Olvidar

 

Josefa Isabel Rojas Molina

He afirmado que puedo pasar horas viendo llover; tantas veces lo he dicho que ya me lo creo, aunque la verdad nunca he tenido las horas disponibles para hacerlo, o si las he llegado a tener, la lluvia es efímera, breve, circunspecta, así que hasta ahora no han coincidido mis horas y la duración del fenómeno meteorológico ¿fenómeno, meteoro?  Aquí estoy ahora, viendo caer la lluvia interminable… A ver: ¿si no cae no es lluvia? La caída del agua es parte de su definición, claro…  ¿y la lluvia de balas, no es ésta horizontal?,  ¿se puede caer horizontalmente? Dejémoslo así. La lluvia ¿interminable?… las palabras con sus bofetadas a veces tan tiernas.

Allá está el cadáver.

Miro sin cansancio (incansablemente) el agua que se derrumba y derrama (ni se derrumba ni se derrama, ¿se vuelca?) y quiero no seguir con la diatriba metalingüística que me ronda como sombra, el charco donde siempre piso, qué hacer. Las gotas caen sobre el cadáver (caen sobre el caído), parecen solícitas criaturas acariciando con liquidez la yaciente carne. Oigo la profusión del agua sobre el techo y deseo pensar en insectos bailando sobre el metal, siguiendo la melodía acuosa, el regocijo mortal. El cadáver se baña o es bañado y siento que veo una fotografía antigua y enigmática, incolora, relavada. Imagino las nubes, creadoras laboriosas de las minúsculas porciones de humedad.

La luz, con placidez de arroyo lento cae y difumina  el cuerpo que ahora luce cual ruina pletórica de agua; que rezuma lluvia, agregaría, si otro fuera el momento y si la puerta no se abriera con violencia, atrayéndome a la distracción del diálogo.

– ¿Quihúbo, qué haces? -Preguntas, sin notar mi sobresalto.

– Viendo… (… llover, te diría, pero me interrumpes y mascullas, farfullas, no sé cómo haces para gritar tan apagadamente; no cualquiera, me digo, casi a  punto de envidiarte).

-¡Qué chingada peste!

-¿Peste? Pregunto, incrédula a medias porque ya el aroma fétido me envuelve y me convierte en crédula y creyente (credencial y crepitante). El tremendo hedor premonitorio y dulce, amargo,  melancólico y ácido de la descomposición inunda mi cuerpo y me hace bailar en una arcada repentina, la boca se me llena de gotas que no caen, ni lavan las calles, ni mojan los árboles; la boca no me llueve, pues, solo se inunda de agua.

– ¡El solazo cabrón y ese perro  en plena banqueta! ¿Que no hay quien haga algo?, ¡carajo, no se soporta! ¿Qué no tienes nariz? – No esperas respuesta a tal pregunta retórica; te veo buscar, encontrar una pala, guantes y salir, a hacer algo, a deshacerte de, a ocultar tal, a practicar lo evidente, porque no sabes que.

Yo ya había hecho la lluvia y la veía caer.

Rodar.

Correr.

Para borrar la pestilencia, eliminar el animal muerto, crear un cadáver bendecido por el agua. Olvidar.

(Por lo menos siete verbos sin conjugar; según definición, eso es el olvido)

 

Dulce

Estás sentado frente a mí. (Pude haber dicho: estoy sentada frente a ti. Pude, tal vez, iniciar diciendo: sentados frente a frente…
Escribir es decidir, no cabe duda. Muchas otras actividades menos lúdicas también lo son. Otras menos desgastantes también. Algunas menos solitarias igual. Siempre hay que elegir)

Hay un libro sobre la mesa, y una taza con café muy caliente –esto lo sé porque vi cuando lo sirvieron-, el libro es de poemas –y lo sé porque acabo de regalártelo- el libro y la taza están abiertos, esperan por ti… ahora te inclinas y lees con el rostro empecinado que pones cuando quitas los velos que cubren las palabras escondidas tras los signos, haces que los significados floten hacia ti como suspendido se dirige hacia tu boca el vapor del café.

Levantas la taza y das un esbelto trago, volteas sorprendido a mirarme como si yo supiera qué es lo que esa porción líquida te dio y sonriendo dices: no tiene azúcar. Ahora te veo endulzando tu café, con delicadeza haces girar la cuchara que apenas se ve, envuelta como está con tu mano grande. Dejas el café tranquilizándose después del remolino que le regalaste y vuelves a la lectura.

Yo, como tú sabes, miro pasar las palomas, los niños, el aire.

Yo, como sé yo, te miro a escondidillas y saboreo cada fragmento endulzado de tu cuerpo, de tus movimientos.

Pasas la página, tu expresión parece ser de desconcierto, lees lo que calculo son tres versos más, tomas la taza de café y das un trago que me parece largo y muy caliente. Y dulce.

Dejas la taza, cierras el libro, e inclinándote hacia mí pones en mi boca las palabras. Usas tu boca con sabor a café para depositarlas, son como esos poemas calientitos que acabas de leer.

 

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