Concha Buika enciende su tribu en el FAOT

Juan José Flores Nava

Fuego, Concha Buika es puro fuego. Esta negra hermosa que nació y creció entre gitanos en Palma de Mallorca, España, en 1972; esta negra linda que lleva tatuada a las mujeres que más ama en su piel; esta negra bella, poderosa, dadora de amor en el escenario encendió anoche el fuego en el primer concierto de la Plaza de Armas del Festival Alfonso Ortiz Tirado (FAOT), en Álamos.

Ese fuego lo anticipaba ya su brillante vestido, que como un espejo era atravesado por llamaradas de un rojo intenso en el pecho, la cintura y los pies. Pero como toda llama que arde, Buika fue ardiendo poco a poco. Pasaban las diez y media de la noche, Buika había cantado dos o tres canciones, y la tribu no se animaba, no danzaba, no gritaba con intensidad, no se agitaba. Entonces alguien gritó: “Volverás”. Más que una canción, este grito brotó como una amenaza, como una petición para tener de vuelta a Concha Buika en Álamos. Pero la hija de migrantes africanos de Guinea Ecuatorial tomó al vuelo la petición y reviró: “¡Les gusta sufrir, ¿verdad?!”

Y empezó la candela: “Esta canción va dedicada a mi amigo, aquí, que la pidió…” Luego llegó la intensidad con melancólica voz: “Tú volverás y cuando tú regreses amor/ verás cómo alguien quiso ocupar mi pobre corazón por ti/ y ya verás cómo tú a mí me pides perdón/ y yo que ya estoy loca de amor yo voy y te perdono, yo te perdono y tú, tú…” Y tú nada porque Buika grita, reconoce, implora: “Te echo de menos aquí [y se toca la cabeza]; te echo de menos aquí [y se toca el corazón]; te echo de menos aquí [y se toca el vientre]; te echo de menos aquí [y recorre con la mano todo su cuerpo]; y, claro, te echo de menos aquí [y sus dedos se vuelven la hoja de parra de Eva]…” El público grita, recuerda; sabe, quizá, de qué habla esta negra maja.Ya conectada con la tribu, Buika y sus músicos viajan “muy lejos de aquí”, al sur de Italia, con “Pizzica di Torchiarollo”, de su más reciente EP: Para mí [2017], un álbum de cinco canciones y 25 minutos de intimidad con ella. La gente comienza a bailar. Una señora, preocupada por la intensidad del baile de una pareja, dice: “¡Tengan cuidado! ¡Le van a pegar a alguien!” El regaño apaga, por un momento, la fuerza de los pasos. Pero la oportunidad de continuar con la danza vuelve pronto. Y los jóvenes se sacuden la pena y el regaño con la letra de “no habrá nadie en el mundo/ que cure la herida que dejó tu orgullo/ Yo no comprendo/ que tú me lastimes/ con todo todo/ y el amor que tú me diste…”.

María Concepción Balboa Buika, Concha Buika, se da cuenta de que no sólo el escenario, sino que el público, su tribu, es ya también suyo. Y ofrece un poquito de rock and roll. Canta. Se menea. Clama con su poderosa voz de lija: “No te vayas, please don´t go…”. Nada más para advertir enseguida: “Me queda un cachito de baile amarradito conmigo”. Le da un sorbo a su trago. Y regresa, ahora, con un poco de reggae. Su tribu lo baila. Sin embargo, a la tribu no le gusta lo que viene después: “Nos queda poco tiempo para decir adiós…”, advierte Buika. Pero enseguida reanima la noche: “Estamos calientes. ¡Jodidas y jodidos, pero contentos! Y digo jodidos porque también hay que pensar en ellos, en los hombres, ¿no?”.

La letra de esta canción, “Jodida pero contenta”, dice y se escucha en vivo: “Yo me voy de aquí/ jodida por contenta/ tú me has doblado pero yo aguanto/ dolida pero despierta/ por mi futuro/ con miedo pero con fuerza/ yo no te culpo ni te maldigo/ cariño mío/ jodida pero contenta/ yo llevo dentro una esperanza/ dolida pero despierta/ pa’ mi futuro/ con miedo pero con fuerza/ que a partir de ahora/ y hasta que muera/ mi mundo es mío”.

El fuego está por apagarse. La tribu baila. La tribu grita. La tribu tiene los ojos bien abiertos. No obstante, el concierto debe terminar. Así que a hora y media de haberse mostrado por primera vez a Álamos, Concha Buika está por llevarse su belleza, su voz de cante andaluz, sus movimientos, ese menudo cuerpo que arriba del escenario luce enorme, esa eterna sonrisa con la que canta, esos ojos siempre cerrados para mirar, tal vez, hacia dentro de sí misa, a ese lugar de donde salen sus letras, sus melodías, sus composiciones, su solidaridad con los marginados del mundo, su talento, su orgullo y ese amor del que tanto habla y que sabe transmitir en sus presentaciones en vivo.

Concha Buika se marcha, pues, sólo que antes quiere echarse el último trago. Y si en sus primero años como cantante trataba de imitar a Ella Fitzgerald, a Nina Simone, esta noche quiere regalarle al público mexicano una imitación de Chavela Vargas: “Tómate esta botella conmigo/ en el último trago nos vamos…” Y aunque alcanza, incluso, los hilarantes desafines de la Vargas, un viejo de la tribu que observa el concierto a mis espaldas dice: “Esta voz no la hubiera alcanzado Chavela Vargas ni tomándose diez botellas de tequila”. Y, sí, creo que tiene razón.

 

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