Una brillante saga napolitana o Me niego a leer el cuarto libro de Elena Ferrante

 

 

Sylvia Aguilar Zéleny

Yo creo que en los últimos años desde el fenómeno JK Rowling, autora de Harry Potter, ninguna otra autora había causado tal revuelo como lo ha hecho la misteriosa Elena Ferrante. Y no es para menos, Ferrante ha construido  una saga que resuena en la memoria y la inteligencia emocional de cualquier lector.

La llamada saga napolitana consta de cuatro novelas: La amiga estupenda,  Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida, en ellas Ferrante construye la vida de Lila y Lenú, dos niñas, dos jovencitas, dos mujeres, dos amigas que crecen en la agreste Italia pero que, hay que decirlo, bien pudieron haber crecido en cualquier barrio de México, Centro o Sudamérica; y es que Ferrante nos lleva, a través de la visión de estos dos personajes, por una línea que delata travesuras, aventuras, noviazgos, duelos, matrimonios y separaciones.

La historia comienza en 2010, cuando Rino, hijo de Lila, llama a Lenú para decir que su madre, de sesenta y seis años, ha desaparecido. Lenú, es una consumada escritora y, tras esta noticia, vuelve la mirada hacia el pasado y hace un recuento sobre esa vida que ella y su amiga recorrieron juntas o pesar de sí mismas. Lenú y Lila, las niñas que una vez pincharon sus dedos para unirse través de la sangre, son el eje de estas novelas:

Teníamos entonces doce años, y caminamos mucho rato por las calles ardientes del barrio, entre el polvo y las moscas que dejaban a su paso los viejos camiones, como dos viejecitas que hacen balance de sus vidas llenas de desilusiones, bien agarraditas del brazo. Nadie nos entendía, pensaba yo, solamente nosotras dos nos entendíamos.

No, esta no es la simple historia de dos amigas que nacen, crecen y se reproducen, no: esta, además, es la historia de una ciudad, de una sociedad, de un tiempo y de un espacio que el lector habrá de reconocer como suyo. Ferrante narra con una honestidad y visceralidad increíbles, su escritura es atrevida en tanto se interna en la tosca violencia del barrio, del pueblo, de la provincia, sus personajes pierden control sobre la (su) realidad y son atraídos (o tal vez debería decir arrastrados) en misiones alucinantes con el deseo de salir adelante y dejar el pasado atrás.

Pero el pasado no se puede dejar atrás, eso lo sabe la narradora y lo sabe Ferrante y lo sabe el lector: el pasado está aquí, convivimos con él día con día, lesiona, traiciona, subsiste nos hace mediocres porque, como dice Elena: “Tal vez estamos cortados por el mismo patrón, tal vez estamos realmente condenados sin culpa a la misma e idéntica mediocridad”.

Llegué a Elena Ferrante por recomendación de una amiga, me dijo: “te va a gustar, es nuestro tipo de escritora.” Nuestro tipo de escritora, de mi amiga y mío, es aquella como Elena Ferrante, capaz de sacudirte y hacerte cuestionar tu vida, aquella capaz de llevarte por los oscuros pasillos de la más normal vida. Sí, los libros de Ferrante son sobre la más normal vida, porque la más normal vida no está exenta de violencia y abandono.

Comencé el primer libro y en menos de un mes ya estaba terminando el segundo. Vino el tercero, que me prometí leer solo en fines de semana para extender su goce. Después hice pausa y leí otras novelas de ella, previas a la saga, publicadas juntas bajo el título de Crónicas del Desamor; también leí Frantumaglia que se compone de más de veinte años de ensayos, cartas y entrevistas.

Heme ahora aquí, incapaz de acercarme al cuarto libro (que compré hace más de un año), porque leerlo, leerlo significaría acabar, leerlo significaría que la saga ha terminado, leerlo significaría que yo, tampoco, puedo escapar de mi pasado y estoy condenada a la misma mediocridad.

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