos jóvenes. Todos morenos.

Entonces los instrumentos cobraron vida. De ellos salía a borbotones un sonido que anularía, por fin, el seco aturdimiento que había imperado en la Alameda. Ya era jueves. Justo la media noche. Bajo el escenario quedaba la mitad del público que unos minutos antes se había congelado con La Gusana Ciega. “¡Buenas noches, Álamos!”, dijo el baterista Sergio Hernández sin dejar de golpear su instrumento, “somos La Murga Xicohtl y venimos directamente de Tlaxcala a tocar esta noche para ustedes”.

El desconcierto de los asistentes duró muy poco. Las guitarras de Manuel Tlapa y Hugo Barranco, el bajo de Giovanni Jaramillo, la trompeta de Jonathan Jaramillo, el sax alto de Ricardo Pérez, el trombón de Óscar Hernández, la batería del mentado Sergio y hasta la ausencia (por parto) de Alejandra Cortés (saxofón tenor) sacaron chispas. De inmediato, un grupo de jóvenes encendió la hoguera, leyendo correctamente el mensaje.

Fue así como este rítmico y sacudidor rock —que fusiona la música del festival tradicional tlaxcalteca, con el ska y los sonidos carnavalescos balcánicos, gitanos y klezmer de Europa del Este— arremetió contra todos los que esa madrugada tomaron la buena decisión de quedarse.

Justo frente al escenario, un grupo de muchachos tamborileros que estos días se han paseado por Álamos tocando y bailando para juntar unas monedas mientras parecen divertirse, iniciaron la rueda de slam: brincos de un lado a otro, en círculo, tirando manotazos, extendiendo los pies, inclinándose y levantándose haciendo caso sólo al rápido vaivén de la música, de los instrumentos de metal que marcan el dónde, el cómo, el hasta aquí de la danza. ¡Así se baila esta música! ¡Miren! ¡Así se baila! ¡Vengan! Y poco a poco el círculo se fue extendiendo más y más.

No todos decidieron formar parte de la batalla. Había quienes entraban y a los pocos segundos salían: maltratados, despeinados, agitados, sonrientes. Había quienes permanecían: obstinados, sudorosos, felices. Y había quienes ingresaban, se caían, se incorporaban, revivían y arremetían de nuevo. Porque a pesar de la aparente barbarie que se agitaba dentro del círculo, es imposible saber cómo el desenfreno parecía tener cuidado con las mujeres y la niña que estaban ahí, jubilosas, sintiendo brazos, piernas, hombros y cuerpos de grandes dimensiones pasar y volar a su lado sin ser lastimadas.

La Murga Xicohtl es un ensamble de reciente formación (2014), originario del municipio de Xicohtzinco, Tlaxcala. Ahí comenzaron a actuar en el carnaval que cada año se celebra en honor del santo patrono del lugar, Toribio de Astorga. Luego hicieron lo mismo en Papalotla, donde la fiesta de carnaval es de mayores dimensiones. Por eso en cada actuación ofrecen, junto con su música, parte de la tradición y el lenguaje que han heredado: algunas canciones en náhuatl y algunos personajes satíricos del carnaval tlaxcalteca como Peter Charro o El Chivarrudo, parodias de los ricos españoles y hacendados que dominaros aquellas tierras por siglos.

Peter Charro desciende por un momento a la Tierra. La gente puede ver de cerca su amplio sombrero adornado con plumas de colores, su capa, sus bordados, el espejo que usa sobre las telas que viste, y su máscara. Estos elementos en su indumentaria representan nubes de lluvia, el cielo, la luna, la naturaleza, el rayo, los antepasados. Todo eso tendrá que serle útil ahora que ha decidido enfrentarse a quienes rastrillan y golpean la tierra con los frenéticos movimientos que alimenta la música de La Murga. Peter Charro va de aquí para allá. Lo único que lo distingue, arrastrado por el maremoto, es su atuendo. Luego de unos minutos, escapa con vida. En el escenario, el bajista Giovanni Quintana observa desde arriba, intacto, que todo ha salido bien y promete a los asistentes: “Vamos a regalarles unos discos.” Avientan cuatro o cinco. Otros los repartirán entre las morras, los vatos y la niña que enseguida subirán con el grupo a bailar. En toda la Alameda se han formado círculos de baile adyacentes a la rueda mayor. Son pequeños. Seguros. En la mayoría, son sólo mujeres las que cumplen el ritual de la danza. Tal vez por eso es que el cielo está tan contento: ¡Dios ha hecho el milagro: llueve cerveza!

Al lado del escenario hay una de estas ruedas diminutas que llama mi atención. A lo lejos veo una minifalda falda que sube y baja. Sí. Una minifalda en medio de toda esta mezclilla, entre este insolente frío que azota, una minifalda negra que contrasta con los innumerables gorros de estambre y borras que simulan orejas de ratón. Me aproximo y veo de cerca la agitada minifalda. Me detengo. Miro hacia arriba. La dueña de la minifalda me observa. Se toma el pecho. Y para cuando me doy cuenta que son completamente artificiales, ella (¿o debo decir él?) ya me ha mandado un beso. Algo me dice. Su voz grave y sólida se esconde entre las agudas trompetas de La Murga. Huyo del lugar mientras ella se carcajea. Y continúa, me imagino que aún más alegre, con la danza.

La celebración concluye pasada la una de la mañana. Nadie ha salido herido. Al menos no herido de gravedad. A estas alturas ya me he sobrepuesto a la conmoción y el estupor de la minifalda y su coqueta usuaria de cromosomas XY. El foro se ha quedado vacío. “¡Ando bien madreado! ¡Apenas si puedo caminar!”, dice un joven rubio de cabello largo al alejarse. Se va sobando la espalda, los brazos, las piernas. No obstante, agrega divertido: “¡Pero estuvo poca madre, ¿no loco?!” Su compa le echa un brazo por encima del hombro. Caminan juntos. Se alejan. Han aprendido lo que es La Murga.

Entradas recientes

Categorías

mambo Autor: