En el Reclusorio Oriente: ¿Qué es un bombón?

 

Carlos Sánchez

La rudeza es necesaria. Rueda el balón y no hay oportunidad para la gambeta, el drible. Ante el silbatazo del árbitro el tiempo es más que fugaz.

En el interior del Reclusorio Oriente, los presos no distinguen el día de la semana. Bien puede ser lunes o viernes. El deseo de patear un balón los arropa. Es su camisa de fuerza. La contención que les rige las mandíbulas. Apenas la señal de salida y ya el polvo se levanta en el corazón de la cancha.

No hay crédito para los lamentos. Si el rodillazo del rival alcanza las costillas, o el escupitajo descarado llena el rostro del contrincante, la vida sigue como si nadie supo, nadie vio.

La enseñanza de la rudeza que inició tal vez en la familia, se postergó en la calle y profesionalizó dentro de las celdas. Por eso ante el agravio nomás levantarse y sacudirse los brazos, limpiarse el rostro. Reclamar sería poncharse y entre cabrones eso significa traición.

El tiempo, ya lo dije, es más que fugaz. Los instantes son un pez que se resbala entre las manos. Por eso la mira siempre en el marco, buscar la red donde el balón se hospede es impostergable, por eso no hay margen para el reproche, el deseo del triunfo margina cualesquier pensamiento que no incluya la palabra gol.

El juego genera ganancias económicas. Se corre la voz en la oferta de gelatinas, pan recién horneado, chilaquiles de a diez con huevo incluido. Y es la cancha más que un ring para veintidós jugadores, un campo minado a punto de estallar. Una jauría que pretende hacerle el amor a una pelota dentro de un marco.

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Son las once de la mañana de ese viernes, preámbulo del sábado día de fiesta, del amor entre las casas de campañas elaboradas con cobijas, improvisadas como hoteles de paso. Y los internos que participan en un taller de literatura, entregan sus textos al maestro. El tema, con la intención de darle un descanso a la rutina del reclusorio, es la mujer.

Los ojos de una chica hablan. Describen el trayecto de las agresiones del novio, esposo, amante. No obstante su presencia es puntual en el reclusorio, para visitarlo a él. La voz de Alejandro comparte su creación con los integrantes del taller. La crítica es soterrada, y apunta en ella que durante el tiempo de visita, los internos (algunos) visten de carácter de urgencia la caricia, el coito. La palabra es la ausencia de cada semana. La carne siempre el trofeo anhelado. Similitud al deseo del gol.

Si es viernes debe ser especial. Lo del apellido social es un lugar común. Empero la orquesta marca su compás en el interior del auditorio, adónde los pasos ya de los alumnos del taller, se dirigen. Porque han concluido su actividad de dos horas en tres días, porque han terminado con producto de calidad el curso casi efímero, intensivo. Porque ya lo dijo uno de los involucrados por vez primera en las letras: desde ahora la vida es otra, desde ahora nunca más la apatía para la lectura.

Y celebrar ante la presentación de algunos grupos musicales, actores, declamadores, raperos, y pintores, internos del reclusorio, que muestran su oficio: recompensa espontánea. Y se disfruta.

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Una ventana entre los labios evidencia la ausencia del diente frontal superior. Por ahí se escapa la emoción hasta instalarse en los oídos de los presentes. Canta el moreno de estatura bajita. Baila en su mejor esfuerzo. Levanta el micrófono y el cable se enreda entre sus pasos.

Delirio. Versos de este bolero clásico convertido ahora en una salsa con toques de blues. Bailan los internos, el respetable que agradece y aplaude. En el umbral del proscenio quienes componen el jurado calificador es un estímulo para los concursantes. Y un deleite a la pupila de los internos todos.

Silban ante la presencia de las caderas de una dama convertida en juez. Cuchichean y de pronto se exaltan las frases. Puntuales oraciones que describen a la dama como la similitud de una vedette de los años sesenta, de esas de los cabarets del México nocturno que ya no es.

Tal vez el mejor premio para el mejor de la tarde sería un acostón con la mujer del jurado. Alucina, sueña, el interno aficionado cuyos ojos penden del listón de la tanga morada que abraza esa piel de espesa leche.

Más tarde se sabrá quién es el victorioso. Más tarde, luego de que haya participado el declamador que casi arrancará un pedazo del corazón a quienes lo escuchen, porque su poema hablará de un matricida, que purga una condena por cegar la vida de quien le dio el ser. Decir contrastes dentro de un reclusorio, es un pleonasmo.

Asfixia la multitud. La emoción en desenfreno es un rostro contenido. A punto de estallar.

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¿Ya se va? En el flanco izquierdo de un individuo ajeno a la cotidianidad del reclusorio, la voz es afable. ¿Ya se va? Insiste. De pronto desde un preso emerge un monólogo. Aquí, pues, aguantando. Taloneando, más bien. Dos pesitos para el pase de lista de la tarde. Porque luego si no lo paga uno le dan un bombón.

Bombón. El individuo ajeno a la cotidianeidad del reclusorio viaja a su infancia y rememora esos bombones en un tenedor, jugando con la lumbre para que el malvavisco se tatemara. Un bombón en el pase de lista, debe ser una balsa para remar contra el infierno, y antes de dormir, concluye.

Los pasos del recluso no cesan en la compañía de quien tal vez ya se va. La curiosidad es una bomba, y estalla: ¿Un bombón si no pasas lista?, inquiere. La respuesta viene: Un bombón es un madrazo en el rostro. Si no tienes esos dos pesos para pagar por la tarde el pase de lista, viene un guardia y te pide que infles los cachetes, luego te da un madrazo para desinflártelos. Ese es un bombón.

Elocuente. No hay más preguntas sobre la cicatriz en el labio, ni sobre el motivo de la herida dentro de la boca que a leguas se puede ver. Tampoco es necesario cuestionar el motivo de la derrota en la mirada. No obstante, antes de despedirse el ajeno a la cotidianeidad de la cárcel, escucha un poco más al preso, quien a manera de despedirse, apunta: Si usted tiene a alguien, ámela mucho, regálele una flor y un chocolate.

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El balón no perforó la red. Vendrá otra mañana dispuesta para el encuentro definitivo. No obstante, los chilaquiles con huevo, las gelatinas, encontraron su mercado. El árbitro esta vez no sufrió agresión. Los guardias quedaron tablas en sus apuestas.

Hubo varios ganadores en el concurso de arte, dentro del auditorio. Pero el premio no fue la alucinación de ese interno: una noche con la dama del jurado. Los ganadores obtuvieron de manos de las autoridades del penal, una placa a manera de reconocimiento. Y el placer del reflector. Lo bailado y lo cantado jamás tendrá un descanso en la memoria.

En la biblioteca se escribieron y describieron pasiones. La mujer fue el pretexto para varias horas de conversación. Y saber que la literatura existe.

Allá, en el dormitorio cuatro bis, esta noche, un interno dormirá sin el dolor que le pudo haber causado un bombón.

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