Juan Hernández: un cortometraje puede ser el principio de una gran carrera cinematográfica

 

Carlos Sánchez

Fue en la infancia cuando a Juan le cayó una cámara fotográfica en las manos. El regalo de uno de sus tíos: vaticinio, premonición, tal vez una dulce condena. Convertirse en el fotógrafo de la familia fue la consecuencia de facto. Hoy es fotógrafo de cine.

Juan Hernández nació en un pueblo chico, agrícola, de Andalucía, España. Desde ahí tuvo un sueño, el cual ha satisfecho: filmar en Estados Unidos. Por sus locaciones, por lo entrañable de las películas que le ha tocado mirar.

A ese sueño le suceden otros. Ahora sus noches se convierten en duermevela (porque Juan es obsesivo) y al despertar se empapa de la luz de la ciudad que es Hermosillo, lugar al que vino por amor.

Inquieto y perturbado. Las ideas interminables como espuelas en las costillas.

Juan es elocuente, la destreza de la palabra: equipaje de vida. Habla y convence. Los argumentos en cada frase que construye. La capacidad de la transparencia. Un niño perenne que contiene en la mirada y el cual se le dispersa a la menor provocación.

Dice Juan, (en contexto de la charla La fotografía en el cine, en el marco de Fotosonora que organiza Instituto Sonorense de Cultura) que un cortometraje puede ser el principio de una gran carrera cinematográfica.

Lo dice con el ánimo de contaminar de entusiasmo. Con el deseo de encender a los presentes, que no son pocos. Algo tiene el cine en Sonora que cada vez encuentra más respuesta a las convocatorias.

La evidencia latente es esta charla con Juan, en la Sala Luis López Álvarez de Casa de la Cultura. Adonde fotógrafos, productores, directores, y la banda en general, aficionados incluso, estuvieron para aprender, conocer.

¿Cuántos kilómetros de vida tuvieron que acontecer para que Juan llegara a compartir su talento con los sonorenses? ¿De dónde surge la generosidad que es seguridad en las palabras de Juan? Gesticula y es su rictus la simpatía constante.

A pesar de la mala fama que tengo, no me como a nadie. Advierte Juan para romper la estática física que generan los temores, la incertidumbre, para que la conversación fluya. Y ocurre, la banda desde hace un buen que anda formulando preguntas inteligentes.

En esta charla no es excepción, Juan lo magnifica, se monta en la caja de bateo y en un solito llena las bases, pega jonrón. Como pez en el agua, fácil. Porque él mismo lo aduce: No entendería cómo alguien desea ser artista a medio gas. Juan se sumerge en las aguas de la desolación, la creación, de tiempo completo.

Queda claro, de manifiesto, que la pasión existe. Juan expone que en su trabajo tiene pendiente siempre la localización de todos los detalles cuando de filmar se trata. Con la predisposición de que todo saldrá mal, para que al ocurrir el tiempo no le agarre detrás de la puerta, el plan b como una decisión maestra.

Está chingón este Juan, un tipo relajado paradójicamente siempre atento de todo lo que se mueve en su derredor. Gesticula y es la expresión más convincente que hayamos visto en nuestros días de andar de conferencia en conferencia. Conversatorios, les llaman ahora.

Como pez en el agua, reitero. Porque Juan ama lo que hace, y el calor sonorense ya es pecata minuta, le ha hecho la faena durante los días más intensos. Y filmar a cualquier hora del día que para eso el amor le dicta también el oficio.

Caben muchas virtudes en las capacidades de Juan, la que más me conmueve es su capacidad de darse. Porque lo he visto, lo he escuchado ofertándose a la concurrencia: Yo andaré por acá, si alguien necesita mostrarme algo y que yo le eche la mano, expone Juan.

Compartir lo aprendido. Así, fácil. Porque seguramente a Juan le satisface mirar la pasión en la pupila de los otros. La pasión que no es cosa fácil cuando la educación de nuestros tiempos, en nuestro país, se enfoca en la idolatría de las máquinas. En las frases que denotan la capacidad de consumo.

 

 

 

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