Identidad ingrávida

 

Bozal de Richard Viqueira en el CCB

 

José Noé Mercado

Vivir con certezas es sencillo. Habitual. Deseable. Así ha sido a lo largo de la historia del hombre. Las complicaciones siempre llegan cuando aquello que se sabe, lo que brinda sentido, identidad y arraigo, es puesto a prueba.

Cuando surge la duda ante la exploración de conocimientos y perspectivas, al momento de hincar la dentadura a la cadena para comprobar si resiste o no una buena mordida, la existencia adquiere una suerte de gravedad cero y la forma de contemplar el mundo y todo aquello que nos rodea se vuelve volátil. Pierde piso.

Ése es el cosmos que examina el dramaturgo Richard Viqueira en Bozal, su nueva obra, que llegó al escenario (en rigor, al espacio) del Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque de la Ciudad de México, para presentarse de jueves a domingo desde el 2 de febrero, hasta el 16 de abril.

En esta obra de teatro —viaje espacial, vuelo dramático, odisea extraterrestre—, Viqueira embarca al espectador a través de sugerentes y evocativos diálogos donde copulan las apariencias, las suposiciones, la cordura y la demencia, en un cuestionamiento interestelar no sólo sobre lo que puede saber —o ignorar— acerca de una representación y sus protagonistas: dos astronautas —o un licántropo apaleado que retorna a su humanidad o un perro cosmonauta o un masoquista y un héroe o un padre al que la enfermedad ha arrebatado su descendencia—, en todo caso a bordo de una nave interplanetaria que se dirige —o no— a la Luna.

El texto, el concepto y la dirección de Richard Viqueira también se convierten en un ejercicio de reflexión ética: ¿puede importar su práctica fuera de la atmósfera terrestre; tiene sentido cuando nadie la observa y juzga, o si la confianza en los otros se ha diluido?

Al mismo tiempo, Bozal es una intensa experiencia sensorial donde el público ya sea en las butacas del Julio Castillo, en una colchoneta sobre las tablas del escenario o —si se fue de los afortunados en conseguir boleto para volar— en sillas y canastas que suben y bajan de las varas del teatro al igual que la plataforma que funciona como nave espacial sobre la que actúan los protagonistas, es desnudado de toda certeza.

El conocimiento de los hechos, su hilvanado, es tan relativo que todo es posible y admite —reclama— la interpretación del espectador, que deberá optar por una perspectiva sólo para caer en la duda y en admitir la posibilidad de lo contrario, de una identidad ingrávida.

Bozal es, en cierta forma, un homenaje a todas esas cintas espaciales que revelaron la pequeñez humana en el contexto del universo —2001: Odisea del espacio— o que le despojaron del antropocentrismo —Alien: el octavo pasajero—; es, por tanto, una especie de terror de la incertidumbre. Y los movimientos del espectador, en sintonía dramática, justo provocan eso: una mirada cambiante e inestable, que depende del ángulo, de la cercanía o distancia de los hechos y de los personajes.

Y todo ello provoca diversos planos estéticos y morales que se amplían y reducen ante los ojos expectantes de los asistentes. Esas parecen ser las intenciones de Viqueira.

En las actuaciones, destaca el trabajo de Omar Adair (Piloto), por la intensidad y detalle que utiliza en sus transformaciones psicológicas y en sus recursos expresivos. La interpretación de David Blanco (Comandante) no es defectuosa, pero cierta falta de agudeza en la comprensión y proyección de sus diálogos se percibe en momentos clave. Ambos son arrojados y competentes al buscar la naturalidad de la actuación en las alturas, y contrasta con esa actuación espejo y estilizada del Controlador-Astronauta y Explorador de Rojo Córdova, quien de igual forma se encarga de la música oral que ambienta en esos horizontes inexplorados del espacio.

La iluminación y vestuario de Mario Marín del Río y la Iluminación de Gabriel Pascal son tan eficaces como el diseño de vuelo de Iván Cervantes y la ingeniería escénica de Valentín González. Es para destacar todo el protocolo de seguridad que se sigue antes y durante las funciones, que parte del equipamiento de protección al público volador, pasa por la búsqueda de balance en el peso de los espectadores a sostener en los lados de cada vara y, desde luego, la atención a los botones de pánico que los asistentes pueden presionar en el aire si la angustia en las alturas se vuelve insoportable y tienen que ser bajados.

Richard Viqueira no se repite. Se renueva y supera a sí mismo, en un teatro contemporáneo, vigente y sin fronteras. Más que un kamikaze del teatro, hoy es un artista que se aleja del centro, de lo establecido. Explora los márgenes y los mueve de lugar. Los lleva más allá. En Bozal —una producción presentada por el Instituto Nacional de Bellas Artes, la Secretaría de Cultura, Grupo Salinas, Chibal Entertainment y Kraken Teatro— los proyecta, sin metáforas, a las alturas.

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