Cosas pequeñas y extraordinarias

Foto: Juan Casanova

 

Carlos Sánchez

Es difícil reconstruir lo que pasó, la verdad de la memoria lucha contra la memoria de la verdad. Han pasado años, los muertos y los odios se amontonan, el exilio es una vaca que puede dar leche envenenada, algunos parecen alimentarse así. (Juan Gelman. Bajo la lluvia ajena (notas al pie de una derrota. Roma, 1980. Fragmento).

Tengo en mis manos un libro de Juan Gelman. Quizá para que el tiempo no me arrebate el tren que recorre las vías de mi interior.

Digo, ese tren fantástico y doloroso que emprendió su recorrido el domingo por la tarde, en el Teatro de la Ciudad, en el contexto de una muestra donde se exhiben las obras que caben dentro de un programa.

Busco a Gelman para reiterar los dolores de ese domingo por la tarde. Porque deseo estar con ellos. Quizá como un acto solidario para con Micaela Gramajo, la niña Emma quien al final de la puesta terminó hecha un mar de llanto. Del tamaño del mismo mar en el que espectadores estuvimos inmersos. Un mar real que es capaz gracias al talento de la puesta.

La poética de Cosas pequeñas y extraordinarias (autoría y dirección de Daniela Arroio y Micaela Gramajo), habita en todo momento: en la textura escenográfica, la iluminación, el look perfecto donde la mirada se convierte en catarsis.

La fantasía es un dulce exquisito que como espectadores nos lo chutamos completito. Y nos sumergimos en esas olas de la desolación, en ese misterio de talento en el cual un gato habla y es a su vez una balsa en el naufragio de la desesperanza.

Puedo (quizá debo) escribir una sinopsis de la obra, redactar que la anécdota es la desaparición forzada contra los inquietos que no se callan y proponen la verdad ante el mundo dentro de un país donde el gobierno ejerce la crueldad desde su indiferencia y su tiranía. Aplastar a la gente como se aplasta de manera intempestiva un a un lecho donde conviven las hormigas. Así de fácil.

Micaela Gramajo y Daniela Arroio, conocedoras vivenciales del tema de las desapariciones forzadas, generación a la que pertenecen y son el exilio inevitable, llevan a la dramaturgia el tema que les lacera la memoria: el extravío de los suyos, los dolores de los padres, los abuelos, la familia entera que pasa la vida sin poder asimilar la ausencia que construye el poder gubernamental sinónimo de crueldad. Hasta la fecha. Por siempre.

Regreso a Gelman y en sus versos encuentro toda la verdad que asimilé en el montaje escénico ese domingo por la tarde. La voz de Juan, el poeta, me revive una y otra vez el argumento de Cosas pequeñas y extraordinarias.

La habilidad de Gelman para construir los versos del dolor, escribirle a su hijo que no regresa. La inteligencia de quienes integran la compañía de teatro Proyecto Perla, se me imbrican en la mirada y me viene a la boca un sollozo de incomprensible gratitud.

¿Por qué agradezco que me compartan los dolores, en el libro de Juan, en la puesta en escena de Micaela y Daniela? Debe ser quizá reacción por todos los muertos cuyas madres no han podido llorarles. Porque, parafraseando a Javier Valdez, periodista asesinado en mayo próximo pasado: No puede haber funeral sin cadáver.

Mirar este montaje es volcarse a la realidad, hacer una pausa a las banalidades, dejar de lado el iphone y el facebook, reflexionar y contar a todos y cada uno de los camaradas desaparecidos, o a los que encontramos ya sin aliento.

Regresar a la mirada puesta en ninguna parte que se inscribe en el rostro de las madres que no han vuelto a ver a sus hijos. Puedo citar a Esperanza, madre Alfredo Jiménez Mota, periodista desaparecido y bendita casualidad, también creció viviendo en cercanía con el mar.

Volver en la memoria sobre el nombre de Consuelo, la maestra del barrio, quien tampoco supo donde quedó su hijo Marco. Se lo llevaron y ya.

Vuelvo a Gelman porque no me alcanza la capacidad para describir la gracia de quienes hacen este montaje, vuelvo a Gelman porque su legado literario me abraza como refugio. Qué impotencia mis limitantes.

¿Cómo hago para decir que Cosas pequeñas y extraordinarias, de principio a fin, es la genialidad en escena, la virtud de contar la realidad borrando de manera total la palabra panfleto?

En una hora dentro del teatro, la magia es alegría, el ingenio es plausible. Espectadores que nos dejamos conducir por el narrador, por la fantasía de los recursos escenográficos, por toda esa verdad que vemos y vivimos y a la cual no le ponemos ningún pero. Los actores, Dios mío: cuanta calidad.

Esa tarde de domingo, al regresar a casa, me preguntaron: ¿De dónde vienes? Desde el sub consciente respondí: Vengo del mar. Y estoy feliz.

 

Entradas recientes

Categorías

mambo Autor: