Arquitecta mirada

 

Ilustración de Iris Meza V.

 

Carlos Sánchez

Íbamos descalzos. A veces coreando una canción de moda. Camelia la texana, por ejemplo. Teníamos colgada en el cuello la resortera construida con horqueta de mezquite, torniquete y caja de lengua de zapato, de gamuza.

En la bolsa nos acompañaban las piedras, elegidas con perfecto cálculo, la que mejor se adhiriera al cuerpo de la caja. Zumbaban los tiros intentando dar en el blanco.

Los pichones caían con aplomo, interrumpiendo su vuelo poético. La emoción es indescriptible. O mejor sí, cada que atinábamos, un baile era el ritual de celebración.

Caminábamos con la emoción de la tierra en nuestros pies descalzos. Calientes. Al llegar tocábamos el agua en la corriente del canal. A veces lavábamos las piedras, como una forma de limpiarlas para que el ave muriera con la dignidad de un disparo pulcro.

Allí, en el corazón de Villa de Seris, iniciaba nuestra aventura. Teníamos en el puño el control del tiempo. Salíamos en bola y nada nos detenía.

Nomás llegar al molino los ojos no alcanzaban a comprender tanta belleza. Sus paredes de ladrillo, el misterio de su interior. Era, sigue siendo, la construcción perfecta, parte fundamental del paisaje y su urbanidad en el corazón del barrio.

Luego de talar pichones a tiro de piedra, la búsqueda nos exigía caminar hacia la  calle Comonfort, frente a la esquina de la plaza de Candelaria, la iglesia. Desde el umbral, en una puerta inmensa, con sus ventanas abiertas, el júbilo nos hacía una seña con disfraz de espanta pájaro.

Eran los monos hechos de madera y trapo, puestos en lugares estratégicos, en el patio de esa casa de adobe, alta, bien alta, los que muchas veces nos asaltaron en sueños.

De allí nos íbamos improvisando la ruta. De pronto el Casino del pueblo nos aprehendía con su rudeza, porque nos tocaba ver y escuchar la bohemia a cualquier hora del día. Muchas veces oímos la vida briaga desde un grito desgarrador y de fondo una canción de los Cadetes de Linares.

El Casino del pueblo, el que a la postre vendría a hacer un lugar para ejercer mi vocación de bolero, de cuando al Coché mi amigo se le ocurrió regalarme un cajón, dos cepillos, algunos trapos, varias latas de grasa y crema para calzado.

Recordar las paredes del Casino del pueblo es introducir la memoria a un cuento escrito al más puro estilo de Luis Enrique García, de Ciudad nocturna, su libro, el mejor que se ha escritor en esta tierra que es Sonora.

Del Casino del pueblo al Patio orquídea, la explanada dispuesta para el bailongo, donde Juan Derecho y sus Comanches amenizaban rolas de Los hermanos Barrón, en quinceañeras, bodas, bautizos.

Este espacio para la fiesta y contiguo a él el agua que crecía dentro del canal. Postal cotidiana, vida pasajera, un río diminuto que también se vistió de muerte. Porque allí se ahogaron varios de nuestros camaradas. En el chapuzón irresistible.

Llegábamos también al changarro del Luis León, comprábamos torniquete, y de luego nos tendíamos a las coyotas del pueblo, un peso equivalía a una bolsa de pedacería, esas coyotas quebradas eran la salvación para amainar el ruido inquieto del estómago

Desde ese rincón de historia nuestra, el otrora presidio del Pitic y a la postre Villa de Seris, nuestro paisaje urbano se vestía naturalito. Y ante el mucho territorio agreste que envolvía la ciudad. Eran sus baldíos una invitación para armar la cancha de futbol con piedras como porterías.

Un día, en los años setenta, llegó la Casa de la Cultura. Un edificio de nuestra ya postal cotidiana. Desde su silente ventanal se expone ante el tránsito de miradas y multitudes que visitan sus entrañas.

La infancia y su recorrido inevitable. Andar la ciudad con el cajón de bola prendido del hombro era pretexto para hundir mi cuerpo en los edificios más entrañables que nomás al recordar me encienden la emoción.

Aquí una pausa a mi oratoria es imperdonable, porque la memoria me conduce. Inevitable indagar las lomas de tierra del vivero, sus árboles que ya no están, el agüita en canales diminutos, el gorjeo de los pájaros. Ahora un museo es arte contemporáneo. La memoria una invitación para el llanto y la desolación.

Café Nelly, ¿dónde estás?

En aquellos años de infancia y buscar la vida, Llegaba también antes de las cinco de la mañana, como un ritual cotidiano, al crucero de Rosales y boulevard Hidalgo. En la banqueta acomodaba el bulto de periódicos, y entonces la danza de la venta, el anuncio de la nota de ocho, torear el tráfico y ofertar la noticia era más que mi empleo, un ejercicio de formación.

A veces, antes de que dieran las ocho, me instalaba en el interior del restaurante del Hotel San Alberto. Allí el Popo Alcaraz, el cocinero, me guiñaba el estómago con un par de hot cakes, un jugo de naranja, miel y mermelada.

El Hotel San Alberto, el mismo que albergara por muchos años la inteligencia paciente de la gran compositora española Emiliana de Zubeldía. Yo de niño la miraba en el jardín, con su soledad filosófica observando el agua de la alberca, el color del día, las voces de los vacacionistas.

El Hotel, edificio entrañable donde se hospedaban los Naranjeros de Hermosillo, aquellos beisbolistas que en mil novecientos setentaiséis ganaron la Serie del Caribe. Héctor Espino un estandarte. Pelotas y gorras, carcajadas y canciones de celebración.

Y frente al San Alberto, ese edificio por demás maravilloso y en cuya razón social reza: Edificio federal. Allí donde por muchos años fue el albergue de las noticias de familia a través de telegramas y cartas. Telégrafos de Hermosillo, aquella institución que utilizara la construcción de recados en clave morse.

A veces por la tarde, cuando ya el horario escolar me daba una tregua, era habitual recorrer el paisaje de la plaza Zaragoza, en la búsqueda de zapatos empolvados y yo maquillarles de belleza.

En la mirada los palacios, el de gobierno y el ayuntamiento. De allí para las cantinas, una ruta que podría emprender con los ojos cerrados. El periplo iniciaba en la Bohemia, luego a La verbena, en el callejón Álvarez y boulevard Hidalgo estaban Las quince letras, cantina extinta donde a veces los parroquianos acompañaban sus cervezas con  huevos cocidos que vendían con salsa y limón.

Entrar al Gandarita era recibir el canto de los amigos de mi padre, venidos del barrio La matanza, Las pilas, el cerro. Allí sus voces emulaban los cantos de Javier Solís o Pedro Infante.

En este periplo la arquitectura se me adhería a la mirada y la emoción. Estaban allí, siempre allí, las paredes del Registro Civil, hoy Instituto Sonorense de Cultura. A un lado, el portentoso edificio donde ahora fluye la investigación: el Colegio de Sonora. Más allá, la casa del conde, la cual a la postre se convertiría en Radio Sonora. Del cine Noriega, sólo referencias de los padres y abuelos. Ahora es un terreno baldío.

No podría omitir la belleza externa e interna de lo que fuera el Gran taco, cervecería, hoy Barra Hidalgo. O el Club Obregón, el Hotel Colón, construcciones magistrales, el adobe perfecto convertido en un hogar colectivo, rincones donde acudimos siempre, para beber, y en mi caso, para vender el servicio de limpieza de calzado.

Pero la vida es así, el tiempo y sus avatares, la devastación inevitable. Porque ya no están muchas casas que fueron parte de nuestra urbanidad. Porque las inclemencias del tiempo, porque el abandono de sus dueños, la muerte como final.

La muerte, palabra que me remite a la peni vieja, hoy Museo Regional de Sonora. Tenía siete años de edad cuando crucé el umbral, después la comandancia, y entonces la arquitectura del edificio, que permite la luz en el centro de una cancha de básquet, me impresionó y fue para siempre.

La muerte, digo, porque aquí se ejerció el último fusilamiento de un condenado, en nuestro país.

Esta es mi historia con el Hermosillo que también soy. Imperdonable anotar que siempre que paso por el Hotel Kino, un guiño aterrador me hace la memoria. Aterrador porque este hotel es parte de mi infancia, la que no volverá, solo en ocasiones como un recuerdo. En este hotel donde además de vender periódicos, daba bola, limpiaba calzado. De allí del hotel a la Cuarta Zona Militar, edificio que ya no dilata en desaparecer, porque también lo hemos dejado a la buena de Dios.

Este es mi testimonio, un ejercicio del recuerdo, la frustración de no poder reunir con palabras y ante el papel, toda esa emoción que me significa el barrio, el centro, el Hermosillo que soy y somos.

Me falta decir pues, que el Hotel Niza ya no está, que un día cualquiera el tiempo implacable nos lo arrebató, y en él se fue parte fundamental de la historia y el paisaje urbano.

Como un día también se irán nuestros nombres, en ese río Sonora que vivimos y que ahora es recuerdo. Historia.

 

 

 

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