¿Qué le digo a la ciudad?

 

Aureliano Rincón Candelas

Es pleno medio día de un fin de semana y mis pasos me llevan al Mercadito. Después de tomar un par de aguacates, le pregunto a la encargada cuánto es.

Procede a pesar la mercancía y de pronto soy testigo de una plática que sostiene con uno de los tantos clientes que merodeamos el puesto.

“Yo le entiendo cómo se siente doña Lupita, es muy difícil decirlo pero hay que resignarnos”, le expresa a manera de consuelo a la encargada, quien refleja la humedad en sus ojos.

Desvío la mirada hacia la pantalla de la báscula electrónica en búsqueda de un número que me sirva de pretexto para disimular mi morbo por el diálogo entre féminas.

La encargada responde con una serie de pucheros, que apenas hacen entendibles sus balbuceos. De su bica sale la palabra Dios que suena a lamento y confiesa que desde que perdió a su hijo, hace como un mes, sus creencias han flaqueado.

Al hijo de doña Lupita lo encontraron ultimado en un paraje del valle del Yaqui. Es uno del casi medio centenar de asesinados en estas tierras durante el presente año de Dios, 2017.

Son 14 pesos, me dice la encargada y cuando me dispongo a sacar de mi pantalón un billete para pagarle, escucho nuevamente la voz de su interlocutora:

“Sabe qué es lo bueno de todo esto doña Lupita -inquiere la dama y ella misma se contesta-: la diferencia es que nosotras pudimos ver a nuestros hijos, enterrarlos, cuántas madres no han podido hacerlo”.

Pero ni estas palabras logran un consuelo temporal en el rostro de Lupita, cuya mirada mustia divaga entre el cielo y las monedas que busca para dar cambio.

“Supe de un cuerpo que tiene más de un año en la Procuraduría porque nadie lo ha reclamado, no encuentran a sus familiares”, agrega la cliente a su relato, mientras espero la entrega del producto.

Del estacionamiento, a unos cuantos metros, se escucha una melodía romántica,  su letra, sabe funesta en Ciudad Obregón: “Qué le digo a la ciudad, por tu desaparición”.

Qué difícil es responder la inquietud del compositor Espinoza Paz, tal como pasa hoy en las oficinas ministeriales que simulan investigar los crímenes. La indolencia a nivel de rango constitucional.

Pese a la sequía, las lágrimas abundan, pululan por la ciudad. Y ni modo de pedirles a las víctimas que imiten al artista sinaloense en su canción “y voy a sonreír para que pase desapercibida su tristeza”.

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