El amor es el sentimiento más peligroso y más agradecido

Sara Búho y Lena Carrilero. (Foto: Edith Cota)

 

Juan José Flores Nava

Hablar de amores nunca es fácil. Sara y Lena, sin embargo, lo hacen con toda mesura: sonríen, se interrumpen, explican, se divierten. El amor es algo que te saca de ti mismo, dice Lena, pero que, al mismo tiempo, te mantiene más que nunca dentro de ti mismo. Es el sentimiento más peligros y más agradecido, remata.

Todo depende de la manera en que lo enfocas, dice ahora Sara, la forma en que lo gestionas. Porque, en efecto, se aprende a gestionar el amor. Aunque suena muy frío, insiste Sara con tono jurisprudencial, el amor es peligroso si no lo gestionas bien, pero maravilloso si sabes gestionarlo.

Lena tiene todavía 22 años, nació en 1994, en Córdoba, España. Sara nació en 1991, en Cádiz, en la pequeña ciudad de La Línea de la Concepción, al sureste de la península ibérica, en la frontera con Gibraltar. Lena es morena y su voz (si no está cantando) resuena como un grave tambor. Así de sólida. Sara juega de ida y vuelta, al hablar, con sus largas y finas trenzas castañas que parecen una extensión de su mirada clara y enorme.

Ambas han viajado a nuestro país para participar en el Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de México 2017 (del 29 de junio al 2 de julio), que organizan Círculo de Poesía y la editorial Valparaíso, con el apoyo de la Secretaría de Cultura de la capital e ISSSTE Cultura. Y cada una, Lena Carrilero y Sara Búho, trae consigo un libro recién editado por Valparaíso: Amores cronofóbicos, se intitula el poemario de la primera, y La ataraxia del corazón, el de la segunda. Es en los versos que marcan las páginas de ambos volúmenes, en donde una y otra han aprendido a confrontarse con el amor.

—Tengo una especie de fobia al paso del tiempo —le cuenta Lena Carrilero a Mamborock—. Me preocupa mucho que el tiempo pase, que las cosas buenas pasen. Estos Amores cronofóbicos hablan de las etapas que sufrimos con el recuerdo. En este libro no busco involucrar a la persona amada dentro de los poemas, sino que tratan de lo que sentimos con el recuerdo cuando esa persona amada se va. Hablo de cómo vamos transformando ese recuerdo, cómo se va alejando y cómo, efectivamente, lo acabamos convirtiendo en una cosa que ya no es. En Amores cronofóbicos está el proceso que sufrimos con el recuerdo; el darnos cuenta de que no podemos apresar aquello que recordamos y que queremos que siga vivo. Soy muy joven. Y tengo ese miedo al paso del tiempo. Porque todo lo que sucede se va diluyendo con el transcurrir de los días.

La ataraxia del corazón —nos dice, por su parte, Sara— habla de un momento en el que vives las relaciones amorosas con muchísima intensidad. Son poemas que escribí cuando tenía entre 20 y 22 años y en ellos hago un recorrido desde esa intensidad amorosa muchas veces tóxica, muchas veces muy posesiva, hasta el crecimiento personal en que esa toxicidad y esa posesión se diluyen en el tiempo, como dice Lena. Entonces vas aprendiendo a tener una relación más saludable y aprendes a querer bien, no mucho ni poco, sino a amar bien. La ataraxia… es, pues, ese recorrido del amor mal hecho hasta el amor bien hecho.

—Es el postAmores cronofóbicos —interrumpe Lena, divertida.

—Sí, es la segunda parte —confirma Sara carcajeándose.

Aprovecho, entonces, este alegre momento para confesarles a Lena y a Sara la mala fortuna que he tenido con relación a la poesía escrita por mujeres. Les digo (con un gesto de fatiga o de hartazgo) que una y otra vez me topo con una poesía que sólo habla del hombre amado, de cómo ellos las aman y de cómo ellas los aman a ellos. Y les pregunto que si acaso la poesía escrita por mujeres no tiene otros temas (y recuerdo, pero no digo nombres, la riqueza y sensibilidad profundas de autoras como Rosario Castellanos, como Alejandra Pizarnik, como Silvia Plath).

—Al ser, Lena y yo, autores jóvenes publicando libros de poesía —dice Sara—, el asunto amoroso tiene que verse reflejado de algún modo. Porque el amor y el desamor están muy presentes en la vida de los jóvenes. Es la etapa en la que más aprendes a querer… Y con más inocencia. Por eso se quiere peor. Conforme vas creciendo, aprendes a querer de un modo diferente. Yo creo que en los próximos poemarios el tema del amor irá enfocándose a otros tipos de amor, no sólo el de las relaciones interpersonales, sino hacia causas sociales o hacia uno mismo. Entonces sí que es verdad que no todo tiene que ver con el amor de pareja, que muchas veces se cae. Es algo en lo que personalmente trabajo. Hay que romper con esos estándares.

—¡Hombre —revira Lena—, a mí el amor es algo que me inquieta mucho! Y, bueno, cuando hablo del amor hablo de la historia de la humanidad. Lo que sí es verdad es que el amor de pareja puede ser el más intenso en un momento dado, así que, como ha dicho Sara, si lo gestionas mal, muchas veces te hace dudar del amor que tú tienes hacia ti mismo, lo hace tambalearse. Eso lo tenemos que trabajar. Pues el hecho de querer a una persona no puede significar que tú te estés quitando amor, que estés dejando de quererte a ti mismo.

Cuando Lena dice la última palabra, cae a la mesa del restaurante en que conversamos un inoportuno silencio. Breve, pero afilado. Ellas se miran entre sí y vuelven a sonreír. Yo las miro a ellas y de inmediato observo con disimulo a mi alrededor. Su gracia es apabullante. Me doy cuenta, así, que luz que satura el lugar es intensa. Toda la mañana se cuela por las enormes ventanas. Sin embargo, nada de la agitación del Centro Histórico de la Ciudad de México parece llegar hasta aquí. Vuelvo con disimulo a la carga. Y comento, como para salir del paso:

—Me da la impresión, Lena, de que ha vivido más vidas que yo y eso que casi le doblo la edad. Ha andado por Europa y Latinoamérica; toca la guitarra y canta desde niña; ha sobrevivido, y lo sigue haciendo, de tocar en bares; estudió, en Sevilla, filosofía, donde también está a punto de terminar una especialidad. Tiene un disco grabado y ahora promueve su primer libro de poesía…

—No eres el único que tiene esa sensación —me interrumpe Sara, quien se graduó de derecho también en Sevilla y ha publicado ya un par de libros—; somos varios los que cuando conocemos a Lena y nos damos cuenta de todo lo que ha hecho y los lugares en los que ha estado a sus 22 años nos decimos: “¡Bueno, es que esta mujer ha recorrido el mundo entero!” Así que no te preocupes: todos compartimos ese sentimiento cuando nos encontramos con ella.

—Ja-ja-ja… La verdad es que cuando más me siento yo misma —aclara Lena—, es cuando estoy viajando, cuando estoy conociendo gente, cuando estoy compartiendo experiencias y, sobre todo, cuando estoy recibiendo cosas de las demás personas y estoy intentando comprender las diferentes maneras de vivir, las diferentes maneras de sentir. Ahí es cuando crezco mucho. Empecé a estudiar la carrera de filosofía cuando tenía 17 años, pero nunca me he desligado del arte, ni de los sentimientos, ni de los pensamientos acerca de la existencia. ¡Llevo realmente toda mi vida pensando en la existencia!

—En uno de sus poemas, Lena, habla de la boca que todo lo cura, lo borra y lo sabe. ¿Cómo se da uno cuenta cuando ya encontró esa boca?

—Eso lo sabe uno en un momento determinado y, en otro momento determinado, igual que lo sabe, lo deja de saber. El amor, al menos con la intensidad que está tratado en el libro de Sara y en mi libro, es un amor muy poderoso, pero muy pasajero; es un amor con mucha intensidad, pero del tipo de amor que se gasta porque no se cultiva, porque no se trabaja día a día. Mucha gente dice que el amor es lo que queda una vez que se ha acabado el enamoramiento y se ha terminado la ilusión de las primeras veces. Y eso les parece muy triste. Yo estoy empezando a pensar que no lo es tanto.

—Estamos con una mano en ese amor intenso y con la otra en el amor más apaciguado —complementa Sara—. Pero ambos son bonitos. Cada uno te aporta algo diferente. Nosotras nos construimos a partir de esa intensidad. Después, esa intensidad se va desmoronando y se aprende de ella, aprendes a darte cuenta de qué está compuesta. A veces está compuesta de baja autoestima, a veces de la idealización de la otra persona. Así que despiezas lo sucedido y te vas construyendo a ti con esas piezas. Es parte del aprendizaje.

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