Con su última mirada

 

 

Antonio Perea

 

No puedo estar tranquilo. Pienso mucho en ella. Hoy es su cumpleaños.

Recuerdo tantas cosas, no puedo creer que fácil la perdí, que rápido me di por vencido, yo que tanto presumo de luchar por lo que se quiere.

Me desperté a las 6:35 y mi primer pensamiento fue para ella. Su última mirada… esa mirada que hasta ahora entiendo. Fue la última, la que me dijo adiós, la que me dijo que me amaba y que con todo el dolor de su alma sabía que también sería la última.

Recuerdo cuando la vi por primera vez. Estaba en la casa de su prima la Tita, recuerdo que llegamos un amigo  y yo. Recuerdo que salió y nos recibió con una sonrisa, esa sonrisa que llegué a adorar tanto. Su pelo negro suelto hacía que resaltara su tez blanca, sus ojos y su sonrisa hicieron que mi estómago burbujeara. Fue un sentimiento extraño. Recuerdo que hablamos de todas las cosas, recuerdo que aunque éramos tres, parecía que nomás ella y yo sabíamos de qué hablábamos. Y así nos pasó la noche, platicando, no nos dimos cuenta de la hora, todo pasa en un instante. Se llegó el momento de irnos, ya era muy tarde. La calle estaba desierta. Los vecinos ya habían apagado las luces, pero su cara brillaba mucho opacando las pocas estrellas que se podían ver.

Nos despedimos con un hasta luego, prometiendo que nos volveríamos a ver. Nos marchamos mi amigo y yo, le comentaba lo bien que me sentía hablando con ella, lo hermosa que es.

Pasó el tiempo, un mes, dos, y yo seguía recordando su cara, su silueta, sus palabras. Me di cuenta de que me impresionó mucho, entonces fui a visitar a su prima la Tita con un solo objetivo: conseguir su número de teléfono. No batallé mucho, lo conseguí. Llegué a mi casa lo más rápido que pude, me senté en el sillón, tomé el teléfono con las manos sudorosas y la mente toda enredada. No sabía qué decir, sólo sabía que te tenía que llamar. Marqué su número con un hueco en el estómago, pensando ¿ya qué? Ya marqué.

Me contestó una voz ronca, me parecía que era una voz de ultratumba que me preguntaba con quién quería hablar. Con voz disfrazada, entre valentía y nerviosismo le dije su nombre: con Judith. ¿Quién le llama, preguntó? Antonio, contesté. Entonces se oyó un grito: Judith tienes una llamada, un tal Antonio. Siguió un silencio, mis manos sudaban, me preguntaba qué le iba a decir, para qué le hablaba. En eso estaba cuando oí su voz. Bueno, Antonio ¿qué ondas? ¿Cómo estás? Qué milagro. No lo podía creer, sabía quién le llamaba, que buena onda. ¿Qué ondas, cómo estás? ¿Qué has hecho, qué estabas haciendo? La bombardeé con preguntas y así empezó otra plática, otra más de muchas que nos esperaban.

Llegó el día de mi cumpleaños, eran más o menos las 5:30 de la tarde, acababa de salir del trabajo. Recuerdo que estaba con unos amigos revisando el carro de uno de ellos cuando otro dice: Mira lo que acaba de cruzar la barda. Yo vivía en un fraccionamiento que estaba rodeado de bardas, una de ellas estaba a un costado de mi casa, tenía un hoyo por donde cruzábamos para no dar la vuelta. Entonces volteé y la vi. Era ella, traía su uniforme del Cobach, su pelo suelto, su sonrisa blanca, su falda corta que dejaba ver sus piernas, con los brazos abiertos invitándome a entrar en su pecho para darme el mejor regalo de cumpleaños: un abrazo que era nada más para mí.

El día de la fiesta yo estaba muy animado pues era ella la invitada especial. Renté una rocola, mis amigos compraron dos barriles, todo estaba listo y por supuesto mi otra cara también estaba lista, la que pocos conocían y muchos ignoraban, mi otra vida, la vida del alcohol, las mujeres y por supuesto: las drogas. Mi adicción la empecé a muy temprana edad. Todo comenzó con marihuana, después cristal y por último, cocaína. La primera vez que probé la marihuana fue cuando tenía quince años. Fue con un amigo llamado Jorge que le decíamos el cholo. Me gustaba ir a su casa porque poníamos puras rolitas oldies. Llegaba a su casa y en cuanto me veía decía: Ya llegó mi carnalito, voy a poner sus rolitas y vamos a empezar a viajar. Entonces sacaba el gallo, le ponía play al cassete y empezábamos a viajar al son de Seattin in the park angel baybe. Prendíamos el gallo, yo cerraba los ojos cada vez que absorbía la bocanada de humo y mi mente hacía lo demás, me imaginaba arriba de un templete cantando la rolita y entre el público como si una luz la alumbrara, una bella mujer observándome como si estuviera enamorada de mí.

Cada rolita me hacía viajar aunque no entendía lo que decían, pues estaban en inglés, pero en mi viaje yo cantaba y le decía lo que yo quería. Fueron épocas muy chingonas.

Luego siguió el cristal. Recuerdo que estaba con el cholo fumando marihuana cuando llegó el Camerón, un compa de Nayarit. Bien tendido el vato, traía una pelota de cristal, fue cuando lo vi por primera vez, era una pelotita como de golf, rosita, húmeda y la empezó a partir con una navaja de rasurar, la picó muy finita, hizo varias líneas, sacó un popote y dijo: Sobres Toñito, jálale. Absorbí por la nariz sintiendo cómo el polvo granulado subía hasta el fondo, donde ya no podía absorber más y lo primero que dije fue: en la madre, esta madre saca hasta las lágrimas, soltando las carcajadas de los presentes. Luego sacó un papel aluminio y me dijo: Espérate, ahorita verás, viene lo mejor. Y así, fumando mota y cristal nos vio el amanecer.

Pasó el tiempo. No volví a drogarme, no me gustaba esa etiqueta de loco. Mis compas siguieron, empezó a llegar la chiva y todo valió madre, muchos camaradas se prendieron, hacían cosas increíbles para conseguir una dosis, desde vender todo lo que tenían hasta matar a sus propios amigos. Fue algo verdaderamente triste.

La cocaína la probé cuando cumplí dieciocho y esa ya no la solté. Recuerdo que estábamos afuera de un baile en el estacionamiento del CUM y llegó un vato del Choyal que vendía cienes de perico, nos dijo: Sobres morros, para que se la cotorreen. Y como eso queríamos, pues cada quien se compró su cien. Éramos tres compas y ¡ay ay ay! Nos sentíamos los más cabrones del baile, ligábamos morritas, nos poníamos hasta la madre y así empezó. Cada viernes compraba perico hasta llegar al grado de que la cheve no sabía si no tenía ese gaznate entumido y ese moco que escurría sin darme cuenta, una bocanada de cigarro sabía exquisita, el sexo en el asiento trasero del marquisón… llegué al grado de comprar un ocho cada que pisteaba, no me importaba gastarme todo el dinero en placeres, era la adrenalina en todo su esplendor.

Me independicé a los veintiuno después de haber estado casado un año con una niña linda de donde nació el amor de mi vida, mi amado hijo Antonio Carlos. El matrimonio no funcionó, cada quien se fue por su lado, pero esa es otra historia.

Quince para las nueve, la gente está impaciente. Más de veinte sillas rodean el patio y parte de la calle. Un foco color rojo da un ambiente extasiado. Se deja oír la rocola. Salen a relucir los vasos llenos de cheve y por supuesto, todos bien arreglados. Estoy impaciente pues no ha llegado. De repente se ve un taxi doblar la esquina. Llegó, pienso. Y sí. Era ella. Por fin llegó, la niña más hermosa que jamás haya visto, con su pelo negro cayéndole hasta los hombros, sus ojos grandes y su sonrisa bella. Hola niño, me dice besándome la mejilla. Hola, le contesto, ¿estás lista para bailar toda la noche? Sonríe. La tomo de la mano y pasando entre toda la gente que ya está bailando, entramos a la casa, nos sentamos en el único sillón que hay, le ofrezco soda, prendo un cigarro y me siento junto a ella. Mi corazón late fuerte, ni la fiesta ni los amigos me importan, sólo ella, nadie más. En medio de toda la plática se oye una rola norteñota, de esas que se bailan abrazados, pienso ahora o nunca, la tomo de la mano y nos dirigimos afuera. Todos los morros gritan: ¡Llégale pinchi snap, llégale a bailar!

Y ahí comenzó todo. Bailamos toda la noche todo tipo de canciones, cada rola era una oportunidad de rodear su cintura, de rozar su mejilla con la mía, de deleitarme con su hermoso aroma, de hablar cara a cara, cada vez más cerca. Dos de la madrugada, no puede ser, su hermana le toca el hombro diciéndole que se tienen que ir. Ella le contesta: Otra hora y nos vamos, el Antonio nos va a llevar. Pero no capeó, méndiga lupita, pienso yo. Ni modo, no pude hacer nada, simplemente resignarme. De todos modos ya me la había pasado muy bien. Nos subimos al carro, ella se sentó a un lado de mí; que a toda madre me sentía. Tomamos el Quiroga casi a vuelta de rueda haciendo que el camino fuera lo más largo posible. Después de quince minutos llegamos a su casa, nos bajamos y siguió la despedida. Nos despedimos los dos muy contentos de haber estado juntos un buen rato. Después de esa noche todo comenzó.

Seguí llamándola, empecé a visitarla en su casa, platicábamos de nuestros planes a futuro, de lo que nos gustaría ser y cada vez me enamoraba más de ella, todo me gustaba. Todo en ella era perfecto.

Llegó el veinticuatro de diciembre, habíamos quedado en que pasaríamos la navidad juntos sabiendo que sería algo muy especial. Se dieron las cuatro de la tarde, por supuesto yo ya tenía el escenario listo; la casa del Vlady. Sus papás se habían ido a Obregón a pasar las fiestas. Recuerdo que días atrás me fracturé la pierna izquierda en un partido de fútbol. Como yo no podía manejar, mi amigo el Tako me llevó por ellas (su hermana, Lupita y ella), llegamos a la casa del Vlady como a las seis de la tarde con la hielera llena de cheve y por supuesto, un modular con toda clase de música.

Como yo no podía bailar, me senté en la sala. Ella se sentó a un lado de mí y así, empezamos a convivir todos juntos, el Alonso, el Vlady que estaba demasiado alcoholizado peleando con su novia la Flor, como todo el tiempo. También estaba la Lupita que andaba bailando muy contenta. Traíamos una cámara de video grabando todas las estupideces de esa noche y la noche anterior.

De pronto, sin saber cómo sucedió, allí, recostados en un sillón, nuestras miradas se encontraron. Sentí como si una burbuja nos encapsulara. No se oían ruidos, no se escuchaba nada, sólo podía ver su rostro, sus ojos, su belleza. De pronto sentí cómo mi cuerpo se estremecía, sentí que la burbuja flotaba, abrí los ojos y allí estaba, sus labios pegados a los míos, sintiendo la textura aterciopelada y la tibieza de su aliento. Abrió sus ojos y sonriendo me dijo: Eres un mensito. Nunca olvidaré ese beso ¡mi primer beso!

Así empezamos a caminar juntos, a crecer, a descubrir cosas maravillosas, cosas que nunca pensé que viviría, todas esas cosas de nosotros, nada más. Cosas que por mi adicción no cuidé y perdí todo, todo lo eché a la basura. Ahora estoy en la cárcel purgando una condena de cinco años tres meses por corrupción de menores. No puedo creerlo ¡en la puta cárcel! Nunca voy a olvidar esa mañana de sábado cuando nos detuvieron los mulas. Estábamos pisteando el Chana, el Chivirico y yo cuando de pronto ocho o nueve policías llegando a nuestras espaldas, tirándonos la fiera, que qué pinche desmadre teníamos, yo le contesté que cuál desmadre, estamos pisteando tranquilos. Me vale madre -dijo uno-, háganse para allá, vamos a hacer una revisión.

Empezaron los putos, primero con la ropa del Chivirico, luego con la del Chana y por último con la mía, encontrando una cura de perico en la bolsa chica. ¿Y esta madre morro? Me preguntó. Es mía, le contesté, es para uso personal. Empiezan a hacernos más preguntas ¿Cómo se llaman, de dónde son, qué otra loquera traen? En eso uno de ellos le pregunta al Chivirico: Eit, tú, morro ¿cuántos años tienes? Y le contesta: Diecisiete. Ya valieron verga putos, ya se chingaron, traen a un menor de edad. En la madre, ese pinche morro tenía diecisiete años. Pues nos detuvieron, nos mandaron a la costa y de ahí para el Cereso. No puedo creerlo, todo por la pinche loquera, todo por los placeres. Nada de eso vale la pena. Ahora aquí estoy, encerrado, valiendo verga. No pensé en nadie, en nada, sólo pensaba en mí. Todo se fue al carajo.

Recuerdo ese jueves de visita, la última vez que la vi. La última vez que me vi en sus ojos, acaricié su pelo, besé sus labios, con ternura acaricié su rostro, su rostro que reflejaba tristeza, confusión. No comprendía nada. Estaba confundida, quería hacerme tantas preguntas, pero algo no se lo permitió, no podía creer que yo, el hombre que ella pensaba que conocía se atrevió a traicionar su confianza, su amor, su respeto. Teníamos tantos planes, tantas cosas que hacer y ahora lo había echado todo a perder. Llegó la hora de despedirnos. Nos levantamos de la banca tomados de la mano, sintiendo un hueco en el estómago y con un nudo en la garganta caminamos entre toda la gente. Nos detuvimos en la puerta de la reja, mis manos rodearon su cintura. Sintiendo cómo su cuerpo temblaba me abrazó y sin mirarme me dio un beso. Mi último beso donde dejaba todo lo que amaba, donde me regresaba mi promesa de amor. No me miró. Se dio la vuelta y empezó a caminar. Yo me quedé parado, no podía moverme. Mis ojos estaban fijos en ella. Cruzó la primera puerta y casi al llegar a la segunda se detuvo, volteó, me miró. Sus ojos se clavaron en los míos. Quise gritarle que la amaba, que me perdonara, que había sido un idiota, pero todo se quedó en mi garganta. Sólo me dijo adiós con su mirada, su última mirada.

 

 

 

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