Disecciones de Antares: música que danza y visceversa

Antares y Orquesta Filarmónica de Sonora, el arte que se imbrica

 

Carlos Sánchez

Es el cuerpo. Desde allí la exploración. La música un referente, un incentivo, la coincidencia interior. Porque música es el latir del corazón. El ritmo con el que irriga la sangre.

Es el cuerpo con el que se dice. El tacto por ejemplo para imprimir con sutileza la cuerda del contrabajo. La tecla del piano. O desde el aliento la energía perfecta que emana desde el vientre como viento.

Un golpe a la marimba es desde el acto sensitivo. Tiene qué ver la intuición, la concentración. El tiempo que marca el director de la orquesta: la coordenada impecable. La comunicación desde la mirada que es también cuerpo.

Las manos que dirigen la obra. La danza a disposición del compás: cuerpos que construyen su discurso, lo obsequian como un acto de generosidad. ¿Cuántas horas, cuántos días? El tesón indispensable para poder decir de la manera más límpida, poética.

Sucede que Antares Danza Contemporánea, repone Disecciones, esa obra que nació desde muchos años ha.

Lo hace en compañía de la Orquesta Filarmónica de Sonora y de la soprano Brenda Santacruz Gálvez (el canto como un complemento integral de la danza) en Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura de Sonora.

Antares expone Disecciones con cinco piezas donde por antonomasia investigación interior es el tema, el objetivo. Las disyuntivas, la indecisión, el recuento de lo que fui, he sido, o deseo seguir siendo: división en partes del cuerpo y lo que en la memoria habita.

Ápteros por ansia, Algo cambió en el jardín, Descripción del objeto: ninfa, Haremos de las nubes, y Fisuras.

En estas obras, como ya es virtud, el vocablo clásico que significa la compañía Antares (digo clásico y pienso en el significado: modelo digno de imitación en el arte), hospeda en las miradas de los espectadores, apuntes constantes de poética, filosofía, interrogantes para llevarlas a la almohada. Esto tiene la danza de Antares, contumaz, nunca la complacencia, siempre la provocación para con el pensamiento.

La disyuntiva, el conflicto interno, desde el espectador: dividirse en la contemplación, porque se acude a dos encuentros espectaculares, reflexivos, apasionantes: música y danza.

En el contexto idílico, el interior de un teatro donde la iluminación, el sonido, el movimiento es no apto para cardiacos. ¿Cómo se puede digerir tanto en un solo instante?

Verlos bailar, verlos tocar. La búsqueda es exigencia. Poner los sentidos a su máxima capacidad, en el umbral del escenario hay un poema que nos cuenta una o muchas historias, pero allá en el rincón, el pianista (Emmanuel Sabás) con su interpretación nos convoca a la nostalgia. Meditar sobre su existencia es inevitable (¿de qué están hechas sus manos?) mientras ya el director de la orquesta imprime la pasión en el movimiento de su cuerpo.

Dice David Hernández Bretón, director titular de la orquesta, que “Trabajar al alimón con un ballet siempre implica una experiencia estética distinta, porque tu cabeza se parte en dos, se parte en lo que es el discurso musical que tiene que estar casado, concatenado, con el discurso dancístico, hay que tener cuidado para proteger y cubrir adecuadamente al bailarín.

“Pero la música es maravillosa, esta obra del compositor inglés Gavin Bryars es una obra verdaderamente alucinante, es onírica, con texturas maravillosas, y llevado al lenguaje de la vista, aparte del auditivo, es la vista desde donde ves el discurso dancístico, es toda una experiencia estética, es algo que te da una gran alegría, un gran placer”.

El espectador lo vive. Y más allá de la interpretación, la comunicación que acontece en el escenario es lección de flexibilidad, el respeto entre ambos lenguajes, que en esa noche de danza y concierto se manifiestan, el objetivo tiene nombre y se llama público.

Dice Isaac Chau, el bailarín, que “Bailar con música en vivo por un lado es un privilegio, pero definitivamente se convierte en una presencia, en otro personaje. Cuando tienes la música grabada lo tienes medido, pero en este caso está interviniendo otro ser humano que se convierte en un personaje que se involucra en la atmósfera y en la escena que está sucediendo. La comunicación que se tiene que generar de la escena entre bailarines y músicos tiene que ser completa para lograr una sinergia que favorezca a la obra”.

Música y danza, bendito favor para el cuerpo, otra vez, en este caso el cuerpo de los espectadores.

 

 

 

 

 

 

 

 

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