Portuaria de Manuel Parra Aguilar

 

Álex Ramírez-Arballo

 

Incluso si yo fuera ciego, sordo y mudo sabría reconocer con facilidad en dónde se encuentra el mar; y es que no precisamos verlo o escucharlo para saber que está justo ahí: el mar, como una de las tantas formas de la dicha que sin duda alguna es, nos toma siempre por asalto. En eso se parece a la poesía, en su ubicuidad y sus mil posibilidades, en su vocación de infinito. El mar es el único espejo a la altura del corazón de los hombres: asomarse a él nos produce el dulce vértigo de la sabiduría.

Todas estas cosas las conoce Manuel Parra Aguilar, un enorme poeta sonorense y una mejor persona. Su poesía es auténtica y no precisa de aplausos o reflectores construidos a modo, como comúnmente sucede como consecuencia de esa práctica asquerosa –tan común en el mundillo literario- de los elogios mutuos. La poesía de Manuel se basta a sí misma. No creo que exista nadie con un mínimo de sensibilidad literaria que no se asome a un libro como Portuaria y no se sienta conmovido e interpelado por una atmósfera marina tan sugerente; en esas pocas páginas se escuchan los ecos de Conrad o Stevenson, Owen y Lautréamont, Hemingway y Golding. Hay un rumor de olas que golpean una y otra vez en la página, un aire de sal y una atmósfera de vida recién nacida por todos lados. En el verso dieciséis de su Brise marine Mallarmé nos dice: “Mais, ô mon coeur, entends le chant des matelots!”; el corazón de Parra parece poseer también la clave de dichos conocimientos.

Hay un carácter esencialmente analógico en este libro. Con esto quiero decir que se trata de un intento poético de comunión, de palabra que busca asir los elementos diversos en lo que pueden tener de común aunque permanezca invisible, es decir, en el plano tan olvidado de las esencias; Parra busca alcanzar la otra orilla, atisbar a través de una de las tantas grietas de la realidad para observar lo que permanece oculto a la mirada ordinaria. Si la poesía no es precisamente esto, entonces no me interesa en absoluto.

Observamos desde el primer poema una elaboración del lenguaje que recupera sensaciones y provoca en el lector una excitación de la imaginación; es fácil seguir la voz de ese yo poético que enuncia desde un aquí y ahora aquellas aguas de olas equivocadas, según nos dice, que rompieron en aquella playa que era y ya no es. El sueño es el puente entre la realidad y la memoria; es la visión del padre mariguano y poeta, vehemente todo el tiempo, artesano fantasmal. Son también las calles del puerto, el rumor de las olas y, sobre todo, las risas de las muchachas de escotes pronunciados que recogen con entusiasmo los versos del poema mientras lamen con traviesa coquetería las bolas de helado de naranja.

Leí Portuaria como parte de un proyecto de investigación personal. No sabía que encontraría tal fuerza y verdad; pues bien, en ese proyecto era importante explorar las posibilidades poéticas de la nostalgia. Lo que me ha sorprendido gratamente es que lo nostálgico es aquí, entre los versos de Parra, algo vital, lo que se va desplegando de un modo casi cinematográfico, como muy bien lo señala el autor del prólogo, a lo largo de sus siete largos poemas. No hay languideces o gimoteos, o esos lloriqueos ramplones de viejos que miran la vida de espaldas tratando de recuperar un pasado que jamás existió. La nostalgia parriana es visión de los espacios, recorrido de la realidad recuperada por los poderes de la imaginación: lo que se ve a través de los recuerdos dista mucho de la idealización del desterrado. No se excluye la fealdad, la sangre, la muerte y en general el vaciamiento de sentido que caracteriza la vida de los prófugos de toda metafísica.

Pensando en términos simbólicos, podría suponer en Portuaria no solamente una atmósfera marina sino más específicamente insular. La idea de la isla nos sugiere desconexión y abandono, acoso constante de un mar que nada significa: esa “maldita circunstancia del agua por todas partes” que describiera el cubano Virgilio Piñera alguna vez. La realidad es insular y a nuestro derredor la danza perpetua (los oleajes y mareas, si se quiere) de ese otro, invisible mar llamado tiempo.

La voz poética de este libro de poemas va señalando  la realidad y al mismo tiempo la va creando: saltan ante nuestros ojos las olas repetitivas, los muelles, el mercado, las bicicletas, los cuerpos humanos y animales que portan el movimiento de la vida. Percibo un talante adánico en esta voz que rescata desde el barro la materia para animarla con el soplo de la poesía.

En Portuaria existe también un elemento reflexivo de corte existencial. La voz del poema se cuestiona repetitivamente sobre la causa final de todas las cosas, particularmente en el poema cuatro. Digamos que en el corazón mismo del libro se realiza una larga reflexión sobre el ser de las cosas, su función y destino dentro de este desastroso milagro que de modo económico llamamos realidad. Como continuación de estas meditaciones, en el poema cinco aparecen las tortugas a desovar en la playa para reproducir su ser de tortugas sin otro oficio que el ir y venir desde las olas al mundo. La realidad, pues, se repite en su absurdo una y otra vez, se reproduce a sí misma “donde todo / lo que / empieza tiene / principio de costumbre”.

Sucesión de cuadros de vida, Portuaria pesa más por su capacidad de crear una atmósfera que por el despliegue de sus recursos. Hay que hacer notar que Parra escribe una poesía de trazos sencillos, recurrente en las enumeraciones imaginativas –que no caóticas- y un ritmo determinado por la anáfora. El elemento conceptual pesa poco y esa condición, que muchos podrían ver como una carencia, abre las puertas a un disfrute poético sensual y hasta psíquico no mediado por la reflexión; las palabras parecen  tener una función específica en estas páginas, la de referir la realidad en su carácter de materia bruta. En este sentido es que Portuaria es una obra que adeuda más a las artes visuales y la música que a la propia literatura.

Los seres humanos, parecería ser la gran conclusión de estos siete poemas, pasamos de la nada a la nada: otros vendrán a este puerto y este mercado a ser la vida cuando nosotros ya no seamos. A final de cuentas, como Manuel Parra lo sabe muy bien, “sólo queda el mar y / el sonido permanece”.

 

 

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