La tinta está sangrando

Foto: Bruno Herley

Por: David Alberto Muñoz

Ella me dijo que la tinta sangraba. Al principio no entendí. Por el contrario, asumí mis conclusiones torpes una vez que el embrujo de su rostro me golpeó la mejilla bruscamente haciéndome despertar.

—¿Estás bien?

No recordaba absolutamente nada. O tal vez no quería. La vida se me antojaba ser un idilio de media semana donde ya no importaba con quién estabas. Más bien era el pretender romper con los juicos moralistas de una sociedad enfermiza. Sí, enferma igual que yo.

—¿Qué pasó?—pregunté todavía aturdido.

El cuarto estaba pintado de un color verdoso. En el techo un abanico soplaba viento caliente, y se podía sentir el polvo que caía sobre el cuerpo de una joven mujer, con bastante maquillaje que deseaba ser vista.

—Tuviste otro receso.

Nunca he entendido esa palabra. Receso…parece como si de pronto quisieran dejarme salir al recreo sin ser todavía el tiempo.

—¿Estás bien Alejandro?

—No.

Imágenes volaban sobre mi mente sin querer aterrizar. Recuerdos mal vividos, calenturas nunca realizadas, pretensiones imaginadas, desprecios admitidos, fantasías nunca demolidas, albures impronunciables, palabras nunca omitidas, borracheras vomitadas, caricias no acordadas.

¡No entendía porque la tinta sangraba!

—Dice el doctor que vas a tener que quedarte tres días más.

¡Están locos! Yo no estoy enfermo, al contrario, los enfermos son ellos con sus juicios, sus fariseísmos, sus pendejadas. Yo no estoy enfermo. Tengo problemas como todo mundo, pero yo no estoy mal. Son una bola de hipócritas que no se atreven a verse ellos mismo tal y como son.

—Mira Alejandro, estuviste actuando muy raro toda la semana. No es cosa nueva. Más de dos veces te perdiste sin decir adónde ibas. Te encontramos tirado en la calle como un pordiosero. ¡Hasta me pegaste cuando quise levantarte! Ya no podemos más Alejandro, he llegado a pensar que verdaderamente estás loco.

—Ustedes no entienden que la tinta está sangrando. Cuando fui a escribir tomé la pluma y la sumergí en el tintero, y fue entonces cuando me di cuenta que la tinta estaba sangrando. ¿Por qué no quieren creerme? Ya sé que dicen que he tenido muchos problemas mentales, que mi padre estaba loco, que no soy responsable de mis actos, pero ¿por qué no me creen que la tinta está sangrando?

Un silencio asqueroso hizo acto de presencia. Las miradas de todos estaban sobre mí. Eran más de cuatro personas. Una mujer que bien pudo haber sido mi madre, un varón que tenía cara de doctor, un muchachito que todavía olía a orines, y aquel rostro hipnotizador que me había seducido.

—¿Quién eres?—le pregunté.

—Soy Isabel Alejandro…tu mujer…si vas a reaccionar como niño chiquito yo ya no puedo.

—¿Poder qué?

—Vives en otro mundo, nunca sabemos que estás pensando. Platicas solo, si no te gusta lo qué estamos diciendo simplemente nos ignoras y comienzas a crear tu propia novela de televisión donde tú eres el protagonista. Te pierdes por las calles como si no tuvieras responsabilidades. Nada más andas de mano larga agarrando a media vieja que se te pone enfrente, frente a tus propios hijos, y por si fuera poco…por si fuera poco…

—¿Qué?

—Por si fuera poco, todo lo escribes con esta tinta mugrosa que embarra absolutamente todo. ¡Andas repartiendo por la calle tu privacidad, tus sentimientos, tu vida Alejandro! ¡Ya no te aguanto!

—¿Quién eres? Cuando miré tu rostro la primera vez me hipnotizaste. ¿Sabes? Todo este tiempo he tratado de saber quién eres. Y creo que nunca lo sabré.

—¿Señora Duarte?—era una voz grave, seria, llena de un loco raciocinio—Va usted a tener que firmar para poder llevarnos al señor.

—¿Es permanente?

—Eso depende de usted. Obviamente el problema está en la mente del señor Duarte. Se rehúsa a aceptar ciertas verdades sociales que todos conocemos. Es rebelde, imprudente, en ocasiones mal hablado, y en términos generales parece no querer reconocer las reglas de la sociedad.

—¿Está loco?

—No lo sé señora…no lo sé…en ocasiones lo que él hace, lo quisiéramos hacer todos, pero su comportamiento va más allá de la lucidez. Firme aquí y lo tendremos en el sanatorio psiquiátrico hasta que mejore o usted decida algo.

Tomó el papel, sumergió la pluma en la tinta, y firmo con la sangre que estaba derramada sobre su falda.

—La tinta está sangrando Isabel…me entiendes…la tinta está sangrando.

 

© David Alberto Muñoz

Del libro: El Santo Don Patricio y otros demonios. Editorial Garabatos. Sonora, México. 2015

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