Diversas Estructuras de la Nada

Ilustración de Alfredo Acedo

Luis Álvarez Beltrán

Esta noche pugno por la vuelta de la lucidez mental que no demuestro. Preciso la coherencia ausente y contrarrestar la luna llena cargada de alientos sofocados por las felices lluvias del medio del verano que trajeron consigo esta locura de desvelos y esta espalda de júbilos extraños… o de extraños. Hoy pensé que la muerte no es necesariamente sinónimo de lo intangible, porque al mirar el asfalto remojado bajo el farol de aquella esquina, estuve muerto pero lo sabía, lo podía tentar. Y mis manos hicieron sombras en el suelo. Tengo manos de monstruo, de loco o de marciano, pero no de muerto. Pensando en ti te he maldecido y he notado, sabido y sentido la dilatada inutilidad de esta diferida sinrazón de entendederas que tienen que ver con lo tú y yo. A veces eres cómplice de este mundo marioneta que va a la Discotheque los viernes por la noche y no se para o se sienta a platicar civilizadamente. A veces eres un poco vuelta en carro, boulevard pro jet set, expendio de cerveza, carcajada idiota, dinero en el bolsillo. A veces eres perfectamente sonorense, un poco aparente y un mucho simpática, hedonista, disimulada y vientos refrescantes sólo después de las doce de la noche. Estoy solo porque mi perro me acompaña y no hay que decir más. Entre los dos encontramos un sapo o una rama enorme, no sé distinguir, y he truncado a media calle sus intenciones de incursionar a brincos en los terrenos de mi patio, los charcos me ayudaron a hacerle olvidar su cometido y tras cinco patadas que lo hicieron volar al otro extremo de la calle, el sapo o la rana desistió de continuar su pretendido rumbo. El Rocky hizo el resto. Tras verlo brincotear y moverse, se dedicó a jugar con él, o ella, labrándole como si le advirtiera curiosas amenazas, mirándolo con la perplejidad, instinto agudo y ese desenfado del que sólo son capaces ellos, los perros y los gatos, los animales que no somos nosotros. Qué envidia. Era una rana o un sapo más bien dócil. Mi cachorro acabó aburriéndose y me siguió cuadras abajo, bueno, es un decir, abajo significa sur y arriba significa norte, pero lo que yo tomé fue el oeste, es igual, pude haber mentido, pero la escritura no me lo permite. Para quienes no lo sepan, el día de los perros es la noche, por eso andan tan cargados de energía a esa hora, pero como la labor de mi perro es más bien escasa porque no pululan los intrusos en el patio de la casa, para no aburrirse le gusta que lo lleven a pasear. Hay veces que se puede y hay veces en que no; pero sobre todo hay veces que se quiere y hay veces en que no. Ayer que lo saqué andaba muy contento saltando entre los charcos y pegando unas corridas sensacionales. A él le importa poco qué es lo que yo traiga en la cabeza cuando lo llevo a caminar, pero ahora sé y puedo referir que lo que estaba pensando ese momento era que por qué la palabra “soñador” estaba tan prohibida en esta puta sociedad. Y tras una pueril, maniática dialéctica rayana en lo imposible, asesté la conclusión de que lo más fácil es declarar abiertamente que los sueños y la realidad son perfectamente compatibles si se les asigna su debido lugar en la mente: decir que un buen doctor, un buen profesor, un buen dentista, un buen empresario o incluso algún buen artista, cuando fueron muy jóvenes soñaron con lo que querían ser y hacer y con todo y su carácter soñador también fueron realistas, congruentes con sus sueños, y supieron lo que hacer con esa realidad a partir de sus sueños. ¿A poco dejaron de ser soñadores por el simple hecho de haber triunfado? Antes al contrario. Difícilmente se podría encontrar a una persona realista y triunfadora que no haya sido originalmente un soñador.  Pero es posible que en este justo punto de esta horda ligera de enunciados, alguien con avalada capacidad realista dijera: ¡Vamos, hombre, esas son cosas de las que no se habla! Efectivamente, hay miles de cosas de las que no se habla. Tal vez el Rocky hiciera mejor uso de lo que a nosotros nos fue concedido y a él no. Razonamiento. Somos asombrosamente capaces de la animalidad, la bestialidad, la barbarie, que no nos podemos dar cuenta de lo ridículos que nos vemos, sin descontar la perversa intención de nuestros proyectos últimos (esa indolencia e indiferencia hacia las cuestiones sociales de fondo). ¿Será esa parte de nosotros, esa aspiración permanente a la burguesía y a esa seudo felicidad occidental a la que se refería Herman Hesse con la palabra “humorismo”, lo que nos hace actuar así? Conductas y usos sociales que arrojen dividendos tangibles, felizoides, nice, cools, curadas. ¿Quién toca esa terrible flauta que mantiene maniatadas las mentes de los que debieran estar ideando el trabajo, las obras, las empresas, la infraestructura física y cultural de las sociedades del siglo XXI? ¿Es acaso el consumismo triunfante promovido desde hace medio siglo o más? ¿Es acaso el desfile apabullante de los distractores: las redes sociales, los teléfonos inteligentes, Hollywood, la televisión comercial… la publicidad omnipresente que nos enajena? ¿Somos dueños de las cosas que compramos o nos convertimos en lo que compramos y terminamos desapareciendo para convertirnos en monos disfrazados de mercancías? Es posible creer que cada quien debe tocar su propia música o bailar a su ritmo o caminar a su propio paso. Pero ¿de veras todos vamos a tan dispersos horizontes, cada uno por su lado? A saber. ¿Qué tienen que decir los mayores? ¿Nada? ¿O les robaron, les arrebataron, la voz? Al parecer no tienen mucho qué decir. Llevan años, décadas sin decir nada. Todos sus ideales fueron burlados por el derecho administrativo que permite la corrupción, todos sus ideales fueron arrasados por los poderes de facto: Ellos eran y son los poderes de facto. Los pendejos que se declararon incapaces y los que se hicieron pendejos para pasarla bien. Somos la patria incruenta que ve televisión… al par que nos despojan hasta los cigarrillos. Los mayores callaron y a los pocos que quisieron hablar los silenciaron, los compraron, y todo acabó en que toda libertad de expresión tiene su precio o su baño de sangre. Así los delitos del fuero común, así las reformas estructurales para que ya nada sea del pueblo. Ni los recursos ni los presupuestos. Los mayores callaron o nosotros no los quisimos escuchar, no quisimos saber lo que decían. Como si viviéramos incomunicados, ignorándonos permanentemente, desatendidos y desentendidos. O nadie nos ha dicho que hay que organizar y trabajar por esto que se llama sociedad. Es otro expediente del que se pitorrean los políticos, tan ignorantes en el fondo como cada uno de nosotros, pero tan osados y tan revestidos de modorra elegancia. Líderes de nada, partidarios de ninguna lucha, símbolos del absurdo, motivos de repudio diferenciado entre el privilegio y la marginación. Figuras ocasionales de esta democracia chata y teatral… superlativamente inútil.

No olvides que ese que moría en el genocidio de Rwanda eres tú mismo. El campesino de Indonesia que se quedó sin nada y sin familia en el tsunami eres tú mismo. El mismo que pide un trasplante de riñón; el mismo que sufrió un secuestro en Cuernavaca, el mismo que, como inesperada y azarosa víctima, voló en pedazos en un ataque suicida aquí o allá. El mismo asesino asesinado. Y hay veces que nos comportamos demostrando que nuestra libertad y nuestra vida de placeres son tan impunes como la muerte por congelación y hambre de cincuenta mil soldados franceses o alemanes en la tundra de Rusia en las guerras napoleónicas o por las órdenes de un loco desquiciado llamado Adolfo Hitler, sin más ni más, uno por uno, en el olvido.

 

https://www.youtube.com/watch?v=_eLU5W1vc8Y

 

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