Dicen que los perros sienten las ondas de temblor antes de que sucedan

 

Sandra Romandía

Escuché de fondo lo que podría parecer la alerta, pero fue hasta que reconocí la alarmante voz “alerta sísmica” que confirmé.

El día anterior hubo una alerta fallida, así que dudé en bajar de casa, pero la duda solo se atravesó tres segundos y mejor abrí la puerta y dije: Facundo, vámonos.

Facundo estaba en shock: me veía y no reaccionaba: ojos abiertos y no salía. Dicen que los perros sienten las ondas de temblor antes de que sucedan. Lo tomé por la fuerza y me lo puse bajo el brazo para bajar los dos pisos que nos separan de la calle. Apenas planté un pie en la banqueta y la tarea de llegar al camellón que atraviesa Álvaro Obregón se volvió una odisea que describo que es algo así como caminar sobre una tabla en el mar.

Parecía imposible avanzar sin marearme o caer en esa vía norte de la avenida que solo tiene espacio para unos tres carriles. A medio camino de la travesía todo se puso oscuro y empezaron los gritos y llantos. Caminábamos como zombies, asustados, unos en silencio, otros en histeria. Casi al llegar al camellón me tuve que detener de alguna espalda desconocida para no caer y fue entonces que voltee a ver el edificio: moviéndose como una torre de hule, o como una flor alta en el campo, bailando de un lado a otro a la voluntad del viento o de algún Dios.

Señoras rezaban y lloraban a la vez echadas sobre el piso. Facundo solo miraba quieto sin buscarle pleito -como pandillero que es- a los perros de los demás vecinos que inundaron la banqueta central. Las alarmas de autos imploraban algo. Los estacionados se movían, las lámparas de los restaurantes de esta avenida danzaban con prisa. Los postes igual se mecían en movimientos que parecían que nunca iban a acabar. “Ya va a terminar, ya está pasando”, consolaba una muchacha a su madre que no dejaba de gritar y llorar.

Los segundos y minutos eternos. Luego el silencio de la gente cuando acabó, como para asegurarse del fin del terror. El celular se llenaba de mensajes e información -bendita tecnología- y todos confirmaban que estaban bien, aunque había sido el sismo más fuerte en 100 años.

Al llegar a casa solo encontré una mesita plegable y una puerta del closet tiradas. Tengo casi 10 años viviendo aquí y he vivido varios sismos, pero nada como esto. Querida madre tierra: duerme en paz unas décadas más, prometeremos cuidarte.

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