De correspondencias y olvidos

Foto: Bruno Herley.

Texto: Rocío Castro

 

Querida M, decidí dejar de sobrevivir. Nada me asombra más que el simple hecho de respirar.

Miro hacia atrás y veo mi cuerpo de ocho años saltando la cuerda.

Te dejo un trozo de lo que hoy asoma por mi ventana. Un recuerdo quizás, un atisbo de querer recuperar algo.

Busco entrar al reflejo del charco que dejó la tormenta mientras mi cuerpo intenta nadar la tierra.

Las siluetas de dos niños buscando renacuajos aparecen difuminadas.

Un juego entre hermanos se inventó una noche mientras la energía eléctrica amenazaba con apagar a un pueblo previo a la tormenta.

El olor a tierra mojada hizo germinar cada uno de mis sentidos mientras centellas buceaban el firmamento.

Era costumbre y necesidad unirnos cuando la oscuridad nos sorprendía. Las familias miraban el chubasco por la ventana o salían a la parte frontal de sus casas. Algunas velas en las manos del abuelo, una lámpara de gas o una linterna iluminando el rostro del cuentacuentos.

Intuía entonces que el cielo nublado también podía ser un espejo; venas cargadas de electricidad circulando entre una piel fragmentada e interminable.

Tras la ventana, la fuerza del aire torciendo los árboles, los relámpagos fotografiándonos el miedo.

Siempre sentí la lluvia como un lamento, un espacio abierto para escuchar las corrientes del olvido nadándonos la entraña.

Entre el torrente, la sensación de sabernos anfibios; húmedos, densos, pegadizos, con miedo.

Después del aguacero, una orquesta entre el lenguaje de los grillos y el croar de las ranas llamándose al apareamiento. Los oídos henchidos de música rompían el alba mientras las luciérnagas nos iluminaban el rostro tras el cristal que las encerraba; nuestra osadía se imponía en el juego por retenerlas, admirándolas.

Sin electricidad el pueblo reproducía los sonidos del resguardo, como si nunca hubiéramos salido del seno materno, como si el trueno fuera el grito modelador que nos dio la forma.

Mientras la humedad penetraba la piel, se desprendía desde la cocina el olor a té de canela. Un aire fresco entraba por la ventana, el sol acariciaba la humedad de las plantas y los niños, idos en su imaginación, formaban peces de barro.

Estimada M, la llovizna me ha traído un regalo. Deseo te encuentres bien. Espero haberte recordado algo.

Querida C, he recibido tu carta. Hoy me encuentro lúcida.

Recordé mi cintura arrancada de un árbol en aquel juego donde simulábamos ser las capas de una hortaliza que nos hacía llorar de risa,  o los niños -vampiro correteándonos el cuello; el deseo de  tocarnos con el aliento o rozarnos el cuerpo.

Parece imposible mantenerse en esa línea fina y delicada, ilusoria a mis sentidos.

Ahora también vivo ese juego viejo, cercenado de su raíz original. Te veré pronto. El doctor dice que es un mal muy común. También lo intento, tienes mi mano, sujétala fuerte.

Querida M, te agradezco la correspondencia. Abandoné el tratamiento.

Hoy no llueve. El sol deslumbra cualquier recuerdo, cualquier pensamiento.

Ayer abracé a un “desconocido” y confieso me ha gustado. Me besó la mejilla y sentí el latir de su corazón acompasado. Percibió tal vez, que me encontraba desorientada.

Y luego sucedió lo que otras veces.

¿Por qué me percaté de haber abrazado a un desconocido?

Un desconocido. Percibí que era eso. Le puse nombre.

Esto sí que es un verdadero mal,  M.

Tan pronto me di cuenta, corrí a casa, agarré el pincel y tracé las siluetas de dos seres abrazándose, terminada la obra, la titulé “Los desconocidos”.

El regalo le ha encantado.

Te escribo desde el muelle junto a la costa. Conservo tu abrazo. Seguiré saltando la cuerda.

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