Temporada de huracanes de Fernanda Melchor 

Alex – Ramírez Arballo

El matrimonio entre el activismo y la literatura es siempre de conveniencia, y en estos malditos arreglos suele salir perdiendo esta última. Digo esto al pensar en la literatura de denuncia, sobre todo en el contexto de violencia extrema que vive un país como México; algunas plumas, sobre todo aquellas afines al ejercicio periodístico, han recurrido a la ficción para mostrar -supongo que motivados por una auténtica indignación- una realidad dolorosa e injusta: se sienten impelidos a hablar de los muertos y de sus asesinos para forjar un testimonio del crimen con la esperanza de que, no se sabe ni cómo ni cuándo, se haga justicia. Hay un mercado para esto y ellos lo saben. La popularidad reciente de la novela negra, por ejemplo, no es un asunto casual, así como la visibilidad que han alcanzado las crónicas de narcos empapadas hasta la raíz por la sangre de miles y miles de víctimas reales. Por motivos estrictamente comerciales, muchos escritores han decidido escribir con el lenguaje de las calaveras.

Pero no nos confundamos, en el caso de Fernanda Melchor tenemos otra cosa. Temporada de huracanes es al mismo tiempo crónica de sucesos, exploración exhaustiva de la distorsión moral, antología de la promiscuidad, documento antropológico, declaración ministerial, tratado social, pero sobre todo y ante todo una novela de una calidad extraordinaria en la que, como en todas las grandes novelas, los elementos más diversos conviven sin confusión ninguna de sus partes: es un universo autónomo al que nos asomamos como al pozo de los oráculos funestos. No hay oportunismo alguno en su obra. Es evidente que Fernanda mantiene un compromiso radical con la literatura, es decir, con el lenguaje. Los reseñistas comienzan a decir que su oído es prodigioso, pero también lo es su mirada y su tacto y su olfato y todo lo que haga falta, agrego yo: su maestría consiste en asir la realidad desde diferentes ángulos para presentarnos una mirada de conjunto que sobrecoge y engaña deliciosamente. Fernanda no hace juicios, no establece quiénes son los buenos y los malos y, en consecuencia, renuncia al maniqueísmo moral e ideológico que embadurna casi todas las páginas que hoy se escriben en México en torno a la violencia.

No me es difícil inferir que detrás de esta novela se encuentran muchísimas horas de tarea periodística, curiosidad y pasión por el testimonio; los personajes de esta novela se encuentran tremendamente vivos y pagan con dolor el precio de su encarnación. Por eso es que desde la primera hasta la última de las palabras que constituyen Temporada de huracanes me he mantenido en vilo, seducido hasta la médula, experimentando ese delicioso estado de duermevela literaria al que nos conducen algunas muy pocas y privilegiadas plumas.

Tengo que decirlo ya: Fernanda Melchor es puro vértigo. Su novela avanza a una velocidad capaz de arrebatar el aliento al más plantado, por eso me dejaba atrás a cada rato y entonces no tenía más remedio que cerrar el libro buscando recuperar el aliento para poder continuar: es muy difícil competir con semejante capacidad pulmonar. Estas páginas te gritan al oído, literalmente, para contarte con prisa lo que guardan: su secreto. La literatura -lo he dicho tanto- es sobre todo un artificio, un acto de magia ante el cual cedemos con la inocencia de los niños si es que el ejecutante realiza el truco con maestría. Fernanda lo hace. La frontera entre imaginación y realidad se diluye, como en esos estados tan felices de la embriaguez.

He mencionado ya el manejo del lenguaje, que recupera la oralidad, el habla de los marginados de un pueblo infernal de Veracruz, algo que hace sin que se advierta a través de esas voces el menor asomo de parodia o humor involuntarios, como tantas veces sucede entre quienes buscan reproducir fielmente el habla popular. En esto Fernanda es ejemplar. Pero hay que destacar también la estructura de su novela, que se olvida de los párrafos –apuesta mortal, sin duda- y sale avante; además, las voces de todos los involucrados en el epicentro de la novela (el asesinato de una bruja) van aportando perspectivas en un juego de puntos de vista, suerte de alternancia de cámaras que permite al lector ir completando una a una las piezas del rompecabezas. Recuerdo haberle escuchado a Daniel Sada alguna vez que lo más difícil de una novela es encontrar el punto de vista, pues bien, en el caso de Temporada de huracanes entiendo que ese esfuerzo de composición hubo de verse multiplicado, aumentando, como es natural, las complicaciones y riesgos de su escritura.

Esta es una de esas novelas que al cerrar te dejan en la mente un eco. Hoy al ir a trabajar iba pensando en ella, en los escenarios, en el hedor y la mugre, en el crimen y el abandono. Todo se me presentaba de nuevo y seguro que quedará ahí durante algunos días; al mismo tiempo, sé bien que debo volver a releerla para comprender mejor y detectar las sutiles maniobras de composición que seguramente se me escaparon durante la primera lectura. Hay en esta obra un carácter magisterial que no debería desdeñar nadie que aspire a ser escritor de novelas; no es casualidad que un texto alcance tales alturas porque la gran arquitectura literaria no puede ser considerada jamás un accidente. Es claro que detrás de Temporada de huracanes hay años de trabajo y, sobre todo, la humildad de quien ha sometido al escrutinio de otros ojos su trabajo: no se puede escribir una gran obra sin el concurso de otras opiniones, ni se puede aceptar la crítica cuando la persona tiene el corazón anegado por la soberbia.

El gran mérito de Fernanda Melchor es que ha apostado por el todo, y ha ganado. Debe sentirse muy orgullosa de su trabajo y si yo fuera ella –dado la envergadura de lo ya conseguido- experimentaría un dulce temblor al cerrar los ojos para imaginar los días que vienen.

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