Gladiolas en el patio

 

Imelda Escalante

 

Nueve de julio de 1993

Puedo ver los primeros botones, las gladiolas empiezan a florecer. Yo las observo. Sobrevivo.

 

Nueve de junio de 1993

Hoy me he levantado sólo para salir al jardín,  regué hasta dejarlo anegado. Mi abuelo me observaba a través de la ventana de la cocina.

 

Nueve de mayo de 1993

Sembré los bulbos de las gladiolas que guardé en invierno. Lo hice como la abuela me enseñó. En poco tiempo van a cambiar la vista que tengo desde mi recámara. Esperaré.

 

Nueve de abril de 1993

No volveré a consulta con la psicóloga. Me he cansado de dar puñetazos a un cojín. El abuelo me preguntó cómo iba con mi tesis. No se lo dije, pero me siento incapaz de empezarla.

 

Nueve de marzo de 1993

Al regresar, el abuelo traía un envoltorio ceñido con una cinta roja, creo que es mi regalo.  Mañana cumplo años, no voy a celebrar. Estoy maltrecha.

 

Nueve de febrero de 1993

La terapeuta dice que mi silueta, que se ha hecho más gruesa, es como una armadura. Insiste en que no la necesito. No me importa subir de peso. Yo no quiero ser vista. Al abuelo le preguntaron por mí en la plaza, él les dijo que trabajo en mi tesis. No sabe que miente. A veces me mira con recelo. Yo lo esquivo.

 

Nueve de enero de 1993

He pasado las últimas semanas aborreciendo el árbol de navidad que el abuelo me obligó a sacar de su caja y a colocarlo en medio de la sala, como lo hacía la abuela. Le colgué las esferas; no pude ponerle los focos. Mentí al decir que estaban fundidos. He comido chocolates en exceso. Engordo.

 

Nueve de diciembre de 1992

En una caja con la turba que me consiguió el abuelo, enterré los bulbos secos y los llevé al lugar más sombreado del jardín. Ahí pasarán el invierno. Yo también estaré encerrada. Nos cuidaremos.

 

Nueve de noviembre de 1992

En la tarde desenterré los gladiolos, ya el follaje había muerto. Cavé una zanja alrededor hasta sacar los bulbos. Los cepillé y retiré los más pequeños que estaban adheridos.  Los llevé a un lugar libre de humedad y fresco para secarlos. Es la forma de cuidarlos.  Lo aprendí de la abuela. La extraño. Todavía soy un abrazo a sus faldas, a su perro lanudo. Al bote cristalino de dulces de leche. Refugiada en sus manos sobre mis hombros.

 

Nueve de octubre de 1992

Hay días que entro a la ducha varias veces, hoy fueron cinco; no he podido quitarme su hedor de encima. Aún me siento sucia.  Creo que acudiré a terapia. Hay una psicóloga jubilada que podría consultar; se avecinó aquí en el pueblo después de abandonar la ciudad como lo hice yo después de aquella noche.

 

Nueve de septiembre de 1992

Hace un mes lavé hasta el cansancio el vestido de algodón azul y la ropa interior que el desgraciado me quitó a jalones. Mis prendas íntimas estaban manchadas de sangre. Le odio. Hoy he quemado esa ropa en el terreno contiguo a la casa del abuelo, donde me he guarecido. Les prendí fuego cuando él salió a jugar dominó. Él cree que vine a quedarme para hacer mi tesis. Traje algunos libros que permanecen apilados sobre el piso del cuarto.  Tengo miedo de aborrecer mi vida.

 

Nueve de agosto de 1992

Rezumo asco.  Aún puedo percibir el olor de su cuerpo transpirando borrachera,  el de su pañuelo impregnado de loción barata que frotó sobre mi pecho y el de él resollando en mi cara. Apestaba. Ayer, ocho de agosto, fui violada. Cae la noche y  pese al horror no he muerto de rabia aunque creo que no estaré bien en mucho tiempo. Intentaré escribir,  al menos, cada día nueve, como prueba de que sigo viva.

 

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