La poesía de Habitación Zoo supera la “restauración vernácula”

 

Carlos Iván Córdova, Habitación Zoo, La Paz, Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2016, pp. 73.

 

Por Hugo Medina

 

Carlos Iván Córdova (Hermosillo, Sonora, 982) es uno de los escritores que desde 2011, cuando obtuvo el premio del Concurso del Libro Sonorense en el género de poesía por Ánimas mínimas, ha tenido una ascensión meteórica, valga aquí el oxímoron. También fue acreedor, en dramaturgia, de la beca otorgada por la Fundación para las Letras Mexicanas, género en el cual ha descollado a nivel nacional. En 2016, ganó, de nueva cuenta, el codiciado y renovado Concurso del Libro Sonorense en el género de poesía, con su Pastel borrante, de próxima edición. El poemario Habitación Zoo fue merecedor del Premio Regional de Poesía Ciudad de La Paz en el 2014.

Si bien es cierto que la dominante actual en la poesía mexicana de los últimos años es la preminencia del coloquialismo en pos de un habla más cotidiana y natural, despojada de solemnidades, por sobre la retórica fundada en la imagen poética y en el papel central de la metáfora, la poesía de Iván Córdova oscila sabiamente entre estos dos polos y, al final de cuentas, parece decantarse más por la sentencia filosófica y el diálogo teatral, puesto que su ojo, educado en las sutilezas simbólicas de la dramaturgia, sabe depurar el elemento lírico para entregarlo de forma certera al lector.

Evodio Escalante, en Poetas de una generación (1950-1959), identifica cinco modos o códigos retóricos para entender la poesía contemporánea, aunque, obviamente, de forma superficial, a saber: radicalismo experimental, conformación modélica, lirismo emotivo e intelectual, cotidianidad prosaica y restauración vernácula (subdividida en regionalismo y etnicidad).

La poesía de Habitación Zoo supera la “restauración vernácula”, ese tufo de modismos folclóricos del habla sonorense reproducidos cansinamente por la lírica regional de décadas pasadas, y se decanta por el “lirismo intelectual” y la “cotidianidad prosaica” a lo largo de los tres periodos (o actos) que lo conforman: “Falsas postales de Maurice Maeterlinck”, “Errada genealogía de animales sin sueño” y “La sal del insomnio”.

La primera parte, homenaje al dramaturgo belga, está conformada por pequeños poemas en prosa cuya disposición tipográfica reproduce la forma de las postales. En ellos damos cuenta de un paisaje desolado, de una voz poética confrontada con reflexiones acerca de la condición humana, motivo que a lo largo del poemario derivará en cierto tono existencialista. No hay en estos versos, pues, alambiques líricos o ripios románticos; eso sí, belleza forjada con los metales filosóficos del yo interior exiliado en la soledad del paria, tal como lo anuncia con sus palabras iniciales:

 

He visitado la frontera de cuyo país es su propia frontera. Toda ausencia puede estirarse hasta —casi— tocar la muerte.

 

El poema 3 es el ejemplo perfecto de la combinación de estilo coloquial y el trabajo con las figuras retóricas: la voz poética va del aforismo (“Los secretos del amor están en el corazón de los desconocidos”) a la imagen poética (“El cielo perfuma el aire con su desnudez aséptica”). En la número 7, en un alarde villaurrutiano, Córdova captura con envidiable economía de recursos expresivos la  voluptuosidad de las pulsiones nocturnas del cuerpo y del cosmos:

Las huestes de los aires gimen en las regiones celestes, mientras tu cuerpo, en la mitad de tu cama, entibia las cobijas y empapado de la noche entera, un terrón se desmorona en mi cuchara.

Si bien en el poemario el lenguaje coloquial es ostentado como medio para transmitirnos la desazón de la vida cotidiana experimentada por un Maurice Maeterlinck reflexivo (postal 5: “Nací el día más nublado de agosto, en la ciudad de Ghent”; postal 6: “Hago lectura mientras espero a los vagones”; postal 7: “Cuando cae la nieve me siento junto a la ventana. Sorbo la infusión sin tocar la boca del vaso desechable”), también propicia que la irrupción de la imagen poética, nunca desbordada, nos deje aún más maravillados con los hallazgos que realiza la voz lírica:

Hundo mis dedos en la sangre y pierdo toda geografía del aire. Mi mano se vacía de su nombre, de la memoria de un pubis desconocido. Estamos solos: nadie puede asomar la cabeza a las ventanas y vernos doblando el alma de origami. Mis sueños son pequeños apagones.

La imagen poética, autocontenida en las ecuánimes expresiones de la voz, son, también, fundamentales para entender el tono pesimista y casi nihilista del poemario: “Estamos parados en medio de la ceguera”; “el reloj es lo único que en mí late” o el mantra sartreano “la pulpa de mi carne es una boca en medio de la nada”. Dificultad de la expresividad, límite de toda meditación escéptica: “La palabra imposible floreció dentro de mis huesos como florecen los geranios en el cuerpo incorruptible de la lluvia”. ¿Todo es un sueño de Maeterlinck o de su doble siniestro, Claude Eatherly? Horror vacui:

He despertado para firmar una postal y escribir una carta póstuma: una última voluntad de hacer —si hubiere otra vida— un tragaluz en la conciencia.

En la segunda parte, “Errada genealogía de animales sin sueño”, el tono se aligera:

No quiero gangbang.

Sus piernas, aunque hermosas,

no son ergonómicas para mí.

La ironía, la mirada agridulce, se hace más patente entre los poemas que conforman este segundo acto: la voz poética se reprocha el no tener una tarjeta de crédito; el intendente de un zoológico ha sido liquidado tras diez años de trabajo, a través de los cuales ha descubierto la envidia que siente por el “cinismo de los animales”; presenciamos la patética vida de Claude Eatherly, perseguido por los fantasmas atómicos de Hiroshima hasta el mismo manicomio. El tono irónico alcanza su punto álgido con el deprimente y divertido “El país de las maravillas”:

—¿Qué se siente ser un fantasma?

Preguntó el niño al espíritu.

Después de pensar largo tiempo,

el trasgo por fin encontró las palabras

precisas

y ofreció la respuesta:

—Es como ser escritor,        pero en un país

donde nadie lee.

 En la tercera y última parte, “La sal del insomnio”, un poema dialogado entre “el otro” y “el hombre mayor” (acaso, de nuevo, Maurice Maeterlinck) tiene lugar; las acotaciones también son parte del poema:

El hombre mayor, recostado

sobre la tibieza de su peso, despierta como

siempre:

en un efímero estado de inocencia.

Sin elevar los párpados,

tañe las cobijas con sus puños,

y es como si empezara a desaparecer dentro de

sí mismo.

Al final, el poemario de Córdova cede abiertamente, en los vertiginosos diálogos del último acto, a la desesperanza y a la consternación de contemplar el vacío en la soledad:

No es la ausencia si no la huella

lo que empaña la superficie.

La ausencia es el horror de la visibilidad

de un costado transparente,

expongo mis vísceras limpias y sin usarse.

Y más adelante, después de negar la complejidad de la vida, aduce:

El otro

(…) Observaba la sombra de los árboles

donde se dibujaba la forma de un deseo

deshojado.

(…)

El hombre mayor

Antes esperaba el remitente de algún

paraíso.

Nada queda después de esperar, salvo el

sueño (…)

¿Todo es parte de un sueño o de un delirio en insomnio? ¿El mundo es un vacío, una proyección que deja de tener materialidad al ser despojada de la mirada propia, de la emoción humana? El mundo se diluye al despuntar el sol, como el Primero sueño, pero este ha sido un insomnio antiaristotélico, un no dormir ante la angustia de un escepticismo absurdo, a lo Samuel Becket o emparentado, también, a Los hombres del alba de Efraín Huerta:

La luz entra por la ventana

e ilumina el suelo sin calentarlo.

Una falsa percepción: fantasmagoría. Sin embargo, para mí, la voz poética, en la postal 16, ha sintetizado toda esta poética coloquial-mística-filosófica en el dios nietzscheano, pero lejos de estar muerto, parece haber creado al ser humano para abandonarlo en un escenario contradictorio, sin sentido vital; igual de ilusorio que ese sol que no calienta, es un Dios que se aleja en forma de nube, a lo Antiguo Testamento. Aunque estoy seguro que para usted, exquisito lector, otros versos, otras estrofas, otros poemas serán el resumen simbólico perfecto. La economía expresiva, su limpidez, la autocontención del capital lírico del verso, la renuncia al cliché romántico y el preciso balance entre coloquialismo e imágenes poéticas inusitadas, dan como resultado un poemario que oscila entre el aforismo a lo Emile Cioran y el delirio nocturno villaurrutiano, lo que hace de Habitación Zoo un libro maduro, clave para entender la presente poesía de nuestro país, y constata que Iván Córdova es una de las voces más poderosas de la literatura mexicana actual:

Dios dibuja bosques cincelando poderosamente sobre el silencio de la miel. Donde no hay raíz o pared, en la tierra suelta y suspendida, sobre el polvo indestructible, Él ha dibujado la montaña. Su Nombre es instrumento que punza la negrura de los golfos. En mi boca, dibuja una raya convertida en umbral. Entre aviones vacíos, bajo la estrella mineral que nos transita, destellan traslaciones trituradas por hélices y turbinas. Dios se retira de nosotros como una nube, su trayecto desprendido es el amanecer de las avispas.

 

 

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