Miguel Escobar Valdez

Foto: Pina Saucedo.

Texto: Bruno Herley.

A mediados de los noventa, cuando estudiaba la preparatoria, otros compañeros y yo pertenecíamos a un grupo cultural y políticosedicioso. Un día sí y el otro también protestábamos, tomábamos oficinas, repartíamos volantes. Adolescentes todos, el mundo era un trozo de comida sobre un totopo. Para agregarle más a ese caldo efervescente, el zapatismo lanzaba cartas inspiradoras desde la selva chiapaneca, no había transcurrido mucho tiempo del asesinato del candidato del sistema y los otros muertos que le siguieron, del error de diciembre y de su subsecuente tragedia: la perdida de patrimonios familiares por todos lados (a una amiga le tocó pagar tres veces el mismo carro); llegó El Barzón, Alianza Civica, el Ejército Popular Revolucionario en Guerrero y otros tantos actores de la vida nacional; todo olía a podrido y a esperanza. En esos días, cayó en nuestras manos un libro titulado Tiempo de morir, su autor era Miguel Escobar (Guaymas, Sonora, 08 de junio de 1935- Hermosillo, Sonora, 25 de marzo de 2017) y, para sorpresa de todos, era Guaymense, de ese lugarcito de la patria donde planeábamos hacer la revolución. Cuando lo leímos, todos quedamos absortos, la historia ahí contada era la tragedia política de los setenta, comprendimos aquello de las permanencias históricas.

Al pasar los años, me tocó conocer personalmente a Miguel Escobar, un hombre sencillo, de un gran bagaje cultural y conocedor de los entresijos del sistema; un periodista en toda regla. Para aquel entonces, él era cónsul del gobierno mexicano en Douglas, Arizona. Las pocas veces que llegué a platicar profusamente con él, lo sentí una persona estructurada en su forma de pensar, sin fisuras, y conocedor de mucha gente. Uno podía durar horas escuchándolo e intercambiando opiniones.

Su contribución al quehacer cultural la podemos encontrar en la publicación semanal La Carta Escobar, como coordinador de producción de algunas empresas cinematográficas, en sus libros Tiempo de morirRistra de palabras nuevas y El predestinado, entre otros. En su natal Guaymas dirigió el periódico La Gaceta y El Seminario de Cultura Mexicana. Ganó premios literarios en España, fue agregado cultural en los consulados en Estados Unidos y, a lo último, cónsul, de donde emprendió su retiro. A últimas fechas impartía un taller para escritores en la biblioteca municipal de Guaymas.

Miguel Escobar era un hombre universal, su sapiencia rebasaba el mundillo político y cultural de nuestro estado, tanto, que la Universidad de Pensilvania en Estados Unidos, escogió uno de sus artículos para una compilación sobre análisis de Derechos Humanos en México y Estados Unidos. Con su libro El muro de la vergüenza, crónica de una tragedia en la frontera, deja un testimonio de los tiempos que corren: las penurias que viven los indocumentados en su camino hacia la frontera norte del país; un libro imprescindible de la mano de alguien que conoció de cerca ese drama.

Con la Muerte de Miguel Escobar, se nos va la claridad de pensamiento de un hombre que contribuyó al crecimiento de nuestra comunidad: escritor, periodista, bienhechor. De esa clase de hombres que, lejos de los reflectores, realizan proezas dignas de contarse.

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