León, el bueno para nada

 

 

Carlos Sánchez

 

La infancia se cura, solo hay que trabajar duro. Con esta premisa, los espectadores tenemos una pista preciosa.

Intuimos desde luego, desde el título de la obra, incluso, que es allí donde se apersona la tormenta más álgida de la existencia: la infancia.

León, el bueno para nada, llegó a Hermosillo en contexto de 13º Festival de monólogos Teatro a una sola Voz 2017, un monólogo (qué bonito término, MONÓLOGO, a diferencia de “unipersonal”, tecnicismo con tintes academicistas), donde el espectador cumplió a cabalidad: la atención, la conexión, la entereza, la entrega, el respeto para el actor.

El actor: no exagero si digo que aún me tiene reflexionando. ¿De qué está hecho este muchacho que por nombre lleva Leonardo Zamudio?

De pronto es un tren, luego es él mismo en su niño perenne: León. También es su madre, su hermano, el anunciador de la próxima salida, la niña que le gusta, los niños que lo hostigan. Un actor fuera de serie. ¿Debo decirlo?

La inteligencia del dramaturgo, Francis Monty, la calidad histriónica del actor, nos sumergen en un tren de aventuras, literal, donde León aspira a convertirse en una máquina locomotora, y para lograrlo come tornillos, bebe aceite. Lo miramos y está allí, un hecho real, nos bebemos también el contenido de la historia a pie juntillas, la compramos toda y sin chistar.

Una propuesta lúdica, que nos estimula de sonrisas y carcajadas una y otra vez. Pero también está lo otro, lo más impactante, lo que subyace, lo que se dice de manera equis, como si no importara. Es entonces que damos cuenta de la tragedia del personaje toral de la puesta.

Es entonces que miramos a un León creciendo ante la indiferencia del hermano, la madre, los niños compañeros de escuela profesionales de la crueldad. “Mi calzoncillo azul tenía manchas de cloro, blancas, y era muy feo”. Declara León luego de ser escarnio de sus compañeros cuando de súbito una mañana le bajan los pantalones.

El desafane que ejercemos los padres, porque el celular es prioridad. La incapacidad para proponer integración.

La locura manifiesta del hermano quien vende chocolates y viaja hacia su escuela en globo aerostático, la prisión que es el abandono de la madre para con los hijos ¿y el padre?, ni idea.

Lo soterrado golpea en la entraña. Nos llama a cuentas sin juzgarnos. Ocurre en esta puesta donde las habilidades son grupales: dramaturgia, dirección, iluminación, escenografía, vestuario, actuación: la maravilla hecha escena.

Adiós a los imposibles. León, el bueno para nada, es la tesis que nos pone en charola de plata la posibilidad de un mundo mágico encima de un escenario. La fantasía está siempre presente. Y nos invita a beber un buen trago de felicidad, y cierta dosis por demás potente, de autocompasión: ¿en qué nos hemos convertido más allá de la violencia exterior, ¿qué propongo en mi mundo más inmediato, con los míos, mis hijos, mis hermanos?

León mira, como nosotros desde la butaca miramos, correr la vida y en ellos sus avatares. Mira a la niña que le guiña el pensamiento, el deseo, mira a su hermano todopoderoso enfilado siempre hacia una carrera prominente como vendedor de chocolates.

Mientras esto ocurre, nos abre las puertas de su intimidad, nos lleva de la mano hacia su recámara, hacia el salón de su clase, al ruido de un tren y sus estaciones, inteligencia para ir fragmentando en números el curso de la propuesta escénica.

Antes de arribar a la última terminal, la vuelta de tuerca: de pronto un cuchillo abre el cuerpo del hermano, en el interior habita el hermano real, el pequeñísimo, el que cabe en el bolsillo de la camisa de León.

Es un asesinato, es la sutileza del rescate del hermano a quien despoja de su armadura para mostrarlo de manera real, de lo que está hecho, la vulnerabilidad, su estado de indefensión que también padece al igual que León.

En el universo de fantasía, en la considerable nobleza del personaje que es León, cuesta trabajo asimilarlo con un puñal en la mano. No obstante, los argumentos para engendrar un monstruo están de manifiesto desde el inicio de la obra. León es un niño que en su imaginario construye fantasías, pero no deja de ser una persona que piensa, reacciona, actúa.

La luz potente de la propuesta nos encandila. No es sencillo digerir la inteligencia en escena. A veces nos etiquetamos de ser un público provinciano, sin el criterio suficiente para observar y reflexionar.

Anoche el público que somos se brincó las trancas: receptivo, respetuoso, majestuoso.

Lo reconoció al final el actor. Los dijo en voz alta y lo aplaudió. Suerte de inicio en esta que es su gira donde se ha de presentar en trece escenarios más.

Es aquí donde el arte ejerce su función: atrapa, seduce, hipnotiza y no da crédito a la distracción. En esta edición del Festival del Monólogo, nos queda claro que León, es el bueno para todo, incluso para generarnos ganas de volverlo a ver. Ojalá.

 

 

 

 

 

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