Las Guásimas, una visita pendiente

 

 

Claudia Alejandri E.

Después de una jornada en el mar, los pescadores llegan al muelle de Las Guásimas con modestas capturas de lisas, ostras, y caracoles aún vivos en sus conchas.

Las pangas distan mucho de lucir llenas, el verano es período de veda de muchas especies marinas y no hay abundancia de producto, solo lo suficiente para el sustento diario.

200 o 300 pesos por marea, dice un pescador que se encuentra más concentrado en desenredar un chinchorro, con el sol en la frente, que en responder las preguntas que los reporteros hacemos sobre la rentabilidad de sus viajes.

A sus espaldas se ve el arribo de otra panga con varios hombres a bordo, y aunque la embarcación no viene muy nutrida de pescados, sus tripulantes llegan sonrientes, a la orilla, donde ya los espera el comprador con la báscula y el billete.

Posterior al pesaje de las lisas contenidas en baldes de plástico, guarda el producto en la caja de su viejo pick up y se retira levantando la obligada nube de arena, al tiempo que los caracoleros se dirigen a sus casas a desconchar el molusco con ayuda de sus familias.

Los cercos de carrizo, las cruces de palma en algunos pórticos, la ropa en colores vivos de las mujeres y niñas que regresan de las tiendas de abarrotes con un paquete de tortillas o un refresco grande entre las manos, nos hace recordar que estamos en territorio étnico.

Las Guásimas es parte de Belém, uno de los ocho pueblos yaquis, sus habitantes hablan español y lengua yaqui. De acuerdo con el último censo poblacional, se estima que en allí habitan mil 696 habitantes cuya principal actividad es la pesca, aunque a últimos años, otros han optado por el trabajo en las maquiladoras de Empalme y Guaymas, no tanto por el sueldo, sino por la seguridad social.

Es la 1:30 de la tarde, y las familias, como es costumbre en el lugar, se encuentran con sus mesas y sillas de plástico bajo los árboles, donde comen pescado frito, limpian el marisco y pasan el rato en un lugar más fresco que el interior de sus casas.

Al arribar cada mediodía, muchos hombres se apuran a comer y descansar en las hamacas sostenidas por monumentales troncos, y otros más afortunados tienen alguna panga en desuso que colocan a la sombra de un árbol, como un nido especial para tomar la siesta.

En todos los lugares de temperatura cálida que he visitado, la gente común (a excepción de los paleteros y vendedores de tepache), suelen refugiarse al mediodía en sus hogares, pero en Las Guásimas no es así, se pueden ver personas de todas las edades caminando en la vía pública con tranquilidad, inmunes al sol y a las quejas.

En su casa, justo atrás de la iglesia del pueblo, nos recibe la Señora Rosa y sus hijas, con un plato de lisas fritas y tortillas de maíz, platicamos de cosas ordinarias, de lo lindo que es el territorio, de las artesanías yaquis, de los pescadores que no respetan vedas y con ello exponen el futuro de su pueblo a la pobreza y falta de empleo.

Por supuesto que también hablamos del dinero que nunca alcanza, de las telenovelas, del punto para que el pescado quede sabroso, hasta que el Maestro Parra, un extrovertido maestro de acuacultura, lanza la pregunta: ¿Y no hay mucha delincuencia por acá, es cierto que los yaquis no se dejan de nadie?

Con cara de preocupación, una de las muchachas afirma: “Aaaay pues aquí no tanto, pero ahí en ‘El Baugo’ (un poblado que se encuentra a dos o tres kilómetros) sí, allí hay mucha droga, el famoso cristal ese, dicen que deja a la gente loca.

“Lo peor es que envician a niños chiquitos para usarlos, o no sé, pero roban lo que sea, es más no saben ni qué roban, dicen que el otro día asaltaron un tráiler y se llevaron unos sacos de azúcar, pero con esos cuerpecitos de menos de once años, pues ni los podían cargar, se cayeron boca abajo en la tierra y allí los agarraron”.

Al imaginar la escena no podemos evitar la risa y la pena, por mi parte exclamo: ¡Aaaay pero qué cosas, qué tristeza!, apuro un bocado de pescado y pido más refresco porque no hay muchas frases que decir que no incluyan las palabras barbaridad y lástima.

Parra insiste, pero ahora con el tema de las fiestas, pide que lo inviten a la celebración de la Virgen del Carmen, a los rituales de Semana Santa, a todo evento donde haya, baile, cheve, wakabaki y personas con quien convivir.

Las mujeres sacan unas bellas máscaras de pascolas en miniatura, y compramos una, me quedo mirándolas y en lo que menos pienso el maestro está acomedido limpiando el vidrio delantero de mi camioneta…. justo con los periódicos que traen las notas que aún no leía, me da mucha risa, y sé que ya es hora de la retirada hacia Guaymas.

Me sorprende no sentir calor, me sorprenden esos árboles que atenúan los rayos solares y dan oxígeno al lugar. Es 22 de junio, segundo día de ese verano 2016, y la rudeza del clima afortunadamente aún no alcanza la calidad de tópico de conversación.

Prometemos regresar a vivir una fiesta tradicional y a seguir aprendiendo de la cultura de la pesca.

Hoy, Las Guásimas, son una visita pendiente.

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