Volver al parque, disponerse al ¡Silencio… es tiempo de reír!

 

 

Carlos Sánchez

Volver al Parque. Tomado de la mano de la infancia. Reconstruir los años aquellos de adolescencia, cuando el brinco a la barda nos permitía el encuentro con la emoción del vuelo en el pelo.

Nos brincábamos porque no teníamos para el boleto de acceso. Luego nos acomedíamos a ayudarle al señor de la limpieza, o al recoge-boletos. La recompensa se advertía de más diversión.

Volver ahora significa el repaso inevitable de la historia, encontrarme con el avión que ya no está, con el zoológico que tampoco, las lanchitas que habitan solo en la memoria.

También tocaban Los comandos del oeste, en el Madero, en la explanada que ahora es la convocatoria para chavos en bicicleta y patines. Nosotros dejamos nuestras huellas a ritmo de cumbia. Bailábamos con enjundia, dábamos vueltas, sudábamos de tanta percusión y sax.

Regresar al Parque Infantil, en sábado por la tarde, es advertir la transformación del espacio, inevitable, ese espacio que un gobierno infame de tanto azul, nos arrebató por algún tiempo. Pero ahora está ahí, incólume, con la generosidad de una fuente donde corren de frescura los morritos cuidados por sus padres. También hay una alberca con chapoteadero. ¿Quién lo hubiera imaginado?

Ya trepado en el viaje del tren, uno descubre la arquitectura escenográfica de un mundo visible al más puro estilo del viejo oeste. Un regocijo para la mirada, el lugar más óptimo para la foto en familia.

Un parque digno, bien cuidado. Con el plus excepcional que la existencia de un Teatro al aire libre. Sí, un teatro. Y lo que es más, con espectadores que pacientes aguardan por la voz de tercera llamada.

Hoy que es sábado, atendiendo el programa que propone Instituto Sonorense de Cultura, en coordinación con Sistema DIF estatal, el cartel se avizora por demás seductor: Silencio… vamos a reír. De Matria Arte Escena. Cuatro mimos que nomás al asomar sus habilidades, seducen a la concurrencia.

Están allí, explorando con los sentidos todos, su expresión toda. Van y vienen encima de la duela, conduciendo con sus recursos actorales hacia la imaginación de los niños quienes guiados por sus padres son la ergonomía perfecta para la felicidad.

Alejandro Cabral, Alejandra Abascal, Misuki Takaya y Escarlet Gómez, en su envestidura de mimos, juegan a la cuerda, brincan la bebeleche, patean un balón, extravían una cartera e incluyen a los niños a experimentar el juego de la imaginación.

Imaginar, alejarse por un momento de la tecnología que nos paraliza, volver el cuerpo a una butaca y contemplar el movimiento humano que expresa, propone, dice.

Esto ocurre en el Parque Infantil, espacio lúdico que incluye incluso la formación de espectadores, la invitación a tocar con la mirada la existencia de montajes escénicos de manufactura hermosillense. Un espacio precioso, este Teatro, para saber el significado de la palabra arte.

Tomar de la mano a los hijos, decirles este es camino hacia el encuentro con la alegría: montar después a caballo, trepar luego al ruido de la locomotora diminuta, comer palomitas, correr en derredor del agua que emana, ¡oh sorpresa, papá!, del concreto.

Recuperar la memoria, asistir a nuestra infancia, estar allí, en esa locación donde el vacío en nuestros bolsillos dio pie para urdir soluciones. Y jugar a ser piloto en la maravilla de un carrito chocón.

 

 

 

 

 

 

 

 

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