Mi abuelo: la nostalgia de lo que no

 

 

Carlos Sánchez

¿Qué hacer con la nostalgia por lo que no se vivió? El arte es un remanso que se avizora como refugio.

Queda claro, en la propuesta teatral de La Terca Teatro, Mi abuelo, donde Teresa Díaz del Guante, analiza su contexto, explora la historia de su vida cuyo origen es el exilio, y vuelve a ser la niña que todo indaga para luego exponerlo. En el escenario.

El teatro como una vía del reconocimiento de lo que se es. Los dolores, las ausencias, la familia que se reduce a una ruta fotográfica expuesta en la plástica del montaje, porque parecería ser que un álbum como recuerdo de la existencia es lo único que se tiene. El recuento del núcleo familiar en cuadros que son impresiones antiguas. El rescate de la memoria.

Y la muerte. Ese abismo al que se llega regularmente de súbito, no por elección, se convierte en lo imposible, el acto de jamás realización, nunca esa persona para encontrarse a la salida de clases, como sí ocurre con los compañeros de aula.

El abuelo que no, el alcahuete que jamás, la añoranza que sí. Perenne.

Teresa Díaz del Guante conduce su vida hacia los escenarios, por un azar del instante, desde la Universidad, cuando alguien le susurra al oído que el teatro podría ser su vocación. El cambio de carrera como profesión es inminente. Y desde entonces andar los caminos de la expresión oral y física. Con las emociones todas para decir lo que obsesiona, duele, felicita.

Y la vimos allí, en el Teatro Emiliano de Zubeldía, en contexto de la Muestra Regional de Teatro cuya sede es Hermosillo, Sonora.

Con la escenografía límpida, puntual, con la poética de la luz que alumbra los elementos: la sugerencia de un barco en mar revuelo, la analogía del interior y sus avatares, la búsqueda del ser que es ella misma: Teresa. La identidad que es extravío por la ausencia de una familia numerosa, el desarraigo de sus antepasados.

En Mi abuelo habita la mancuerna perfecta cuando se elige la nómina del equipo. Cada cosa en su lugar: la música entrañable, la iluminación exacta, la importancia de la puntualidad porque también construye parte esencial de la obra. Todos los elementos cuentan dentro de un montaje.

Mi abuelo contiene la introspección, y en la actriz vive la potencia de un juglar que de pronto nos lleva de la mano hacia el monte, nos describe la mirada de un animal generoso que converge con la mirada del abuelo. Porque la poesía dice más con lo que esconde, es entonces que el espectador, en ese momento crucial, interpreta con silencio el ruido de un disparo que quién sabe cuál es su destino final.

La poética de las manos sobre el agua, el símbolo que representa un par de zapatos, la magistral marea que sugiere hacia el horizonte la disposición y el manejo del escenario. Desde la ventana de un camarote, desde la silla que es elemento para transitar la vida, mirando las líneas verdes sobre la carretera que se dibujan en la mirada de la niña que es Teresa.

Hay en Mi abuelo, la crítica a lo pequeño que como personas somos, los dardos abyectos del racismo, padecerlos por el color de la piel, y la metáfora que son dos frijoles y un arroz. La inteligencia en el texto.

Decir lo que duele e incomoda. La linda generosidad que es este país, el cual abre las puertas a españoles (mediante una tregua como exilio) pero mata a sus estudiantes.

No obstante que Teresa es descendiente de esos exiliados, conoce el terreno que pisa, dice lo que pasa. ¿Qué sería o de qué serviría el arte si no incluye la autocrítica, lo que somos y seremos?

En Mi abuelo de pronto nos vamos encontrando todos. Porque también un día la infancia, la ausencia, el deseo. La implacable desazón por lo que no ha podido ser. Y no será.

 

 

 

 

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