La cárcel y sus formas

Foto: Bruno Herley

 

Vladimir González Roblero

 

Uno

Tuve la oportunidad de asistir recientemente a un coloquio de literatura en Hermosillo, Sonora. La gama de acercamientos al fenómeno literario en México e Hispanoamérica es amplia. Desde los estudios estrictamente literarios, pasando por las miradas antropológicas, históricas, sociológicas y psicológicas, los participantes dejan fluir su pasión académica y contemplativa.

Lo que no fluye es el momento performativo. Me refiero a que el acto de enunciar la literatura se reduce a la lectura de la ponencia. Es un momento ritualizado. La construcción del documento, sus estrategias retóricas y su estética, pienso, obligan la lectura. La seriedad del asunto implica en complicidad a los escuchas, quienes guardan silencio y prestan atención. El texto como cárcel.

Hay ponentes que rompen la costumbre. No leen. La sanción es sutil. Bostezos, miradas incómodas. Cuchicheos. Público que se arrellana en sus asientos. El relajamiento como rechazo.

 

Dos

Otros enclaustramientos también son literarios. Los escritores de Chiapas, de lo chiapaneco, los han construido. En 1870 Flavio Paniagua publicó la novela folletinesca Una rosa y dos espinas. Profunda huella. Aborda un tema histórico: los ecos del Imperio en Chiapas. Desde entonces cierta vena de esta literatura ha mirado una y otra vez al pasado.

Sus temas reiterativos devienen ciclos. Las rebeliones indígenas se afincan en varias novelas. También se construyen grandes personajes, héroes de mil batallas. La selva es uno de ellos. Su poblamiento como hazaña. Por otro lado la condición indígena ha sido un tema de largo aliento. Desde la literatura decimonónica, otra vez Paniagua, hasta la de reciente factura, el indio se erige como la gran figura discursiva. Finalmente la frontera. Literatura de aquí y de otras partes del país narran la migración, al sujeto migrante y sus conflictos de identidad.

 

Tres

¿Qué incomoda de la intervención artística a la cabeza maya? No creo que ofenda al juicio del gusto. Muchos ciberciudadanos se irguieron como críticos de arte. Acertados o furibundos sus comentarios sólo mostraron cierta competencia estética. Lo que está de fondo es su esencia. Su identidad trastocada. Lo chiapaneco, como lo mexicano y otras entelequias nacionales se construyeron a partir de lo simbólico. La cultura maya ha sido recurso para nombrar a Chiapas y lo chiapaneco. Cuando en 1946 se descubrió Bonampak, el gobierno de Francisco Grajales, su política cultural, alentó una producción simbólica al respecto. Aquí nació el Ballet Bonampak.

La esencia es una camisa de fuerza. Los antropólogos se han preguntado por qué la gente está dispuesta a dar la vida por su país. Algunos lo estaban. Hallan la respuesta en la identidad y los nacionalismos peligrosos. Esos que nos encierran en cierto aldeanismo y en una mirada estática del tiempo.

 

Cuatro

Philip K. Dick escribió en 1968 ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Se trata de una novela de ciencia ficción que plantea un futuro distópico. Los androides o replicantes, que planean escapar de su destino y reemplazar a los humanos, son cazados por Rick Deckard, un expolicía.

El estado totalitario subyace en la historia. Rick tiene una lista de androides a los que debe exterminar. Los vigila. Sobre la ciudad se alza un panóptico que identifica, señala y encierra en lo público y lo privado. Mata. El destino como prisión.

 

 

 

*Vladimir Gonzaléz Roblero: Hizo el fanzine Alipuz y escribió la novela Cinitoporno. Es autor de las columnas Ucronia, de crónicas y relatos: y Zapping, de artículos sobre historia, arte y cultura. Tuitea como @vlatido. Actualmente vive en Tuxtla Gutierrez, Chiapas.

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