La peor borrachera de nuestra vida

Bitácora de su ausencia

Juan José Flores Nava

Hija, he vuelto a verte luego de mucho tiempo. No voy a recordar cuánto ha pasado porque sé que para ti, igual que para mí, el tiempo que estamos lejos el uno del otro no se mide en horas, días, semanas, meses o años, sino que vamos sabiendo y sintiendo nuestra ausencia porque el corazón pesa un poquito más cada vez que cae la noche y no podemos abrazarnos antes de marchar, cada uno, a dormir.

Hoy estás aquí, mi pequeña, a mi lado. Hemos vuelto a caminar juntos, a leernos historias de viva voz, a soñar el porvenir y pintarlo en el aire con nuestras manos, a rememorar y cantar juntos melodías divertidas o absurdas, a mirar todas las películas y series que te prohibe tu madre, a comer en los sitios más insospechados (siento mucho que te hayas enfermado el otro día con esos deliciosos tacos que olían tan rico).

Me has dejado recitarte, también, uno que otro poema de algunos de mis autores más queridos como Oliverio Girondo y Fernando Pessoa. Del primero te gustan los versos que dicen: “Cansado./ ¡Sí!/ Cansado/ por carecer de antenas,/ de un ojo en cada omóplato/ y de una cola auténtica,/ alegre,/ desatada,/ y no este rabo hipócrita/ degenerado,/ enano.” Estos versos te gustan porque te recuerdan a tu perra, a quien llamaste cometa por su extensa y peluda cola que mueve siempre de un lado a otro con frenético vaivén.

De Pessoa te ríes cuando dice: “Creo en el mundo como en una margarita, / Porque lo veo. Pero no pienso en él / Porque pensar es no comprender…/ El mundo no se hizo para que lo pensáramos / (Pensar es estar enfermo de los ojos) / Sino para mirarnos en él y estar de acuerdo…” Y te ríes con infantil hartazgo porque dices que los adultos nunca hacemos caso a lo que vemos, a lo que tenemos frente a nosotros, que siempre estamos pensando y pensando y pensando: en lo que queremos, en lo que extrañamos, en lo que no tenemos, en lo que vamos a conseguir, en lo que hay que hacer…

Pero no puedes quejarte, corazoncito mío, del tarareo de mis ocasionales versos, pues he dejado varias veces que me recites, paso a paso, tus aburridas recetas de repostería, que –lo sabes bien– sólo me gusta devorar, nunca escuchar: el rápido y eficaz pay de limón, el asqueroso y esponjoso pan de plátano, el imposible, inconsistente y sin embargo delicioso strudel de manzana y las galletas con chispas de chocolate que una y otra vez te resultan con formas tan extrañas, tan amorfas, que en lugar de galletas parecen rocas volcánicas.

Entre tantas horas de viaje, entre tanto tiempo juntos los últimos días, ha sido inevitable hablar de los primeros años a tu lado. Me has pedido que te lleve (y así ocurrió) al lugar donde naciste, que visitemos juntos tu primera escuela, que engullamos aquellos tamales que (en efecto) son los mejores que hemos probado, que entremos a la biblioteca en la que se haya el recinto donde probaste y masticaste (sin metáfora alguna) tus primeras páginas, que andemos, en fin, recorriendo muchos de los sitios que resguardan parte de tu memoria más noble y hermosa –¿te das cuenta ahora que los recuerdos, que la memoria, no sólo se encuentran en tu cabeza, que no son sólo neuronas actuando sino también (y sobre todo) lugares, palabras, aromas, gestos, texturas, superficies, figuras, colores, formas…?

En el tiempo que  empleamos para visitar el pasado, tu consciencia no ha podido trasladarte, muchas veces, a un escenario en el que puedas revivir circunstancias precisas que yo intento rearmarte como piezas de lego: tus primeros días de kinder (ese lugar que los antiguos, los más antiguos que yo al menos, llamaban parvulario); los paseos por la universidad cuando apenas estabas aprendiendo a hablar; el baño de lluvia helada que quisiste darte y que te permití a pesar de la letanía que seguro me esperaba (y me esperó con intereses leoninos) al llegar a casa; la vez en que me detuve a tomar un par de cervezas (juro que fue sólo un par) mientras tú jugabas a trenzar unos changuitos de plástico bajo la mesa hasta que te dormiste sobre una cama de sillas que ahí mismo construimos tú y yo; y, desde luego, cómo no reconstruir aquella tarde en que fuiste conmigo a conocer un pueblo cercano y terminaste ebria de alegría gracias a un jarrito de aguamiel de agave, que te bebiste mientras correteabas a una mamá gallina y te enfrentabas más tarde (con inusitada valentía, eso sí) a unos guajolotes camorreros que andaban por ahí robando el maíz que tirabas y que, según tú, era sólo para la gallina y sus pollitos.

Así pues, mi pequeña, cuando reinventes –como ahora conmigo– los fragmentos de tu extraviada y más tierna infancia,  hazlo con una sonrisa y siempre con suspicacia. Ya mi amiga Raquel nos hizo sonreír y creerle hace unos días cuando nos dijo que los primeros años de nuestra niñez son la peor borrachera de nuestra vida: todo mundo nos dice con santo y saña qué fue lo que hicimos, mientras uno sólo sabe -como el sabio griego a quien le adjudican esta frase que, para colmo, nunca dijo-, mientras uno sólo sabe, sí, que no sabe nada.

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