La felicidad de los algodones de azúcar

 

Dulce polución (2011), óleo sobre madera de Diana Carolina López López, 60×60 cm.

Bitácora de su ausencia

Juan José Flores Nava

Hija, hace unos días conocí a una mujer que trabaja entre algodones de azúcar. Ella, como los algodones, es frágil y dulce. Y también, como los algodones, ha llegado a ser lo que es de la misma manera delicada, paciente y cuidadosa con que se van hilando —en las ferias, en los parques, en las plazas— aquellas nubes de colores. Ella se llama Caro. Y es pintora.

Las nubes rosadas con las que cohabita Caro viven en su estudio. Las primeras, y más lindas, nacieron de su mano, sobre un lienzo. Las más colosales fueron invitadas y optaron por quedarse día y noche. Cuando pasas cerca de ellas, sobre el muro en el que provocan que el tiempo suceda, parecen acariciar los recuerdos, poner en paz la memoria.

Tal vez por eso Caro me contó del miedo que la jaloneaba cuando optó por ser pintora. ¿Y su carrera de diseño gráfico? ¿Y su negocio de bisutería? ¿De qué viviría al hacer a un lado eso para lo que había estudiado, eso que le dejaba algunas ganancias? Todo a su alrededor se encargaba de repetirle: ¿Pintora? ¿De verdad, Caro, quieres ser pintora? Sí, pintora.

Esta clase de decisiones que uno debe tomar —o que nos toman por el cuello, pequeña mía, tarde o temprano— nos son sencillas. No sólo requieren valor, sino silencio. Ese silencio que sólo se gana cerrando los ojos porque, como dice Caro, a veces es ésta —cerrar los ojos— la única manera de poder ver, la única posibilidad de conocernos mejor. El valor y el silencio son, pues, indispensables para ganarse la libertad interna, dice ella, y deshacernos de los invisibles límites que nos imponemos o que aceptamos que nos impongan. Cuando permitimos que esos límites impuestos perduren, hija, no podemos desarrollar todas nuestras capacidades, mucho menos vivir en una plenitud absoluta. Nos borramos.

¿Te acuerdas de Tomás, el personaje principal de El libro de todas las cosas, que leímos capítulo a capítulo, día a día, por teléfono? ¿Te acuerdas que un día le preguntan a Tomás, de nueve años, qué le gustaría ser de grande? ¿Qué responde Tomás?: “Feliz. Quisiera ser feliz.” ¡A los dos nos parecieron extraordinarias las palabras de Tomás, ¿no?! Pero el severo, violento y cristiano padre de Tomás no estaba de acuerdo. Le dijo: “Responde como es debido, Tomás. ¿Qué te gustaría ser de grande?” Sin embargo, de verdad, él sólo deseaba ser feliz, y nada más. Así que por más que buscó en su cerebro una respuesta como se debe, no encontró nada. “Sólo los zánganos y los flojos son felices —le dijo el papá—. La vida es una lucha.”

Pues bien, tampoco Caro la tuvo sencilla. Pero cuando por fin se atrevió y optó por ser ella misma y no lo que los demás querían que fuera, empezó a vivir en una plenitud absoluta (lo que no significa, desde luego, libre de penurias económicas). Como deseaba Tomás para sí mismo al crecer, Caro empezó a ser feliz. Y nada más.

Es importante anotar que la felicidad que Caro encuentra en ser pintora (o la que Tomás deseaba para sí cuando él mismo fuera grande) no es aquella que vemos por doquier en anuncios, escaparates, programas de televisión, películas y que escuchamos en conversaciones cotidianas. Es decir, no es esa felicidad tonta, perversa incluso, que se supone que trae consigo la riqueza, el bienestar, la belleza corporal o la comodidad. No. Al contario. Es esa felicidad que, como dice el escritor Pascal Bruckner en un librito que me encontré el otro día y que se llama La euforia perpetua, está conformada por la idea más bella que existe: “La posibilidad concedida a cada cual de ser dueño de su destino y de mejorar su existencia.”

Hay quienes muy pronto se apoderan de esta posibilidad. Pero hay otros que tardan más tiempo o que se niegan incluso a reconocerla, a aceptarla. Los peores son aquellos que prefieren ver la vida igual que el papá de Tomás: como una lucha, una confrontación, una batalla, una pelea en la que el ganador, el exitoso, el más feliz es aquel que ha pisoteado, aplastado, humillado, maltratado y anulado a otros para llegar, sí, a la cima del éxito (profesional, amoroso, corporal, económico, banal).

Es imposibles saber ahora, pequeña mía, cuál será el sendero por el que tus emociones y pensamientos abrirán su propia brecha; es imposible conocer con certeza cómo será esa ruta que tu mundo interior que a diario enriqueces —la mayor parte del tiempo, quizás, sin que lo notes— irá trazando. Lo mejor es que no pienses ahora en ello. Y que, como Tomás, sólo desees ser feliz. Sólo desees y nada más.

Hoy Caro se dedica a pintar y a dar clases. Lo hace desde su hermoso estudio en el centro de la ciudad de Querétaro. Sus cuadros son minuciosos. Mientras los hace, va armonizando sus obsesiones y sus virtudes con los óleos y los pinceles. Es un proceso muy lento que la sumerge en la obra de tal forma que, llegado el tiempo, ya no hay distinción entre la pieza que crea y ella misma. Por eso, ella es como los algodones de azúcar que ha pintado, pero los algodones de azúcar que ha pintado también son como ella. Frágiles. Dulces.

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