Alejandro Corona: “Por lo pronto yo pongo mi grano de arena”

Carlos Sánchez

La sensibilidad enciende sus sensores. El pianista mira el entorno, lo intuye completo. El oído es un mecanismo que todo lo controla.

Antes de que den las ocho, las notas se vuelcan sobre el espacio. El profesionalismo irriga en los actores de esta noche, el ensayo previo, la elucubración de cuidar hasta el más mínimo detalle. Para que todo marche a favor.

Glenda Landavazo, soprano, en compañía de Alejandro Corona, pianista, entregarán Canción mexicana en concierto. Así se denomina el programa. Música de Ruiz Armengol, Garrido y Corona. Y es en contexto de Músico Trabajando, este acontecimiento que ocurre cada semana en Kiosco del Arte de la Pitic.

Luego de las notas como una parvada de pájaros que sacuden la emoción, en ese inter entre la inquietud de tercera llamada y vámonos recio, Alejandro Corona atiende la petición. Conversar es la consigna.

Sobre una butaca del teatro, el pianista vuelve a la infancia. Cuenta la historia de sus primeras notas:

“Una de las primeras canciones que toqué al piano, fue Silenciosa, de Mario Ruiz Armengol, la toqué cuando él estaba en un estudio de RCA Víctor, grabando un disco, tenía yo cinco años de edad. Mi padre, Reynaldo Corona, me la había enseñado nota por nota, entonces le dijo: Oyes, Mario, escucha a mi hijo, toca una canción tuya. Oye, Rey, le dijo Mario, estoy ocupado, mi papá le dijo: Nada más escucha a mi hijo. Bueno, niño, siéntate. Y toqué Silenciosa, nota por nota, se quedó sorprendido don Mario y le dijo a mi papá: Dicen que mi música es muy difícil, la puede tocar hasta un niño, este niño es un músico, vende tu alma al diablo y manda a estudiar a este chamaco al extranjero. Eso no sucedió, pero en su momento fui al extranjero también para seguir ampliando mis horizontes, pero fueron palabras de Mario Ruiz Armengol, más o menos alrededor de mil novecientos sesenta”.

Luego ya entrados en materia, la conversación adquiere su propio rumbo:

–Alejandro, cada uno de los conciertos tiene su identidad, algo en especial, ¿qué te significa tocar en contexto de Músicos Trabajando, en este espacio que es Kiosco del Arte?

–Siento que es un espacio ideal para el tipo de música que estamos proponiendo, es un proyecto de vida, es algo que vengo trabajando desde hace muchos años. Del último disco comercial de Vicente Garrido, con una cantante cubana, Argelia Fragoso, tuve la fortuna de ser el productor. Vicente mismo me lo pidió, entonces es una música que no nada más quiero entrañablemente, sino que considero que es una de las mejores músicas del mundo, sin sonar chovinista ni patriotero, creo que Vicente Garrido y Mario Ruiz Armengol están a la altura de los grandes Músicos norteamericanos de la canción del siglo XX o de Antonio Carlos Jobim de Brasil, de los mejores compositores que digamos son los más representativos de la canción de altura, lo que los alemanes en el siglo XIX denominaron el Lied con Schuman y Schubert, en que la música y la poesía hacen un perfecto maridaje.

Este espacio, con una voz tan espléndida como la de Glenda Landavazo, obviamente se presta para que esta música adquiera su más alta dimensión o que sea presentada con la mejor o mayor dignidad posible.

–El arte no está llegando a todos los lugares que tendría que llegar. ¿Cuál es tu opinión?

–Precisamente tocas un punto álgido, porque la culpa de todo esto la ha tenido una mala política cultural, la industria del disco que ha privilegiado expresiones baratas, expresiones populacheras, ni siquiera populares, populacheras, de mala poesía, de mala música, si es que se le puede llamar mala o simplemente no música. Eso es lo que ha privilegiado la industria desde hace muchísimos años. En los cuarenta, cincuenta, todavía en los sesenta, tuvimos resquicios de gran calidad en las canciones, de gran calidad en los intérpretes, pero a partir de los setenta se han tomado políticas muy equivocadas, y precisamente he sentido una gran frustración y he visto cómo es que este amadísimo país que es el nuestro, se hunde, se despedaza en consumir chatarra, no música de a de veras, no poesía de a de veras, y por eso es una tarea que me he echado a cuestas, sobre mis hombros.

Yo estuve muy cerca de las compañías disqueras, en los años sesenta, cuando era muy niño acudía con mi papá a la Peerles, a la RCA Víctor, a Musart, Orfeón, todavía me tocó ver un cachito del nacimiento de muy buenos intérpretes, me tocó ver el nacimiento de José José, me tocó ver muchísimas grabaciones de calidad en aquellos años. Precisamente el caso de José José, siendo una voz tan maravillosa pudo habérsele escogido mejor material, porque había todo para hacerlo, simplemente los zares de la discografía en México, de las casas disqueras, decían: eso no vende. Es decir, menosprecian a nuestra gente, menosprecian nuestra sensibilidad, y eso no es posible. ¿Por qué los norteamericanos sí lo hicieron? ¿Por qué los brasileños sí lo hicieron? ¿Por qué los cubanos sí lo hicieron? ¿Por qué ellos sí les dieron a sus pueblos lo mejor de sí mismos?

Tenemos esta maravillosa oportunidad de contar con espacios como este (Kiosco del Arte) para poder difundir no nada más lo que nos gusta hacer, sino que es lo que creemos que debe escuchar nuestra gente, porque es su legado, es su pertenencia, y tratamos de dárselo de la mejor manera, es un proyecto que venimos trabajando por más de tres años, Glenda Landavazo y su servidor, pero yo por mi lado vengo difundiendo la música de Mario Ruiz Armengol por más de cuarenta años.

–Haces una gran aportación, sin embargo, parecería que no es suficiente porque hay mucha gente más a la que se tendría que llegar con esta propuesta. Tu rescate es legítimo, plausible, pero ¿tienes alguna esperanza de que esto cambie?

–Por lo pronto yo pongo mi grano de arena, que espero que cada vez tenga más adeptos. Yo ya soy un hombre de sesentaitrés años, me quedarán escasos veinte años de carrera, pero quiero ver que esto repercuta en las nuevas generaciones, y que lo difundan y diseminen para que nuestro país tenga una mejor suerte de la que ha gozado hasta ahorita.

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