Beber el olvido. Tres narradores desde el abismo

En la imagen, escena de la presentación de Beber el olvido en Hacienda don Ramón

 

 Sol Fontes

Esa misma tarde que el Jeff Durango me envió el PDF del libro, llevé a mi hija a una fiesta de jovencitas por lo que tuve buena parte de la noche para mi solita y pude Beber el olvido. Tres narradores desde el abismo, junto con dos botes de indio para aderezar la lectura.

Desde las primeras historias del Sánchez me fui adentrando al mar sin flotador y aprendí que las olas en su vaivén, se llevan lo bueno y lo malo de cada ser.

En esas páginas, pude nadar en Kino hasta cansarme y casi claudicar, pero sin vencerme; también jugué voleibol con los cangrejos a la orilla de la playa con una pelota extraviada. Comí taquitos de machaca de manta con un soldado; miré al pájaro más feo del mundo con un papel en el pico, pero nunca pude saber lo que ahí había escrito, y experimenté que, para poder tener buena pesca, no debo poner la música en volumen alto.

Luego, con el Miky Avilés también fui a la mar, pero antes hice paradas continuas en el barrio de mi infancia jugando en sus polvorientas avenidas, y apreciando los circos que llegaban a la colonia para darle al verano la emoción de las funciones al caer la tarde.

En esta historia, sin duda, supe que la realidad y la imaginación son amores que se reconcilian a veces, pero con este escritor paceño es difícil saber si está contando la verdad o no, ya que cada quien saca sus propias conclusiones de los cuentos que surgen de su vasta imaginación.

Además, aun sin tener certeza, vale más que leamos los sueños del Avilés en voz alta, porque acuérdense que, si no los contamos, los sueños –buenos o malos- se vuelven realidad.

No puedo negar que le tuve miedo al tigre de bengala hasta que lo encontraron muerto y que me gustó conocer a la Pancha, quien lúcida o no, también me hizo recordar que he visto al diablo rondar en mi confusa realidad. Aquí me detuve en la lectura, no quise terminar todo el cuento porque ya alguien me había contado el final.

Supe además que, entre las líneas del escrito de Miguel Ángel, en nuestra historia de vida hay una calle específica del lugar de donde somos, la cual nos recuerda que nunca nos vamos y que siempre que una regresa a ella, te recuerda quién eres y de dónde vienes.

El Savín igualmente me condujo al mar; pude ver los peces salpicar de agua salada la cara de los niños curiosos alrededor de las pangas; me hizo sentir piedad por el Tiburón, un jovencito inquieto y maltratado por las circunstancias de su entorno. Mantuve una plática cerrada con el miedoso del Chenchu y con el Watusi y el monstruo de su hermano; supe que la soledad tiene forma de sanguijuela y admiré las estrellas de mis sueños, para saber cuándo era el momento exacto en que Dios renunciaba al mundo.

Para leer este libro hay que resaltar que está hecho por tres corazones diferentes que laten casi al unísono al compás de las palabras. Que aunque el mar sea una alegoría que une levemente estas historias, cada uno de los autores destaca en el arte de escribir ficciones que ayudan a entender que no somos los únicos que tenemos los pies alejados de la tierra.

Beber el olvido se lee sorbo a sorbo, como saboreando una copa de vino de diferentes reservas y aunque se diga como cliché que tres son multitud, aquí se evidencia, que en ocasiones, es conveniente para el disfrute de tan diversas atmósferas, un poco o un mucho de aglomeración.

 

 

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