Siempre trato de que la gran pasión de mi vida, que es la literatura, el conocimiento, la filosofía, estén presentes en lo que escribo

 

 

Carlos Sánchez

Periodista, editor. José Luis Martínez S. es autor de la columna ícono El santo oficio, que publica semanalmente en Milenio, y la cual reseña acontecimientos fundamentales del arte, el periodismo, la filosofía, la vida.

José Luis es también autor de los libros La vieja guardia; El santo oficio; y El día que cambió la noche. Las tres publicaciones tienen como punto de partida el ejercicio del periodismo.

Hace unos días José Luis Martínez visitó Hermosillo, acudió al Encuentro Hispanoamericano de Escritores Horas de Junio, allí presentó su más reciente publicación, luego anduvo la cárcel de mujeres, donde fue testigo, al lado de Elva Macías, la poeta chiapaneca, del ejercicio de escritura que desarrollan las internas.

Sobre periodismo, escritura, edición, conversamos:

–José Luis, El día que cambió la noche es un libro que tenías guardado en la memoria. ¿Qué es lo que te lleva a decidir a empezar la escritura de este libro?

–No sé realmente cuál haya sido el detonante. Sé que tenía, durante mucho tiempo, la necesidad de escribir algo sobre la ciudad de México que conocí, la ciudad luminosa que se oscureció súbitamente con la tragedia de septiembre de 1985, con los sismos, y tenía la estructura, tenía las historias, tenía los recuerdos, lo que no tenía era ni el tono ni el comienzo. Es decir, en qué tono lo iba a narrar, si iba a recurrir solamente a la nostalgia, si lo iba a narrar en segunda o tercera persona, casi nunca utilizo la primera, y si podría ser a través de un narrador y volverlo una especie de novela, si tenía que ser una crónica, todo eso me llevó mucho tiempo, no es que estuviera pensando siempre en ello, pero era un problema.

Una vez en Monterrey, yo iba a leer un texto que llevaba preparado, y a la hora de sentarme a la computadora para abrirlo y comenzar a corregirlo, se me ocurrió esa primera frase: el día que cambió la noche. Yo siempre pienso mis textos con el título, si no tengo el título soy hombre al agua, no puedo seguir avanzando. Una vez que lo escribí, encontré todo: cómo tenía que fluir la narración, tenía que ser una narración en primera persona, porque yo fui el protagonista de ese tiempo, de esas historias, y lo demás era acomodar las historias. Quise que fueran viñetas breves, crónicas muy pequeñas, no quería que fuera un libro voluminoso, de hecho salió un poco más amplio de lo que lo había pensado, y saber que una ciudad se hace de memorias, de recuerdos propios y ajenos. Es decir, si bien yo guardo recuerdos del tiempo que me tocó vivir en la ciudad de México, de experiencias propias, también guardo los recuerdos de una enorme cantidad  de años que yo no viví, pero que escuché a través de la gente que sí vivió. Por ejemplo, cuando Acerina me habla del Salón México al que él llegó en 1937, y me recrea cómo era la atmósfera en ese lugar legendario, y cómo se exigía que los bailarines fueran primero a la academia, antes de atreverse a bailar en un salón. O cuando Luis Alcoriza me habla de la ciudad de México que conoce en los años 40 cuando llega exiliado, en los años de la segunda guerra mundial, con su familia, después de haber pasado por Argentina, y cómo empieza a involucrarse en lo que se denominó la época del cine de oro mexicano, su relación con Luis Buñuel, el Indio Fernández, con Gavaldón, con María Félix, con todos esos grandes personajes. O cuando Vicente Otea Colunga me cuenta de sus noches en la ciudad de México, del alemanismo con cabarets como El circo, El patio, como tantos otros donde había grandes estrellas y la gran sociedad se nutría con la presencia de la nobleza europea, la aristocracia que llegaba huyendo de la guerra. Omar Gozú me narra cómo fueron los orígenes de lo que se volvió el Teatro Blanquita. Todos esos recuerdos también son míos, porque me los apropio a través de lo que ellos me cuentan.

Todas esas historias tienen una característica, las conocí en el periodo que narro, de 1980 a 1985. Son producto de entrevistas, de reportajes y desde luego mi vagancia por los cabarets, los bares, los cines, los teatros, todos los personajes que fui conociendo y se va hilvanando una crónica de la vida nocturna en la ciudad de México. Entonces, sintetizando: lo más difícil fue encontrar un título y un tono. Una vez que encontré eso, lo demás se fue dando con cierta facilidad.

–¿Cuál fue tu reacción emocional cuando viste el derrumbe de la ciudad?

–Lo he contado en varias ocasiones: fue como cuando tú te despides de un amigo al que ves bien y le dices al rato nos vemos, y a los quince o veinte minutos te dicen fulanito de tal ya se murió. Cómo, si lo acabo de ver, estaba bien. Es exactamente lo mismo.

Había tenido una larga parranda en la noche de la ciudad de México, el día dieciocho, la madrugada del diecinueve, llegué a mi casa casi a las seis de la mañana, y cuando regresé a las diez a la calle, la ciudad se había derrumbado, fue un shock tremendo, fue un enorme dolor ver destruidos los escenarios de mi juventud, de  mi niñez, de mi adolescencia. Y me dediqué a caminar mucho ese día, negándome a escribir una crónica de la tragedia. Nunca tuve la decisión, el valor, el empuje, las agallas de decir: voy a escribir sobre esto. Y había demasiado, además que lo hacían. Y lo hicieron muy bien. Yo atestigüé eso pero preferí, así como a las personas, recordar esa ciudad en mejores momentos: mucho más alegre, más iluminada, más divertida, no la ciudad a oscuras llena de lamentos, de llanto y de tristeza.

–Teniendo el bagaje de la escritura que da el periodismo, ¿por qué no has publicado más libros?

–Por una simple y sencilla razón, y te pongo otro símil: es como cuando vives con alguien extremadamente celoso, y que te permite relacionarte muy poco con otras personas. La edición, como yo la asumo, es sumamente demandante. Mi trabajo como editor me ha absorbido casi toda la vida. Imaginar una publicación, solicitar textos, corregir, atender los problemas en el diseño, y aparte de todo, las cuestiones administrativas que implica una edición, el pago de colaboradores, vacaciones con personal a tu cargo, la administración del tiempo, todo eso me ha absorbido. Y por otra parte, soy lento para escribir. Cuando fui reportero llegué a tener mucha rapidez, escribir una nota informativa no me cuesta ningún trabajo, sin embargo tanto en mi columna como en lo que publico, incluidas las entrevistas, trato, no sé si se logre, de responder a las exigencias que yo mismo pido y reclamo como editor, es decir una escritura lo más limpia posible, tratar de huir de la sensiblería, lugares comunes, de los tópicos que muchas veces se atraviesan, cuido esa parte, lo someto a lecturas ajenas, y esto me consume gran parte del tiempo. Para mí una columna periodística no es un trabajo de cinco o seis horas de escritura, es un trabajo de muchos días de búsqueda de temas y de lecturas de libros. Por ejemplo, quiero escribir algo sobre la política mexicana, sobre las elecciones, en este momento, pero estoy leyendo un libro de ensayos maravillosos de un físico que se llama La búsqueda de la luz, que es una biografía de la luz, entonces, cómo hago para que esa biografía de la luz, es decir, qué cosa es la luz y cómo ha sido importante la luz en la vida, pueda relacionarla con la política mexicana. Tú dirás, es imposible. Y no, no es imposible, es encontrar el eslabón que los une. Y a veces busco muchas cosas de filosofía, de ciencia, de narrativa que me permiten ir más allá del contenido textual y aplicarlo a lo que sucede a mi alrededor, es un ejercicio quizá gratuito o extraño, pero si no me alimento de mis lecturas, y si no me determino a ciertas exigencias, prefiero no escribir, para mí al escritura es un placer, pero no es un juego, no me divierto escribiendo, no trato de ser chistoso, no trato de complacer a la audiencia, me gusta que me lean, por supuesto, pero sobre todo busco complacerme a mí, que ningún texto me haga sentir avergonzado, ninguno te hace sentir satisfecho, es muy extraño, pero de ninguno me avergüenzo. Y siempre trato de que la gran pasión de mi vida, que es la literatura, el conocimiento, la filosofía, estén presentes en lo que escribo, aunque sea en una línea, no importa, y sobre todo si es una línea que nadie advierte, que esa sea una seña particular, es decir, solo para mí.

Por otra parte, no soy un creador, soy un periodista, incluso el ensayo me cuesta trabajo. Básicamente yo hago periodismo, un tipo de periodismo ensayístico, si tú quieres, pero periodismo.

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