Somos como cualquier otra persona, pero no hemos tenido tanta suerte ni tantas oportunidades

 

Foto: Nahatan Navarro Félix

 

Claudia Alejandri E.

Con los brazos cruzados y una gorra que le cubre media cara, Martín permanece sentado en un camellón de la colonia Punta de Arena, a espera de que llegue la hora de alimentarse en un comedor comunitario situado justo en la acera de enfrente.

El hombre de 58 años, luce desaliñado, con su piel grisácea, curtida por el sol, pero en su mirada hay inteligencia y cautela hacia las personas que se acercan.

Según relata, ha pasado los últimos 45 años de su vida en las calles de distintas ciudades, ejerciendo trabajos temporales y a merced de lo que le regala la gente, los grupos altruistas o religiosos.

“En veces trabajo, en veces no, me pongo a limpiar vidrios y lavar carros para sobrevivir, nuestro principal enemigo es la policía, lo ven a uno así y creen que vamos a robar, pero no, no hacemos daño a nadie”, comenta mientras gira la cabeza hacia un grupo de compañeros sin hogar que se encuentran a unos pasos de él.

“He estado en barandilla muchas veces, me levantan simplemente por andar caminando, aquí en Guaymas no me ha pasado, pero en otras partes sí, sobre todo en Hermosillo, y no sé por qué, somos como cualquier otra persona, pero no hemos tenido tanta suerte ni tantas oportunidades, me pregunto por qué lo hacen esos oficiales, si nomás por presentar chamba a sus superiores o qué”, dice riéndose.

A sus espaldas se encuentra un anciano de esqueleto frágil, que se recorta la escasa barba con ayuda de unas tijeras escolares y un pedazo de espejo, tiene unas horas de haber llegado de Chihuahua y su expresión muestra cierto tormento, porque, sin previo aviso, comenzó a sentir mareos y dificultad para respirar.

Martín, compasivo, le toca el hombro y le asegura que lo llevará con el médico de la Casa Franciscana (localizada a una cuadra) para que lo revisen, el viejo levanta un poco la mirada y sus ojos brillan trémulos, a punto de soltar lágrimas.

En total son cuatro personas las que se encuentran en ese camellón, que a su vez se junta con un canal de aguas residuales que evapora el tibio sol del invierno, una parvada de pájaros negros atraviesa la calle con un vuelo al ras de los automóviles, y si no fuera por la presencia de los voluntarios del comedor comunitario que entran y salen diligentes, el cuadro retrataría una brutal indolencia.

Todos los hombres son mayores de 50 años y lucen desencantados, a excepción de un moreno de cabello desparpajado que bebe de una botella de aguardiente barato, mostrando todos los dientes al sonreír.

Oiga señora, ¿Trae 10 pesos para un café? pregunta sin pena y Martín lo mira como si hubiera dicho una imprudencia, la mujer le entrega diez pesos a cada uno, y los reciben con gratitud, más el viejecito, que sostiene la moneda como si fuera un bálsamo sagrado para una vida que se desmorona.

“La calle es muy peligrosa -continúa Martín-, si no la sabes andar mejor ni te metas, he visto muchas cosas feas, gente que la ha agarrado el tren, a uno lo partió en dos, justo en medio cuerpo, he visto balaceados, un degollado con un filero, chorros de sangre que lo ensucian todo, la gente muere de formas que no me imaginaba, a veces porque andan en malos pasos y otras nomás porque sí”.

Explica que ha pasado temporadas en Hermosillo, Bahía de Kino, Puerto Libertad, Benjamin Hill, Santa Ana, Magdalena, Altar, Caborca, Pitiquito, Puerto Peñasco, Mexicali, Tijuana, Tecate, Ensenada, San Quintín, Los Mochis, entre otros lugares, y no contempla la idea de establecerse en un punto en particular.

“Entre nosotros nos ayudamos como podemos, hay gente de distintas partes, pero uno se identifica con ellos y se da a conocer solo, ahorita ves cuatro, luego somos seis, luego se van tres, llegan nuevos, pero siempre nos acompletamos, aquí hay que quererse y cuidarse”, expone Martín.

“He estado unas cinco veces en Guaymas, nunca me quedo mucho tiempo, ahorita traigo en la mira irme a trabajar a La Atravesada, en la cosecha, ahí te explotan pero te compones económicamente”.

Al cuestionarle el motivo por el que vive en las calles, no responde con claridad, evita la información sobre su juventud  y se limita a afirmar que de acuerdo con su acta de nacimiento, es originario de Moctezuma, Sonora.

¿Nunca tuvo a alguien en su vida? ¿Hermanos, amigos? Martín se levanta la gorra, vuelve la mirada hacia los tres hombres y apunta: “Nos tenemos entre nosotros”.

 

 

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