Los tips de la memoria

 

 

Carlos Sánchez

Se me vuelcan los recuerdos. Se me vuelcan los días de ver a mis amigos existir. Los que ya no están. Esto me ocurre con mayor énfasis desde ayer que Ángeles me regaló el más precioso legado que nos deja un poeta: sus libros.

Particularmente con uno de esos muchos ejemplares que ahora rondan de manera ordenada la sala de donde vivo: 52 tips para escuchar a Mozart.

Lo firma Eusebio Ruvalcaba, él lo escribió, y lo rubrica en la primera página, esa que incluyen los editores precisamente para que el autor eternice su nombre desde su puño y letra.

La dedicatoria está dirigida a José Carlos Esquer: “En mi agradecimiento por sus palabras, y la dicha de este encuentro. Enero 2007, Álamos, Sonora”.

En este vuelco de la memoria, con el ejemplar en mis manos, antes de apagar la luz de la noche, regreso al enero aquel precisamente del 2007, en esa región colonial, en contexto del festival musical por excelencia, el Ortiz Tirado.

Allí encontré a ambos escritores, el Eusebio y el José Carlos. Por aquellos años José tocaba con una banda de blues bien picuda: Tashne. Y se congregaban como parte del programa de esa edición del FAOT.

Eusebio, incansable escritor, melómano, acudía a la fiesta para presentan el libro de marras. Nos encontramos con un abrazo, Eu y yo. Luego me invitó al auditorio del Museo Costumbrista. Allí mismo se presentaría su libro, con comentarios del José.

Antes de subir a escena, Eu me tomó del brazo, No me dejes solo, me dijo. El tono de su voz era el de un niño temeroso. Su mirada contenía un mundo de desolación. José me conminó también, Haz el paro, carnal.

Allí estábamos, yo describiendo regiones de la obra de Eu, contando desde la imaginación el entorno donde el autor construía sus libros, en ese cuarto desordenado que él mismo describiera en alguno de sus textos publicados en la columna que por años tuviera en las páginas de cultura de El Financiero.

El José por su parte escrudiñó a detalle el contenido de los 52 tips… Leyó fragmentos de la obra, condujo a los presentes hacia la emoción de la música compuesta por Wolfang.

Eu, como siempre, miraba hacia el público, sorprendido, indagando como niño. Preguntas y respuestas, el comentario de una señora, Nosotros vinimos desde Obregón solo para escucharlo, señor Eusebio, gracias por venir.

Hubo vino, inevitable tanto para José como para Eu. La alegría de la bebida en las voces de ambos poetas. Comentamos ya post presentación, algunos detalles del concierto de la noche anterior, donde Tashne congregó incluso a la comunidad norteamericana que radica en Álamos. Fue un concierto de ensueño.

Salimos a dar el rol. Eusebio me abrazó como abrazaba a sus amigos. Vestía un jorongo verde. Con la melancolía siempre encendida, me comentó que le era necesario acabar con su vida. Ya hablé con Guillermo Arriaga, mi amigo, le pedí que me regresara la pistola que le di a cuidar.

Dijo otras cosas que al escucharlas decidí olvidar.

Hablamos de los hijos, me comentó que siempre que conversábamos algo se le revelaba, y le caían muchos veintes. Nos hicimos una foto. Nos tomamos un trago, o dos, fuimos a cenar y caminamos por encima de la fiesta.

Pasaron los años. La desgracia que provoca la ausencia de una Catarina, me convirtió en harapo de los días. Allí estuvo el José. Conminándome a continuar en este juego de vivir, Con alegría, carnal, con alegría. La frase como un himno. Repetirla, repetirla para no perder el rumbo, para no extraviar la cordura.

Eusebio y José me regalaron uno de los capítulos más preciosos en eso de la palabra amistad. Las sonrisas de ambos tuvieron la coincidencia de mis ojos en ellas. Estuve feliz.

Han pasado los años, insisto, y ahora que estos 52 tips… caen en mis manos, la mirada se me empaña. La respiración hace una pausa. Inevitable la nostalgia. La contradicción del no saber si salir corriendo o rezar un credo. Espetar que el mundo es maravilloso porque me puso en el camino a mis dos carnalitos que ahora sé que no están, pero están más dentro de mí que nunca.

Tengo sus libros como legado. La herencia de la desolación de la mirada de Eu, la herencia de la sonrisa del José, como una convocatoria a la conclusión de: Así es esto, no chille, cabrón.

Ahora que yo sigo aquí y ellos moran por allá, sólo me dispongo a escribir, como un cometido de atención a ambos, porque los dos me lo dijeron, los dos creyeron que yo podía decir la literatura. Ambos me dieron ese empujón hacia la autoestima.

Y en esto de escribir también me es inevitable mentarles la madre, porque, camaradas, que manera de abandonar este barco donde cada vez me siento más solo. Afortunadamente la vida también es un tip, y sé que tarde que temprano nos daremos un abrazo allá, entre libros, tragos y música.

Mientras esto ocurre, que ganas de verlos a la de ya, y darles un beso en sus sonrisas. Sé que un día será.

 

 

 

 

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