Herodes hoy: La madre del pueblo

 

 

Por José Noé Mercado

 

El poder, el de verdad, no se comparte.

Se acumula, se ejerce. En última instancia, se desgasta, pero no se divide.

No sólo se retiene y se ostenta, sino que el poderoso lo cela incluso a quien podría tenerlo.

En principio, ese poder supondría las pulsiones freudianas que si bien alimentan la afirmación vital de lo erótico, también se nutren en la ciénaga de lo tanático, de la muerte.

La ética-moral, la religión y la ley suelen frenar esos impulsos primarios del ser humano. Lo hacen pasar del estado natural a uno social. De la naturaleza a la cultura. “De lo crudo a lo cocido”, dicho en palabras de Claude Lévi-Strauss.

¿Pero qué ocurre con el poderoso que está por encima de esos frenos justo porque ejerce el poder y mata para conservarlo; el que puede aplastar esas acotaciones e implantar su propia ley, su total voluntad; la de la vocecilla que le susurra al oído lo que es correcto y lo que no, ese grito interior que le advierte de los posibles codiciosos del poder incluso si sólo son recién nacidos?

Esa interrogante, que atraviesa desde la perturbación mental más íntima del tirano hasta el derramamiento de sangre más brutal en la sociedad, es la sustancia de Herodes hoy, obra para cuatro actores y cuatro cuchillos del dramaturgo Richard Viqueira, que se presenta en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico los martes, a las 20:30 horas, hasta el próximo 8 de agosto.

Parecería claro que Viqueira se refiere en este nuevo título de su catálogo teatral al pasaje bíblico que desembocó en la matanza de los Santos Inocentes. Un episodio infanticida del Evangelio de Mateo puesto en duda por su historicidad, pero desde luego no por su significado.

Aunque sólo parecería, puesto que la potencia de la mirada artística de Richard Viqueira se aprecia justo porque no se limita a representar a Herodes I el Grande ni circunscribe las acciones a la Belén precristiana. Por el contrario, despliega la opresión del homicida a través del tiempo y el espacio político: la adjudica al ser humano social.

Podría ocurrir en México y en cualquier otro país en el que el futuro de los niños ha sido amenazado. O en el que no importe el crimen de Estado. O en el que el asesinato de niños y bebés inocentes sea contemplado como homicidio imprudencial o culposo o visto como parte del paisaje social.

Viqueira se encarga también de la puesta en escena y de la interpretación protagónica. En esta intensa aventura teatral es abrigado por las actuaciones desgarradoras, impotentes pero nunca sumisas de Valentina Garibay, Georgina Rábago y Fernando Bueno.

Se trata de un montaje austero en elementos, pero riquísimo en conceptos y recursos escénicos, ritmo y atractivo del trazo. La trama se desenvuelve como una unidad casi coreográfica. Tiene que serlo con la utilización de los filosos cuchillos en cuadros en movimiento constante o se saldría herido.

“Porque en el mundo todo es falso, quizá sea el momento de que en el teatro todo sea real”, explica Garibay o su personaje al principio, al tiempo que da cuenta de las costuras que tuvo que recibir en la función pasada, en lo que puede ser un prólogo teatral o una confesión verdadera.

El espectador no logra discernirlo.

Por el contrario, la tensión y el escalofrío en el público son resultados consecuentes de acuchillamientos reales sólo contenidos en su llegada al cuerpo de los actores por tablas individuales que simbolizan distintas áreas del cuerpo: la espalda elegida por los traidores, el estómago para remarcar la cercanía, el cuello para las víctimas intercambiables.

Una provocación auténtica es un cuarteto de brokerfinger —el juego del cuchillo entre los dedos masocas— y no sólo para los belonefóbicos; ese aceleramiento frenético es más que una metáfora: es una cucharada real del peligro.

Porque peligroso es, justo, estar frente a Herodes. Escuchar los cargos contra los insaciables recién nacidos que sólo buscan alimentarse. Recibir su sentencia. Y mirarlo cómo se convierte en un titán Cronos que devora a sus hijos, indispuesto a ceder el poder incluso a sus seres cercanos.

“Tú no eres mi hijo. Mi hijo es el pueblo; yo soy su madre”, le dice a su hijo.

Viqueira en ese punto parece un dramaturgo de terror.

No por abrigar lo sobrenatural, ni tampoco por la falacia que pueden encerrar las palabras de ese Herodes coronado de cuchillos que el público observa ensangrentado en escena, incapaz de empatía o de sensibilidad al llanto desesperado de las víctimas.

Es así porque el autor consiguió captar que ésa y no otra es la realidad del personaje. Que eso es lo que en verdad palpita en su cabeza.

Ahí está la médula del horror, expuesta.

Esta obra y su presentación en escena se arriesga a navegar en esas latitudes. Como Maquiavelo, el teatro de Viqueira nos demuestra que “nada grandioso fue jamás conseguido sin peligro”.

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