Marina

 

Carlos Sánchez

Rengueaba del pie derecho. Se lastimó al correr en busca de una salida en ese galerón de paredes altas. Corría hacia al barrio acosada por algunos tipos. La traían a cola desde de ese lugar donde por quince pesos bailaba una canción con el cliente más urgido de compañía. Su trabajo en la cantina clandestina donde amenizaba un grupo de cuatro músicos norteños con acordeón, tololoche y bajo sexto, le daban la posibilidad de llevar a su hogar leche para sus hijas.

Apretó con sus dientes una liga para el pelo en la cual tenía envueltos unos billetes, saltó la cerca de malla ciclónica, tocó la puerta mientras el llanto, acompañado de la lluvia, le mojaba la cara. Marina sintió alivio al mirar los ojos hundidos debajo de las cejas de Dionicio. Entró por el pasillo que era la cocina, la sala, el lugar donde confluían todos los días diversos humores, aventuras de hilaridad cruenta, de bandidos y policías, de droga, el mejor asalto, la más reciente violación. Violación, esa palabra cuyo significado no entendía Marina, no obstante sufrir su significado desde la infancia.

De madrugada, entre la parsimonia del cuerpo y la mente de Dionicio, Marina corrió la cortina que fungía como puerta hacia el dormitorio, estancia, baño y guardarropa, había allí una la cama cuyo respaldo de metal el óxido dibujó por accidente un rostro difuso en el que Dionicio veía los ojos de su madre. Marina no clausuraba su llanto, sin decir palabra, por el hastío de las explicaciones, se sentó en un pedazo de piel disecada de un venado que Dionicio cazó en sus tiempos de puntería afinada.

Teniendo como compañía los ojos del hombre benefactor de sus años más recientes, Marina auscultó su tobillo derecho, alumbrada por una linterna de mano pudo ver que no era gran cosa, que en su desesperación solo se falseó un poco, eso le vino bien. El mutis permaneció, las lágrimas dejaron de caer. Se puso de pie, clavando la mirada en los ojos que la arropaban, con la punta de sus dedos fue librando del ojal cada uno de los botones de su blusa azul, como chaleco cayéndole en los hombros, dejó su blusa encima de su espalda. Con tranquilidad bajó la cremallera de su pantalón, el que fue bajando como si quisiera con ese movimiento eternizar el tiempo ante la mirada como una estaca encima de su pecho, la mirada de Dionicio bajando por su piel tan lentamente como sus manos en la mezclilla resbalando también despacio, muy despacio. El color amarillo de su calzón resaltaba por encima del color de su cuerpo. Al final de sus pies quiso sacarse una tobimedia, lo hizo, sólo para después, con la misma lentitud, acomodar en sus extremidades un par de zapatillas rosas. Marina se empeñaba en agradecer con su físico la protección y compresión que le otorgaba sin pedir nada a cambio, Dionicio, ese señor que en su juventud fue novio de su madre, y que desde entonces le causó gran simpatía, porque él no era igual que los otros hombres que entraban a su casa, y se embriagaban llenando de estruendo las horas de la noche. A Dionicio le debía que nunca la hubiera maltrado, ni a ella ni a su madre, que nunca la hubiera tocado, como sí lo hicieron todos los otros hombres que asistían a su casa a consumir la cerveza que allí se vendía de manera clandestina y cuando ya los establecimientos comerciales habían cerrado. Era de la venta de cerveza de donde su madre completaba para mantenerla a ella y a sus cuatro hermanos.

Marina inició el movimiento de su cuerpo, en silencio, con sus manos inventando una vereda desde su cuello, bajando para subir las lomas de su pecho, deslizando la punta de los dedos por el carril de sus costados hasta detenerse en la maraña de su pubis. Para ese instante había quitado ya todo indicio de vestimenta, sólo mantenía las zapatillas rosas que le hacían lucir un poco más alta y le daban la posibilidad del ritmo con ese sonido que emitía el tacón golpeando el piso. Si ella bailaba, su mirada narraba. La historia era clara, los ojos abotagados la contaban. Esa noche quiso exponerle con su infancia con su cuerpo, a manera de gratitud, y también con el placer que le abordaba mostrarse bailando, al señor de la mirada paradójicamente tierna y lujuriosa. Marina bailó hasta sentir el calor del sudor resbalándole, entre más sudaba más se llenaba de emoción, porque más recordaba esos años de empezar a mover su cuerpo obligada por su madre que encontró en ella mayores ganancias en su comercio clandestino, en la emoción de los clientes que pagaron cualquier precio por ver a Marina con su cuerpo escuálido, con aquellos once años de fragilidad en el pelo y en el rostro, en los movimientos, con esa sonrisa forzada que ensayó por muchos días bajo las órdenes de su madre quien le advertía que si no sonreía el color rojo del lápiz de nada serviría en sus labios.

Marina bailaba y sólo en ese momento de la mirada incisiva de Dionicio entendió que no sólo los dineros eran su objetivo, que no sólo las latas de leche para sus hijas le generaban el placer de la tranquilidad, dentro de ese cuarto y en el reflejo de su cadencia en las pupilas de quien le miraba con fruición, Marina descubrió el placer que le otorgaba mostrarse. Lo supo cuando ya Dionicio levantándose de la cama se acercó para tocarle los párpados con sus labios, para encontrar con la lengua el vértice de su mandíbula, la textura de su cuello, la turgencia de sus senos, el cálido líquido de sudor que bajaba como río desde su cabeza hasta instalarse en el cubículo de su entrepierna. Los años podrían doblegar la fuerza en los músculos de Dionicio, disminuirle la resistencia de horas bebiendo alcohol, aflojarle uno a uno sus dientes, los años podrían encorvarle la espalda, aumentarle el color blanco en el pelo, los años todos viendo la entraña del barrio, los años saliendo de éste, pero regresando siempre a él. Los años podrían acecharle con la vejez la presencia de la muerte, no obstante, mientras viviera contendría en las pulsaciones de su corazón la palabra libido y el deseo encendido. Allí estaba ahora la razón de su existencia, en el movimiento de sus labios, su lengua, sumergido con su olfato en el pozo, en el tacto de los glúteos flácidos y tiernos de Marina, allí estaba el retorno de un tesoro extraviado muchos años ha. En cada movimiento de sus mandíbulas llegaba el recuerdo también de aquella dama por primera vez, de los sucesivos cuerpos que fue encontrando y anotando en la memoria como un deporte que le servía para ratificarse como varón y viril, acatando la conquista como victoria porque así se lo enseñaron los hermanos, el padre, los otros hombres recios que le señalaron la vía hacia el triunfo como hombre a lo macho.

Marina era la gracias de ojos hacia el cielo, de emociones contrastantes, veía en Dionicio a los hombres que una de esas noches en el interior de su casa no se fueron de la fiesta sin antes arrebatarle el himen, primero con los dedos, después con el falo, uno por delante, otro por detrás, escuchaba voces que le impedían sacar su propia voz, pero volvía a ese instante y era para descubrir sus dedos entreverados en el pelo lleno de brillantina de Dionicio quien permanecía hincado construyendo una oración en silencio, en el umbral y dentro de su cuerpo. Sintió en eso Dionicio, el fuego abrazándole la boca, la similitud de un metal caliente perforándole las tripas. Sintió como si fuera la primera experiencia de ver la lluvia, revivió aquellos años de bañarse en el río mientras su madre lavaba ropa, mientras el fuego se transformaba en cosquilleo en su vientre. Entumido de la boca, Dionicio despegó sus labios de la entrepierna de Marina, pudo ver en ese instante a todos los que amaba y amó, le llegó la lucidez de los ahogados, ésos quienes al colapsársele los pulmones observan la vida desde arriba de una montaña, él se pudo ver y sentir en la cumbre del Cerro de los tesoros, con los pies sumergidos en el agua del agua del río.

 

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