Un poema de Primera edad

 

Jorge Galán (El Salvador, 1973). Es uno de los poetas más significativos de la poesía centroamericana actual. Mereció el Premio Casa de América de Poesía Americana en el 2016. “Romero”, es de los  poemas centrales del libro Primera edad, que forma parte de la Nueva Biblioteca de Poesía Hispánica editada por Círculo de Poesía y Valparaíso México con apoyo del FONCA.

 

Romero

Romero levanta sus brazos y toca con sus dedos

dos eternidades, el tiempo de mi niñez

y el de mi vejez se unen cuando los unen sus dedos.

Las monjas cantan y no saben que es un canto de despedida.

Los pañuelos que cubren sus cabellos son días de lluvia.

Romero levanta la copa y la hostia y su voz es el mar,

y su cuerpo un acantilado donde se estrella el mar.

Hay brisa y bullicio de gaviotas en la pequeña nave de la iglesia.

Los cristales se iluminan con el fuego que llega desde fuera.

Suena un disparo al mismo tiempo

que todas las campanas del mundo, que las campanas

de todas las iglesias de la tierra menos una.

El disparo atraviesa el aire, veloz como un milagro.

Las voces cesan y el silencio avanza cien pasos

y los gritos son una manada de toros que se estrella

contra un muro de piedra, lo destruyen y escapan a los montes.

Monseñor cae y nadie le escucha caer.

Su túnica blanca es una playa de verano

pero la luz ha sido manchada por una bandada de cuervos

que graznan en el atardecer.

Las monjas son olas que se juntan en la marisma.

Sostienen su cabeza como si intentaran sostener el cielo

con sus pequeñas manos, pero no es suficiente.

Nada resulta suficiente. La muerte se acerca y se inclina.

En la puerta de la iglesia una sombra se aleja.

Las campanas continúan su terrible lamento.

En algún lugar bajo el sol los ciervos se inclinan a beber.

Un hombre se persigna sin tener un motivo.

Y Romero dice una última palabra,

inaudible como el sonido de las pisadas del escorpión en el desierto.

Su cabeza cae como una fruta.

Un perfume de fuego y de ceniza desborda la ciudad.

San Salvador se llena de algo sin saberlo.

La sombra que avanza por las calles aplasta el perfume

pero no puede destruirlo. Las campanas

continúan doblando. Metal sin ruido, un lamento,

un grito que no haya su final y continúa temblando

en el aire de marzo, desde ese día

y cada día, en todo tiempo.

 

 

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