Las luchas de Toscana son las mías

David Toscana. Foto: Luis Barrón

 

Álex Ramírez-Arballo

Entre más leo a los novelistas mexicanos contemporáneos, más admiro la obra y la persona de David Toscana (Monterrey 1961). David es un novelista total: su pasión por la escritura es pasión por la vida; en sus novelas atestiguamos la creación de mundos narrativos al amparo de un realismo delirante que conmueve siempre. No me es difícil percibir que sus oficios son el reflejo de una convicción profunda, la del artista verdadero; en varias entrevistas lo he escuchado referirse a la literatura como un arte y esto, que es evidente en sí mismo, parece mantenerse hoy más que nunca en suspensión ante el avance del ruido epocal: la cultura del espectáculo empapándolo todo, incluso las páginas de los novelistas.

Hay otro elemento que me vincula hondamente a Toscana: la obsesión por los puentes entre la literatura y la realidad. La idea de que un libro puede cambiar la vida de una persona o de un enorme grupo de personas me produce vértigos; meditar sobre el poder que tiene las palabras y concretamente la ficción es la reflexión más compleja que podemos hacer en torno al oficio literario.

Sobre la novela en concreto, Toscana tiene claras dos cosas: su concepto y función. Para él, la novela es un artefacto verbal heredero de una tradición, producto de la imaginación y en el que se expresan con más fuerza que en ningún otro género las coloridas contradicciones del alma humana. Si la novela entretiene, también es cierto que nos conmueve y enseña; no podemos dejar de lado, sin matar el género, el carácter magisterial que las grandes novelas de todos los tiempos han encarnado. Ciertamente no me refiero tanto a una pedagogía como a la más sutil de las fuerzas de la inteligencia, aquella sin la que no sería posible ninguna literatura, la seducción.

Detrás de la obra de Toscana se encuentran todas las voces de una tradición entre las que se encuentran obras y autores como El Quijote y el Eclesiastés, García Márquez y Rabelais. A contrapelo de los aires del tiempo, el escritor regiomontano se divorcia sin culpas de los influjos simplones de la cultura popular, particularmente el cine y el rock, en los que otros autores se regodean mientras compiten por ser los más ingeniosos en Twitter. Esto hace que Toscana cabalgue casi en solitario, lo que en términos del mercado, que es el dios de nuestros días y nuestras noches, es una sentencia de muerte; pero esto parece importarle poco: al leer todas sus novelas y cuentos se observa la clara convicción que lo anima en su proyecto. Él ha sido capaz de construir lo que muy pocos han podido, por más populares que sean en las redes sociales: una obra.

Hace algunos años escribí un par de artículos académicos en los que exploraba la representación del espacio en algunas de sus novelas. Ahora creo que dichas investigaciones apenas fueron una expresión germinal que no fue capaz de testimoniar con mínima justicia la calidad de dichos libros. Hace falta mucho más y por la sencilla razón de que el arte verdadero es siempre una fuente inagotable de reflexión.

Estos días he pensado que debería volver a comentar de manera sistemática y rigurosa la obra de Toscana. No solamente desearía hablar del espacio sino expandir mis comentarios hacia otras áreas en las que su ficción crea y se recrea con maestría; resulta tan evidente para mí el cuidado formal de su pluma, que creo podría ser profundamente formativa –y por tanto materia obligada- entre los aspirantes a novelista: la ficción es el resultado de una muy elaborada maniobra de prestidigitación que reclama sabiduría, sensibilidad y algo que muchos autores hoy notables no poseen por más premios que reciban: inteligencia verbal. David Toscana no sólo posee lo que se requiere para ser un novelista de altos vuelos sino que además sabe que lo tiene.

Me viene de pronto a la cabeza el manejo del tiempo. Toscana insiste con obsesión en construir narrativas dislocadas, colocando personajes en diálogo a través de épocas distintas, como si la novela nos comprobara, lo digo apropiándome a posta del vocabulario científico, la posibilidad de unificar los tres tiempos en un juego de refracciones cronológicas.

Toscana tiene en el humor un filón riquísimo. Se trata de una estrategia muy sutil en la que se trasciende el chiste obvio en nombre de una comedia situacional determinada por el absurdo, la referencia histórica, lo grotesco y la deformación esperpéntica causada por las reverberaciones del desierto. Tengo que volver a esto.

Por último, creo que necesito hurgar entre sus novelas atendiendo el concepto de nación o lo nacional. En la obra de Toscana la historia es siempre una parodia de sí misma, una mezcla de carcajadas, absurdo y violencia ejercida en formas no convencionales; el fracaso como destino de una tercera nación arrinconada entre el monstruo del norte y los despotismos culturales de los usos y costumbres del centralismo mexicano. Sus novelas son de periferia, para utilizar esta gastada metáfora especial, pero se trata de una marginalización no maniquea en la que lo más importante no es el “denunciar” la injusticia causada por la opresión de los administradores del poder tanto como explorar en la inherente marginalidad de la existencia humana. Todos somos marginales porque nuestro destino es volvernos polvo: todo poder es una ilusión ridícula. Saber esto y aceptarlo es profundamente liberador.

He leído casi todas las novelas de Toscana[1] y veo con toda claridad una evolución que apuntala algo más que un estilo: una visión de mundo. Si algo deploro en todo caso es la incursión de esos escenarios europeos en los que por motivos biográficos parece haberse interesado; no es una cuestión de calidad sino de afinidades personalísimas. Esperemos que mañana o pasado vuelva al desierto, que es su sitial cósmico.

Ah, una última cosa: las luchas de Toscana son contra los frívolos.

 

[1] De todas sus novelas sólo hay una que no he leído, Evangelia. La tengo en mi Kindle desde hace meses y un día de estos la visito.

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