El arte de contar la vida

Álex Ramírez-Arballo

 

A la crónica llegué de la mano de la curiosidad. Un día descubrí que por todos lados hay otras personas que -como yo- bracean para seguir adelante en medio de tanta belleza y tanto horror como hay en este mundo. Supe que eran mis hermanos; no me preguntes cómo fue que sucedió, pero de pronto pude percatarme de la profunda conexión que me une de una manera tan hermosa como radical con los demás. Si el mundo natural hizo despertar en mí la pasión poética, el ruido y los colores de lo cotidiano me empujaron a consignar como testigo privilegiado lo que sucede en las calles del mundo que me ha tocado en suerte.

Seré directo: me interesan más las personas que las situaciones. Resultaría para mí muy difícil escribir una crónica entretejida en torno a una trama compleja; lo que a mí me atrapa es la pasión directa de la observación de esas almas encarnadas tan llenas de contradicciones que somos todos nosotros. El método que sigo es sencillo y lo aprendí por accidente: fijar la atención en la persona como si nadie más existiera en el mundo, separarla de su entorno y apagar el interruptor interior de las deducciones racionales. No soy un investigador de novela negra aferrado a los silogismos sino un alma fascinada por la contemplación del fuego. Cada uno de nosotros entraña un universo complejo y rico, digno de ser explorado y atrapado con las redes del lenguaje; las vidas que vamos fijando en las páginas están condenadas a perdurar más allá de la carne.

La persona es un acontecimiento en sí mismo, un milagro que echa raíces temporales en el tiempo: debe padecer una y mil desventuras y a pesar de todo ello nunca pierde la capacidad de sonreír. Es un misterio. Por lo tanto me resulta imposible tener la pretensión de explicar lo que por naturaleza es esencialmente inexplicable. ¿Por qué existo en lugar de no existir?, esta es la pregunta que deberíamos hacernos todas las mañanas frente al espejo.

Contar la vida es sobre todo contar la vida de alguien. Es imposible meter en unas cuantas páginas, lo podemos entender, todo lo que ese hombre o esa mujer han vivido; sin embargo, sí que podemos entresacar momentos, gestos, desplantes ignorados o expresiones felices –o cruentas- de aquella individualidad radical que ha encarnado desde la nada y avanza, rodeada de luces y sombras, hacia esa misma nada original.

Un cronista debería detenerse ante sus personajes con una mezcla de fascinación y horror, con curiosidad alerta y sin llevar hasta la punta de su pluma ninguno de sus prejuicios personales. El cronista verdadero se deja tomar por lo que observa, abre las puertas de su sensibilidad y atiende con la inocencia de quien ha vuelto a comprender lo que es la vida. La gente, como los libros, al ser leídos se vuelven espejos y en ellos adivinamos los rasgos más verdaderos de nuestro propio rostro.

Hace algunos años sostuve una conversación con Leila Guerriero, una cronista argentina de muy altos vuelos en Latinoamérica: la admiro mucho más de lo que ella seguramente pudiera estar dispuesta a creer. Leila insistía en la idea de la crónica como un género eminentemente periodístico, lo que para ella significa realizar un reporte puntual de la realidad, y nada más. “Es literatura”, repliqué con suave firmeza, pero no pude hacerle comprender mi punto. Es que la literatura –no lo olvidemos- es también una representación de la realidad, que se despoja de las pretensiones objetivistas de los medios informativos. La paradoja es que lo literario es algo subjetivo y caprichoso, es verdad, y sin embargo llega a ser siempre más complejo y puntual, trasladando al papel lo que ninguna otra forma de expresión humana consigue: una visión totalizadora de la experiencia concreta del mundo.

Estoy seguro de que la crónica es sobre todo un género de la imaginación atenta, es decir, un tipo de texto que ciertamente tiene su base en la realidad histórica y material que nos rodea, pero que precisa de un manejo deliberadamente emotivo y sensible del lenguaje. Más allá de la comprensión verbal, el lector de la crónica demanda una revelación, así fuera fugaz, de la verdad intraducible del alma humana. Una buena crónica debe movernos a pensar-sentir: “Yo soy como él”. Si no nos reconocemos en lo narrado, de poco o de nada han servido los esfuerzos de la crónica: ha dejado de ser texto y se ha convertido en un simple y vulgar documento.

Como toda tarea artística, escribir crónicas es una faena límite. Al escribirlas estamos mediando entre dos subjetividades: la del personaje y la propia. Lo maravilloso es que en el proceso descubrimos casi con nuestros lectores que todo diálogo (con los demás y con el mundo) entraña pliegues interiores que sólo la escritura es capaz de separar y mostrar; no es extraño que los primeros sorprendidos sean los propios escritores que son también, no debemos olvidarlo, los primeros lectores del texto creado.

Es también importante no olvidar que el buen cronista no busca trasladar lo evidente, como el historiador, a la página en blanco que se vuelve medio de preservación; de lo que se trata es de deformar discursiva e imaginativamente el lenguaje en la búsqueda de esas realidades no obvias que son, desde mi modesto punto de vista, las que un escritor debe esforzarse por recuperar y mostrar a sus lectores. Si el escritor se concentra en glosar en lugar de generar contenidos rabiosamente originales, está cubriendo con paletadas de aburrimiento el cadáver de su futuro profesional.

El arte de contar la vida es el arte de la humildad: estamos dolorosa y felizmente condenados a fracasar una y mil veces; un aspirante a cronista debería saber esto antes de dar el primer paso de su largo viaje. Con esas herramientas tan pobres como son las palabras tratamos de atrapar un relámpago, un atisbo del infinito interior que todos somos. ¡Qué hermosa y trágica osadía!

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