La raíz del poema –anotaciones en torno a una poética personal-

Ilustración: Iris M. Valencia

 

Álex Ramírez-Arballo

 

Nunca me he planteado seriamente escribir con todo detalle lo que considero, disculpen lo grandilocuente del término, mi poética. No lo he hecho seguramente porque soy un distraído proverbial, pero también porque definir los bordes de mi escritura es una tarea realmente difícil; creo que la mirada del poeta sobre su propia obra es siempre dubitativa, cambiante y llena de vacíos: tomar la pluma es lanzarse hacia adelante de apuesta en apuesta. Duran muy poco las certezas en el país de la temeridad.

Sin embargo, ya voy llegando a una edad en la que las cosas comienzan a asentarse y, además, me voy volviendo un poco cínico. Esta mañana tras pensar y volver a pensar en cómo ordenar un libro de poemas que he venido garrapateando durante los últimos cinco años, me vino a la mente la idea de escribir también unas notas apuradas que sean una especie de testimonio más o menos fidedigno de lo que creo, pienso y siento es la poesía, o al menos la poesía que crece al amparo de mis manos y mi voz. Lo que ahora lees es el resultado de una serena meditación en torno al arte de hacer poemas, nada más. Yo y sólo yo soy el destinatario de estas preceptivas. Va.

 

  1. La poesía son palabras. Es una perogrullada monumental, lo sé, pero hoy en día hay personas que rebatirían esto que digo; dirían probablemente que soy un dogmático, un fulano de tal que se resiste al empuje de los nuevos paradigmas del arte, etc. ¡Pamplinas! La poesía son palabras. El amor-odio que estas nos generan se debe a que el impulso creativo, es decir, el ser del poeta, viaja a la velocidad de la luz mientras que el lenguaje verbal batalla cuesta arriba con la gracia de una carreta tirada por bueyes. Ni modo, así han de lucharse todas estas guerras que nos han tocado en suerte. No somos dioses sino criaturas; no cometamos el error de confundir nuestras intuiciones con la poesía: es de principiantes y da algo de pena.
  2. La poesía es forma no evidente. El truco está en aparentar que el trazo es hijo del descuido cuando en verdad es producto de un cálculo invisible, una cierta voluntad trasparente que rige los movimientos ondulatorios del poema. No quiero confiar en la improvisación o el impulso primero; les abro las puertas, es verdad, pero procuro sacarlos a tiempo de mi casa para entonces poner orden en todo aquello. No sé si sea un asunto de pereza o insensatez, pero muchos poemas publicados son en realidad extraordinarios borradores.
  3. La poesía es comunicación. No escribimos para pasar el tiempo –ojalá no, de veras- sino porque buscamos la otra orilla, esa región que se encuentra más allá de nuestra mirada y en la que escuchamos voces lejanas que nos acerca el viento: queremos establecer contacto. Sea consciente o no, el poeta busca la aprobación o el repudio; por eso es que la indiferencia lo aplasta. La poesía es, para decirlo en términos heideggerianos, una proyección del ser, un proyecto vital que encarna en el lenguaje y que busca ser testimonio de una vida. No sé qué pienses de esto, pero a mí me resulta absolutamente conmovedor: buscamos todo el tiempo una señal.
  4. La poesía es hija de la poesía, es decir, de la tradición, aunque su contenido sea banal o callejero: no es un presente sino un devenir. Lo cotidiano es una trampa para bobos: la poesía es poesía por las deudas que salda en el poema con los padres poéticos, no porque sea fiel a los caprichos o fijaciones de un poeta con vocación de flâneur. Por eso el poeta debe leer mucho y no sólo poesía; la lectura es la fuente primordial que afina la sensibilidad y otorga rudimentos verbales esenciales para la construcción del poema.
  5. La poesía no es el lirismo apasionado con que algunos de manera tramposa buscan atrapar al lector. No evado en mis propias páginas el elemento imaginativo y emocional, es verdad, pero siempre debidamente amordazado para evitar que termine destrozándolo todo a dentelladas. La poesía ha de ser un ave de vuelos más bien bajos.
  6. El hipérbaton no se escribe, se comete. Cualquiera que incurra en estos retorcimientos estéticos y morales merece, por lo menos, la pena capital.
  7. La poesía debe aspirar a conquistar el lenguaje de la conversación apacible. El lector debe comprender sin esfuerzo lo que el poema comunica; si el poema precisa de una explicación es muy probable que haya nacido muerto. No estoy hablando de claridad o simplicidad sino de efectividad en la experiencia lectora; si el poema no deja una impronta existencial es porque hay demasiado ruido en él.
  8. La poesía es una mesa de tres patas: sensualidad (me refiero a los sentidos), concepto e impronta psíquica.
  9. La poesía debe tener sentido, es decir, debe interpelar nuestras sensaciones, debe ser lógica y es fundamental que podamos como lectores detectar en ella un rumbo, una dirección.
  10. La poesía entraña un elemento hermenéutico, es decir, una vocación traductora. La poesía no sirve para nada, dicen algunos, pero yo creo que se equivocan; gracias a la poesía podemos ver el mundo y a nosotros en él. El testimonio de observación directa que nos ofrece la poesía no lo brinda ni la ciencia ni la filosofía, ni ninguna otra disciplina humana. Leer poesía es conocer la vida desde una perspectiva única, totalizadora y siempre viva; por lo tanto, todo verdadero instante poético, amigos míos, es un acto de comprensión definitiva. ¡Aleluya!

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