El ala de la paloma

 

Ilustración de Iris M. Valencia

Alfonso Marín

 

Lucía miró su reloj una vez más, la demora comenzaba a irritarla.

̶ Ya deja eso ahí, llegaremos tarde a la función.

̶ Es que no comprendo. ¿Cómo se supone que esta palanca debe levantar la válvula del tanque? Simplemente no acciona. ¡No entiendo!

Roberta sostenía la pieza de metal entre sus manos, dándole vueltas como si esperara que en algún momento la misma le diese una respuesta. Lucía tomó el instructivo que yacía en el piso del baño.

̶ Esa es una palanca lateral, no va a servir, la de nuestro tanque es frontal.

Roberta le arrebató impaciente el papel y chistó molesta.

̶ Nunca en mi vida he visto un inodoro con descarga lateral. En fin, vámonos a esa función pues. ¿Cuál es la prisa? Igual hay otra más tarde.

Lucía subió al automóvil y Roberta tardó todavía cinco minutos más en salir, activó la alarma de la casa y subió al auto con una sonrisa triunfante.

̶ Ya la hice funcionar.

Lucía no quiso averiguar más. Aunque un poco sorprendida, preguntándose qué clase de truco habría hecho su pareja; echó a andar la camioneta rumbo al cine.

La vida de estas dos mujeres transcurría en lo cotidiano de cualquier pareja heterosexual. Roberta asumía el rol de las labores de casa, aunque algunas rayaban en tareas meramente masculinas. Estaba ya jubilada, ejerció la docencia desde muy joven. Lucía impartía clases de inglés en la secundaria donde se conocieron. Roberta era veinte años mayor que aquella, hicieron click desde el primero momento.

Lucía aún seguía dando clases en un instituto privado y en sus ratos libres se dedicaba a hacer traducciones oficiales. Habían compartido una vida juntas por casi veinte años. Al principio, Roberta era muy detallista, se desvivía en sorprenderla con pequeñas regalos, eso a Lucia la abrumaba un poco, pues no era del tipo romántico.

Con el tiempo, las cosas fueron cambiando, Roberta fue perdiendo la creatividad y a Lucía pareció no molestarle o quizás ni siquiera lo fue notando. Ya no había más regalos o mensajitos en el gabinete del baño cada mañana. Un “te amo” se volvió una frase más adecuada para los días de San Valentín. Quizás Roberta asumió que ya lo sabía bien y no necesitaba repetírselo. Sin embargo, Lucia comenzó a sentir esa carencia de romanticismo en su relación y una tercera entró al escenario. La joven madre de uno de sus alumnos comenzó a insinuarle su interés.

Todo comenzó con un café en la sala de juntas de la escuela. Luego una invitación a comer, y finalmente, una copa en el lobby de un hotel, donde el coqueteo se consumó en una relación extramarital, la primera para ambas.

Aunque Patricia estaba celosa de su rival, nunca le apuntó siquiera a que la dejase, pues quizá Lucia también le habría pedido que hiciera lo mismo con su marido. Para ninguna de las dos era concebible dar tal paso, ellas sabían que sería el derrumbe de sus vidas.

̶ ¿Te conté que Roberta se aventó una buena con la palanca del inodoro? ̶ comentó Lucia mientras fumaba un cigarrillo después de hacer el amor.

̶ ¿Qué hizo?

̶ Compró sin fijarse una palanca lateral, luego se dio cuenta que no funcionaba, pues nuestro tanque es de maniobra frontal. Imagínate el berrinche, pero la hizo funcionar a fuerza: dobló la vara metálica y la convirtió en frontal. Quedó algo floja pero funciona el desagüe.

̶ ¡Roberta, Roberta! El señor de la casa. Nunca me ha gustado ese nombre, es muy “hombruno”, me hace pensar en una mujer robusta y obvia.

̶̶ Roberta no es así, no la has conocido todavía.

Lucía apagó el cigarrillo y comenzó a vestirse.

̶ ¿Estás molesta?

̶ No –respondió luego de una pausa con una ligera sonrisa.

Patricia también hizo lo mismo dándole la espalda. Lucía observó sus definidas curvas y su piel suave. Uno de sus pechos asomaba firme un poco de perfil. Era claro que aquella figura femenina y en plena juventud, no tenía comparación con la de la mujer madura con la que compartía su vida. Sintió vergüenza de sí misma, le daba pena admitir que no podría darse el lujo de dejar atrás la aventura, mucho menos dejar a la mujer de su vida por la que calmaba sus hormonas.

Una noche Lucía despertó con un fuerte aroma a canela en el ambiente. Roberta no estaba a su lado. Se levantó y fue directo a la cocina envuelta en una bata calientita. Encontró a su pareja parada frente a la estufa, cruzada de brazos, observando una cazuela que burbujeaba.

̶ Ya no hacen la canela como antes. El agua lleva veinte minutos hirviendo y todavía no se pone color pardo.

̶ Tienes toda la casa penetrada con ese olor. Además la canela no es manufacturada que yo sepa.

̶ Será el sereno, pero a mi madre le quedaba perfecta, en aquellos tiempos todo era más natural. Ahora quien sabe, pudiera ser sintética. ¿Quieres una taza?

̶ Quiero dormir.

Escenas como aquella fueron haciéndose más recurrentes. Siempre la encontraba en algún rincón de la casa reparando o haciendo algo sin motivo o razón aparente. En una ocasión la encontró tallando con fuerza la barra de la cocina.

̶ Aquí hay una mancha extraña. Por más que le doy no se quita, parece que sólo se mueve de lugar.

Los episodios posteriores llevaron a Lucia a tomar una decisión, y contra la voluntad de Roberta fueron a buscar ayuda profesional. Tras una serie de preguntas y auscultaciones bastante incómodas, Roberta tuvo que esperar fuera del consultorio.

̶ Figúrese usted –le comentó a la recepcionista–, a mí me registraron de pies a cabeza y es a ella a quien le van a dar el diagnóstico. Estos médicos locos de hoy en día.

Para Lucía la palabra Alzheimer más bien era parte de chistes de humor negro, nunca pensó que llegaría a entrar en sus vidas. Permaneció largo rato en silencio escuchando las indicaciones del médico. Salió del consultorio, tomó a Roberta del brazo y salieron de ahí a paso lento.

Roberta asimiló su padecimiento con serenidad. Lucía percibió un cambio ligero en su actitud al principio, tal vez quería evitar que se preocupara al dejarla sola todos los días. Propuso contratar a una enfermera de medio turno, Roberta se negó tajante.

̶ ¡Imagínate! Hasta ahí llegaría nuestra intimidad.

Lucía estuvo de acuerdo pero en el fondo se preguntó si realmente la tenían. La vida que llevaban desde hace años era más parecida a la de madre e hija viviendo solas. Roberta se dedicó a leer más, buscó libros de ayuda y juegos de mesa que practicaba en sus ratos de soledad. Por ahí había leído que ejercitar la mente con acertijos y rompecabezas podría prevenir la enfermedad, aunque para ella fuera tarde había al menos una esperanza.

Patricia empezó a sentir cómo Lucía se alejaba poco a poco. Sus encuentros fueron cada vez más esporádicos y sintió que la perdía. Una tarde la citó a una habitación de un modesto hotel, discreto y alejado como era su costumbre. Se compró lencería provocativa, como a Lucía le gustaba. La esperó durante casi dos horas y finalmente apareció. Se sintió decepcionada al no encontrar en sus ojos aquella chispa que se encendía en ocasiones como ésa. Durante un rato permanecieron en la cama abrazadas, sin caricias, en silencio. Ninguna dijo una sola palabra. La sintió tensa, preocupada.

̶ Ha empeorado –comento Lucía.

Patricia no supo qué responder. Una sensación de gravedad recorrió su espina dorsal. Tomó la mano de Lucía y la colocó sobre su pecho. Lucía dejó su mano ahí unos instantes, sin calor. Un nudo en la garganta enmudeció a Patricia. La mano se retiró de modo suave.

̶ Ya no… ya no –sollozó Lucía.

La vio salir de la habitación con paso lento, como si cargara el mundo a sus espaldas, ni siquiera le regaló una última mirada. Una débil esperanza de volver a verla le dio un poco de calma. Al cerrarse la puerta una ráfaga de viento levantó el tergal de la ventana, quedó suspendido en el aire por unos instantes y regresó a su lugar, como el ala de una paloma que alza su vuelo prometiendo volver.

 

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