Del cuerpo  (2012) de Mauricio Ortiz

 

Alex – Ramírez Arballo

De vez en cuando, muy de vez en cuando la vida nos prepara una dulce sorpresa a los lectores: un libro que parece cosa de encantamiento. Así me pasó con Del cuerpo, obra singularísima, apasionada, luminosa y simple de Mauricio Ortiz (Ciudad de México 1954). Sucede que alguien, no sé quién, anunció por Facebook la presentación de este libro en alguna parte, y de pronto el título me atrapo de inmediato por la sencilla razón de que me encuentro leyendo una serie de ensayos llamado Carnal Hermeneutics, editados por el profesor Richard Kearney del Boston College; así que muy en sincronía con mis estudios actuales, apareció el libro del doctor Ortiz (porque es médico y con estudios postdoctorales en Vermont). Una rápida ojeada a la sinopsis del libro me confirmó las sospechas: ahí había algo que pedía a gritos mi lectura.

El doctor Ortiz posee una mirada envidiable, es ante todo un observador. Leer sus textos breves es confirmar nuestras propias intuiciones de cara al mundo; la prosa cortada a láser, como dice el extraordinario Antonio Tabuchi en el prólogo de la segunda edición revisada de Tusquets, nos habla de la carne, del ser que somos al vivir, atrapados deliciosamente en la materia y en las imposibles alquimias de la fisiología. Fenomenólogo y bribón acucioso, Ortiz se detiene en los pliegues y turgencias de la carne, en los mecanismos de relojería de las tripas, en la hidráulica sanguínea y linfática, en las miserias jocosas de las excreciones; pero también va un poco más allá y no separa al ser humano de su contexto, y lo proyecta hacia sus relaciones con los demás y con el escenario del mundo, su hábitat. Entiende muy bien que el cuerpo es también conciencia de sí mismo en su condición de peregrino en este valle de lágrimas y carcajadas en el que un buen día brotamos, como el fuego o como las plantas.

Hay en lo textos de Ortiz un profundo gesto de amor. La mirada que colecta revelaciones del cuerpo es la que ha sabido contemplar con emoción la maravilla humana que somos; el tono de su prosa me recuerda por momentos a Cortázar o Arreola, a Julio Torri o el Neruda de las Odas elementales, aunque quizás en la raíz de todos se encuentre una sola voz, satírica y vehemente, la de Ovidio.

La prosa que ha construido este libro es de altos vuelos, es decir, es económica siempre, precisa hasta el pasmo, absolutamente necesaria para decir lo que dice. Cada texto es justo lo que debe ser, sin ornamentaciones fatuas ni cojeras que afeen su evidente belleza. Son textos sopesados, hijos de la cavilación y la paciencia; me es fácil imaginar al autor midiendo y pesando, limando y puliendo aquí o allá hasta alcanzar el resultado exacto. No cabe duda que los arduos trabajos de laboratorio del doctor Ortiz han sido de enorme utilidad, pero no para la ciencia sino para la literatura, que para fortuna nuestra ha sido la patria que finalmente ha escogido.

El cuerpo aludido en Del cuerpo no es el cuerpo humillado y sufriente de nuestra tradición judeocristiana, sino ese cuerpo jubiloso de los paganos, que se abre a una metodología de hondos placeres sin remordimiento: “Pobres de aquellos que añaden una culpa a todas luces imbécil”, nos recuerda al pensar en los deleites del autoerotismo, la defecación, la molicie o la cópula.

Finalmente, creo -y en esto sigo a Kearney, el profe de Boston- que el sentir es comprender, que los sentidos no son medios sino matrices de sentido y, sobre todo, que los artistas y los libertinos han sabido esto desde siempre. Sentir la vida en lo más inmediato, que es el roce y el gusto, es conocer de un modo simultáneo lo que somos. Lejos de toda concepción antropológica o de sesuda metafísica, el sabernos cuerpos que expelen flatulencias, eyaculan, menstrúan, padecen jaquecas o dolores de tripa, nos vuelve participes de una humildad iluminadora en la que no escasean la dignidad y la ternura. Se trata de aceptarnos como somos, pequeños y simples, pasajeros, fundamentales y perecederos: a todos lados va con nosotros la muerte, ese límite innombrable de lo que somos, que, como dijera Heidegger es siempre la muerte de otro, que nos aguarda pacientemente y que ejecutará su plan definitivo en la hora y el lugar señalados. Lejos de la vaciedad existencial, lo que se impone es saborear desde el cuerpo la vida, como si fuera un pastelillo irrenunciable. ¡Bendito sea Dios! La vida es aquí y ahora, nos recuerda Ortiz, porque mañana o pasado, cuando se haya cumplido el tiempo, será demasiado tarde para todo y la ausencia absoluta e irremediable importará ya muy poco. “Se dice que los muertos se aparecen y hablan. Yo sólo escucho silencio”.

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