A veces siento que escribo porque respondo a estímulos que me impone la cotidianidad

 

Hugo Medina

Ricardo Solís (Navojoa, 1970) realizó estudios de Derecho y Literatura Hispánica en la Universidad de Sonora. Es una de las voces poéticas más importantes de Sonora: su obra publicada data de 1994, ya hace más de veinte años, y ha perdurado como referencia obligada a la hora de reconstruir la historia de la poesía en el estado (El ciclo del clan de 1996 contiene poesía escrita en 1993). Su obra poética constituye una de las más sólidas y coherentes de la generación de los setenta, y posee un estilo y una visión del mundo ya muy definida.

Me entusiasma presentar esta breve entrevista con el poeta Ricardo Solís y conocer sus opiniones, conceptos e ideas sobre la poesía de nuestro país y sobre su propia producción poética. Como preámbulo, reproduzco los libros que ha publicado: Poesía nómada (1994), Ciclo del Can (1996), Los peces todos (1997), Trapisonda (1998), El fuego dormido (2000), Piel de lo posible (en el volumen colectivo La piel del desierto, UNAM, Colección “El ala del tigre”, 2000), Superficie sucesiva (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2002), Díada (2004), La luz abandonada (2007), Ámbito (2008), Cantusar (2008), Cuerpo en mi cuerpo (2011), Agua grabada (2012) y Cuaderno de mudanzas (2013) También aparece antologado en Raíz y canto (1997), Poetas de Tierra Adentro III (1997) y Alas de alacrán. Poesía contemporánea de Sonora (2006)

Entre sus galardones, destacan el Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde” 2005 (con Tonos de lo claro), el X Premio Nacional de Poesía “Tijuana” 2006 (con La luz abandonada) y el Premio Nacional de Poesía “Efraín Huerta” (con Cantusar) 2007.

–¿Qué poetas o poemas de nuestro país te influenciaron cuando escribiste tus primeros libros y cuáles actualmente te han dejado una impronta?

–Primero que nada, habría que decir que hoy mi respuesta suena un poco desfasada porque, cuando comencé a interesarme por la poesía, a lo que uno podía recurrir en la década de los ochenta era aquellos títulos disponibles en bibliotecas públicas; así, aunque no me apena, mis primeras gratas impresiones me las brindaron autores como Manuel Gutiérrez Nájera, Lope de Vega o Jorge Manrique, a quienes siguieron poco después Sabines y Efraín Huerta, cuya obra fue determinante cuando comenzó a escribirse lo que sería mi primer pecado editorial. Hoy día hay tanto a disposición que resulta complicado determinar con precisión algún texto que represente una “impronta” en mi trabajo hoy día; claro, los primeros poemarios de escritores como Jeremías Marquines, Sergio Valero, Luigi Amara o Luis Vicente de Aguinaga fueron para mí casi una revelación que me permitió plantearme lo que hacía de otra forma, tal vez menos apegada a lo que –entonces– podía significar el hecho de estudiar literatura en Sonora. Por supuesto, la obra de Abigael Bohórquez y su ejemplo son, creo, una suerte de piedra de toque para mí, con todo lo que esa afirmación tiene de deuda y decepción (por retribuir tan mal lo que de él recibí)…

–¿Cómo ves o cuál es tu opinión de la poesía que se escribe actualmente en México?

–La verdad, no creo tener una opinión muy clara, salvo que la diversidad es enorme y el panorama, vastísimo. Voces abundan y, sospecho, delimitar es incurrir de forma obligada en la injusticia. Claro, me adelanto porque coincido con lo que planteas en la tercera pregunta.

–La poesía mexicana actual, me parece, se caracteriza −entre otras cosas− por su dispersión, por la multiplicidad de voces que dan la sensación de que hay una especie de fragmentación muy acentuada en nuestros poetas, ¿Ricardo Solís cómo conceptualiza este abordaje a las expresiones poéticas contemporáneas en nuestro país?

–Sospecho que la fragmentación (que me parece patente) que mencionas no se presenta tanto “en” los poetas como en lo que, de diferentes maneras, creen entender, intuir o practicar como “poesía”; no es raro encontrar en internet escritos –porque me quedo en la escritura, extenderme a los terrenos de la poesía visual, móvil o no, o ejercicios en los que diversos lenguajes se combinan para ofrecer experiencias donde también se involucran el sonido, los objetos materiales o la constatación de la inmediatez temporal, es algo fuera de mi alcance emocional– en los que se distinguen rasgos de desenfado léxico, distanciamiento de formalidades que se juzgan pasadas de moda, esquemas rítmicos que ensayan tonos de aparente novedad y nuevas expresiones para referentes antiguos. Así, lo que se tiene –me parece– es una selva de muy densa vegetación en la que entramos a machete y, por ello, corremos el riesgo de desestimar propuestas que se abandonan por impaciencia o encumbrar nimiedades sólo porque apreciamos en ellas un detalle único que puede mañana volverse irrelevante. Lo que sí es, en mi opinión, incontestable, es la jovialidad con que conviven todas estas expresiones que, de tan numerosas, me hacen sentir un lector más limitado de lo que creía antes y, por eso, menos autorizado a decir algo concluyente al respecto.

–¿El poeta cumple alguna función dentro de nuestras sociedades o culturas o estamos ya inmersos en una devaluación de esta idea?

–Temo que esa idea tiene décadas devaluada y, sin embargo, persiste como intuición en la enorme diversidad de lo que podría llamarse “poesía mexicana contemporánea” o actual. Con los cambios que hoy día afectan al “lector” como sujeto, concepto y fenómeno, podría decirse que el poeta –lo que se quiera entender por ello– no sólo carece de una función específica en la sociedad sino, incluso, de un lugar concreto. Bastaría asomarse a los motivos por los que actualmente las personas pueden acercarse a una lectura pública de poemas o la presentación de algún título; a pesar de ello, no se pierde la vitalidad, aunque creo que quizá es hoy de otra naturaleza, sumamente cambiante; es como si los intereses que mueven en el presente a quien escribe poesía fueran blancos móviles en los que cada vez es menos sencillo acertar un proyectil (la idea ya estaba en Rimbaud, lo sé, pero tal vez en estos días adquiere una concreción feroz que no deja de ser atrayente)…

–Un poco ligada a la pregunta anterior, ¿por qué escribir poesía o qué sentido existe –o tú encuentras− en ello?

–Caray, no sabría responder a eso con suficiencia. A veces siento que escribo porque respondo a estímulos que me impone la cotidianidad, pero también porque se trata de una práctica constante que hace años me impuse sin que eso significara preservar lo que produjera. Esta indecisión no me parece negativa pero tampoco sabría defenderla; lo que me queda claro es que si lo hago es porque, en buena medida, me brinda satisfacción, me divierte y no me veo haciendo muchas otras cosas fuera del trabajo que me dé para comer…

–Ante la actual tendencia o moda de la novela, a veces se ha mencionado a la poesía, principalmente, como un punto muerto (claro, desde el enfoque meramente comercial), que a final de cuentas afecta en la reducción de lectores que al parecer es educado para consumir un género, como si no pudieran atenderse al ensayo, al teatro o a la poesía… ¿cómo ves, en este contexto, a la poesía en el futuro, dentro de unos treinta o cincuenta años, en nuestro país?

–Estoy seguro que hacia adelante seguirá escribiéndose poesía. A pesar de lo que consignas (porque estoy de acuerdo contigo), a veces creo que hoy se escribe más que nunca antes, y a una velocidad que difícilmente permite a la crítica establecer clasificaciones o detectar constantes. Si hoy día se lee distinto, la escritura de poesía que vale la pena atestiguar es asimismo distinta a la del pasado; las referencias desatienden cada vez más las tradiciones dominantes de antaño y el lenguaje escoge nuevas vías para empobrecerse pero, a un tiempo, enriquecer el sentido con aquello que puede convocar a quienes leen en la actualidad…

–Cómo percibes la práctica actual de la escritura de poesía desde tu experiencia, en este mundo donde para un poeta sonorense le es más sencillo acceder a la lectura de sus contemporáneos, mientras que en los noventa, en la época preinternet, era casi imposible enterarse (y leer) de lo que se escribía en otras latitudes.

–Mi experiencia es, definitivamente, la de alguien que por haber nacido donde nací y por tener a mi alcance lo que pude, escribe de un modo determinado y que, siento, poco o nada puede hoy decirle a un lector joven. Hoy, todo es mucho más sencillo y vasto por lo que toca a tener acceso a lo que se produce hoy día en materia de escritura poética y, cuando fui joven, las dificultades marcaban a quien buscaba una contemporaneidad que, desde Sonora, siempre parecía distante; de este modo, en estos días cualquier poeta no se ve limitado por un soporte material para leer y estudiar la obra de tal o cual poeta y eso representa un enorme cambio, un gran beneficio. Pero, insisto, lo que ese desfase y otras limitaciones (viajar poco, no hacer vida académica a nivel profesional o estudiar idiomas, por ejemplo) produjeron en mí es una marcada (y creciente) incapacidad para acercarme debidamente a la poesía actual…

–¿Te consideras poeta sonorense o cómo te asumes, ya habiendo radicado en otras partes del país y conociendo otras experiencias y otros círculos literarios, sin mencionar que tu obra ha sido reconocida en varios certámenes nacionales que hacen un poco relativa la etiqueta de “sonorense” y te ubican en un panorama más amplio?

–Soy sonorense pero, como escritor, no sé qué tanto. Todo reconocimiento es relativo y, con el tiempo, inútil si lo que se hace es desconocido para quienes leen. Ya no vivo en Sonora y no me veo viviendo allá en el futuro, un distanciamiento que, inevitablemente, ha producido olvido. La verdad, sin que pretenda sonar trágico ni mucho menos (porque importa muy poco), es que a prácticamente nadie le interesa lo que yo hago, mis libros no son conocidos y tampoco accesibles. Tengo 45 años, esto es, no soy nada joven y tampoco tan viejo, pero mi trabajo no tiene lugar ni ha despertado interés; y es algo patente incluso a nivel nacional, no exagero (no soy al único que le pasa), en la actualidad tiene mucha mayor proyección en el país el trabajo (estupendo, por cierto) de poetas sonorenses más jóvenes, como Manuel Parra. En mis términos, la poesía hace tiempo que me mandó a la friendzone, pero no me daba cuenta, y el error es mío completamente…

–Hay casos (como el Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, Muerte sin fin de José Gorostiza o Piedra de sol de Octavio Paz) en el que se estudian preponderantemente ciertos textos por sobre otros trabajos poéticos; entonces, de tu producción poética publicada, ¿cuál es tu libro o poema preferido o al que te gustaría personalmente que la crítica se refiriera a él, si es que esto es posible dado el volumen de tu obra?

–Si fuera posible –aunque ya no lo es–, quizá libros como “Tonos de lo claro”, “La luz abandonada” y “Cuerpo en mi cuerpo”, merecieron una mejor distribución, es decir, hubiera querido fueran más accesibles; en ellos, creo, está mi esfuerzo (nada sobresaliente, claro) más concreto y definitivo, menos grandilocuente y más reposado. Quizá esos tres títulos expresan con menor nivel de desacierto lo que he buscado hacer. Con todo, esto es un poco ocioso porque no ocurrirá…

–¿Cuál es tu opinión sobre la poesía sonorense actual?

–Mi alejamiento condiciona mi respuesta, aclaro. Sin embargo, creo que a los nombres tutelares de Mosén, Alonso Vidal y Abigael Bohórquez (entre los muertos), o de Julio Ernesto Tánori, Miguel Manríquez, Laura Delia Quintero y Jorge Ochoa (entre los vivos), se suma hoy día el trabajo de Fidelia Caballero, Alejandro Ramírez, Iván Figueroa, Iván Camarena y, desde luego, Manuel Parra. Seguro me faltan nombres pero muy poco llega hasta mí de lo que se produce allá actualmente. Es probable que la brecha que separa a estos nombres del panorama nacional se diluya con el tiempo; ojalá, porque obras dignas de reconocimiento las hay.

–Por último, ¿podrías decirnos en qué libros trabajas actualmente?

–Nada concreto. Siempre más de un proyecto a la vez. Material inédito que repaso una y otra vez, siempre con descuido, además de ejercicios en prosa que pueden quedar “armados” como libro, aunque con escasas posibilidades de ver la luz. Todo esto, para mí, es cada vez más lento…

 

 

Esta entrevista fue producida como parte de una investigación del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (PECDA-FECAS) 2014-2015.

 

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