Aprendí que algo que disfruta esa oscuridad que es la muerte son todas aquellas cosas que guardamos

Luis Aguilar, poeta

Carlos Sánchez

Nos encontramos hace un año, en Chiapas, en el festival Carruaje de Pájaros, donde escritores coinciden y comparten lo que escriben.

Miré a Luis Aguilar siendo la melancolía en la mirada. La alegría en la sonrisa. Me regaló un par de libros. Prolífico el cabrón. A cada rato gana premios, de poesía, off course.

En el trajín de esos encuentros nos comimos una torta que él generosamente disparó. En la cooperativa de una escuela secundaria, o preparatoria. Allí, con la lectura de unos poemas de su autoría, entendí la cicatriz que significa el deceso de quienes amamos.

Miré a Luis con su mirada puesta en el más allá. Quién sabe dónde. Hoy la muerte otra vez toca a la puerta del poeta. Arbitraria su visita. En el temblor de la tierra. Quise abrazarlo de preguntas. Y así fue.

–Luis, ¿para qué sirve la poesía?

–Sirve para no morirse. Extrañamente nunca he creído que la poesía sirva para algo, lo he dicho siempre, pero ahora sé que al menos para no morir sí sirve: ojo, no digo que nos salve de la muerte, sino que nos permite no morirnos; porque lo curioso es que de todas formas uno se muere. Pero ella no: nos vive y nos sobrevive. Y en ese sentido sirve para que no muramos quienes hemos muerto o, incluso, quienes estando muertos seguimos respirando un poco, como por hábito, por la imbecilidad diaria con que abrimos una puerta o cerramos el coche y suponemos que eso es vivir. No: vivir, acaso, está en esas, las líneas de la poesía que vamos pepenando sea como creadores o como lectores. Y en esos intersticios, de las pérdidas y los aprendizajes, del decir adiós o dar la bienvenida, ella está siempre, royéndonos. Porque se alimenta por igual del orden que del caos, del amor que de la muerte.

–Hace un año exactamente, me dijiste que deseas vivir el viaje de la muerte. ¿Hoy lo estás viviendo?

–Lo estoy viviendo, pero no es este el viaje que quería. Uno no puede sino desear y asumir su propio viaje, no el de los otros. De cualquier forma, nomás por culera que es, la muerte nos va como preparando ese, el gran viaje, el personal, el intransferible. Y creo que parte de esa preparación es irnos dejando solos, irnos quitando lo que hemos querido, aquello que nos ha apasionado. Porque, en el fondo, la muerte sabe que el hombre no es nada sin sus pasiones, sin los grandes acontecimientos o personas que han marcado su vida. Lo sabe, lo usa y se burla de nosotros. Va tomando pieza por pieza del ajedrez de nuestra vida, como diciéndonos en susurros: “Mira, ya falta menos, ya no estás tan acompañado, quizá llegue pronto la hora”. Quizá incluso esté esperando que nos ayudemos un poquito.

–¿Para qué te sirve escribir?

–Sirve para sobrevivir. Para despertar y engañarnos con la idea de que tenemos aún cosas por decir; sirve para que no se despeñe sobre nosotros la inutilidad que rige al ser humano, la de ser la especie más dañina conocida. Porque no puedo hablar de humanidad: la humanidad se condensa y se resume en cada uno y en cada uno va acabándose con la muerte. Lo que queda sirve poco y de lo poco que queda, sin duda, es la escritura una parte esencial, la memoria, lo que hicimos. Es acaso nuestra hambre de inmortalidad, aunque nos ruborice, lo que pretende instaurarse más allá de eso, como un rayón apresurado en las paredes de una prisión o un sanitario: Fulano estuvo aquí. Pero en el caso del hombre el estuvo no creo que pese tanto cuando no deja una memoria compartida, no personal. Somos un instante y sólo la felicidad debería colmarnos, el tiempo que se nos acerca, y extraer de ella esta permanencia en el tiempo y el espacio.

–La tierra, Luis, ¿la tierra hoy te quita lo que amas?

–La tierra es una inocente, como diría Gastón Baquero. Recibe lo que le damos y en ese sentido volvemos a ella como los hijos extraviados. Pienso más en que es el fenómeno de lo inabarcable la que de alguna manera hoy me quita algo. Pero entiendo que todos somos, como la vida es a nosotros, un préstamo. Somos un producto con fecha de caducidad, y ahí ya cada quien encontrará variantes sobre quién o cómo es que se da esta decisión y este proceso. Sé que la energía no se destruye, así que a algún sitio irá a parar esa energía que, de golpe, fue transformada. Pero la vida es como la conocemos y saber que tu polvo dará a luz un bello arbol o será alimento de una vaca no consuela en lo más mínimo. Uno ama a quien es por lo que es, y todo lo que es cuando se ha ido, es esta memoria dolorosa. Porque cuando la ausencia se instaura entre dos que se amaron, hasta los momentos felices suelen volverse tristes: es el destino de lo inasible.

–¿Para qué te sirve la palabra?

–Para decirme. Para decirles a otros. Para preservar esa parte de inmortalidad que, no seamos tímidos, todos queremos, pero no nos ha sido concedida.

–¿En qué lugar del mundo desearías estar en este instante?

–Donde estoy. En esta casa donde celebré muchas veces el amor, la familia, los amigos; las casas guardan las decisiones más importantes de aquellos a quienes amamos: de qué color se pintaría el estudio, por qué las cortinas deben ser de rayas y no flores; cuál vajilla es para el diario y cuál para invitados especiales; dónde podemos empotrar el recuerdo en el que aprendimos a andar en bicicleta, las plantas que se riegan qué día de la semana. Aquí he sido muy feliz.

–¿Qué te enseña la muerte, Luis?

–Me lo enseñó temprano, no de ahora. Uno de mis hermanos murió literalmente entre mis brazos y en medio de la angustia de mi padre por no poder hacer nada por nosotros en ese momento trágico. Entonces aprendí a desvestirla. Y desde entonces aprendí que algo que disfruta esa oscuridad que es la muerte son todas aquellas cosas que guardamos, lo que no dijimos, lo que no amamos. Yo no iba a complacerla: amé hasta el límite y lo dije siempre. Incluso ahora, en medio de la muerte.

–Si te pido que me cantes una canción en este instante, ¿cuál me cantarías?

–“Si tú no vuelves”, de Miguel Bosé. Fue nuestro sol privado al centro de la casa.

–¿Qué te enseña la vida, Luis?

–La vida es el único enemigo decente que tendremos. Lucha con nosotros y contra nosotros a un tiempo. Nos da y nos quita, pero sabe que su guerra está perdida: nuestra misión es terminar con ella. Y para eso no queda más que vivirla hasta que se agote, hasta que la agotemos. Un hombre que ha sido tan feliz está obligado a seguir vivo hasta el último instante de su vida.

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