Temores y temblores a la mitad de una página

Ilustración: Iris M. Valencia

 

Alex – Ramírez Arballo

 

Hobbes dice: “El día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: el miedo y yo”. El filósofo inglés quiere decir con esto que el temblor que sentimos los humanos ante un posible mal ha nacido con nosotros, es parte de nuestra naturaleza o condición. No exagero si digo que soy un experto en miedos; los he experimentado todos y creo que desde que era muy niño. He sido, pues, un cobarde; y si algo he conseguido en esta vida –que todavía está por verse- es porque además de miedoso soy profundamente obstinado: avanzo siempre a pesar de mí mismo. Debo tener genes de chivo o de toro porque invariablemente escapo hacia delante.

Todo esto se aplica no solamente  a la vida cotidiana sino también a la escritura, que es lo que hago todos los días: sentarme delante de una hoja en blanco para empezar a extender sobre ella las manchas de mi imaginación; es un proceso que me hace temblar siempre, pero no me detengo. Sigo cuesta arriba como emulando a Sísifo, tratando en todo momento de no escuchar las mil voces interiores que me cuestionan y pretenden hacerme creer que todo lo que voy diciendo es una pura tontería. El mundo de la mente es una casa de espejos; no es una casualidad etimológica que a los procesos reflexivos les llamemos “especular”. Hay miles de trampas en el interior de nuestra cabeza, pasadizos secretos que nos llevan a un abismo en cuyo piso habitan otros tantos miles de hocicos hambrientos. Todo lo que parece real no lo es y así es que caemos subyugados por una fuerza invisible que nos domina sin violencia enemiga: recuerda, el único adversario invencible es la otra voz. Es por eso que Davis Foster Wallace, suicida inmortal donde los haya, decía que aquel que se revienta la cabeza con una bala no quiere matarse sino acallar el ruido interior que le hace imposible vivir en paz.

La otra noche soñé, por cierto, que me cortaba el empeine del pie izquierdo y de la herida comenzaban a salir unas alimañas asquerosas cubiertas de baba; eran como gusanos rojos y negros y blancos, gusanos con formas que retaban los manuales de la zoología hasta hoy conocida. Sentí un asco profundo, pero no era una repugnancia hacia mí sino a todo lo que me habitaba.  Recuerdo que yo era el niño que fui en Sonora y al ver todo aquello que me iba abandonando lentamente me dije a mí mismo con un dejo de resignada revelación: “Estoy lleno de monstruos”.

Suena demasiado dramático, es verdad, y quizás sólo se aplique a cierta clase de escritores como Kafka, Greene, Camus, Sabato, Rilke o George Bernanos, por señalar algunos cuantos a modo de ejemplo. El caso es que yo me siento parte de ese oscuro grupo de cobardes porfiados que toda la noche batallaron, como Conrad, para alcanzar, así fuera momentáneamente, la playa de una serenidad conquistada a fuerza de insistencia. Las singladuras de la pluma son siempre en mar proceloso. No es casualidad que la genial Flannery O´Connor afirme que el cincuenta por ciento de la escritura consiste en superar la repulsión que dicha actividad nos genera. Quizá la norteamericana usa la expresión “repulsión” como sinónimo de miedo, puede ser.

Sin embargo, no quiero que se me tome por un Bartleby a lo Vila-Matas, alguien que “prefiere no hacer las cosas”, qué va. Yo las hago siempre, a pesar de mí mismo. Escribo con la certeza de que estoy haciendo aquello para lo que he nacido, aquello que haría incluso así viviera debajo de un puente, aquello por lo que aceptaría entregar lo que queda de mi alma. Es curioso que sea así, porque no tiene sentido; un terapeuta cognitivo-conductual me diría: “Álex, si no disfrutas lo que haces, no lo hagas”, y se quedaría tan campante. Pero es que los terapeutas leen –lo supongo- al doctor Aaron T. Beck, pero se olvidan siempre del bueno de Pascal, que un buen día nos descubrió de cara a las floraciones de la campiña francesa que el corazón establece siempre sus muy dulces y absurdas condiciones.

Escribir es sobrevivir. Toda escritura que valga la pena es siempre escritura contra algo más fuerte que uno mismo, una batalla a la que no se puede renunciar sin perderlo todo; la apuesta de los escritores es prorrogar lo más posible la caída, nada más. Por eso es que desconfío profundamente de aquellas personas que hablan de la escritura como de un día de campo: algo no están haciendo bien y, lo que es peor, no parecen darse cuenta.

Basta ya, creo que por hoy he dicho lo suficiente. Estoy llegando a tierra firme: afuera el día en Pensilvania, como casi siempre, está nublado y un airecillo fresco mueve las hojas de los árboles. Se me acabó el café y el reloj me dice que se está haciendo tarde. Ahora, amigos míos, debo salir a toda prisa a un aula para ganarme el pan.

 

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